Cielo
Solórzano
Parada
frente a mí, fuerte como un roble, de piel morena, pelo gris,
vestido color café impecable, zapatos negros lustrosos y una bolsita
blanca bordada con encajes que cuelga sobre su pecho y con sus
grandes manos abrazando el bolsito con gran amor, como si lo
protegiera con su vida, doña Lidilia me dice: “si quiere se queda
aquí afuera contemplando el paisaje, tal vez esto va a ser muy
fuerte para Ud.”
Estamos en medio de la montaña en Frailes de
Desamparados con un paisaje insuperable ante nuestros ojos. Hemos
llegado hasta ahí por un trillo de piedras sueltas, tras bajar por
caminos sinuosos. ¿Está asustada por ese precipicio? Me pregunta
doña Lidilia. No se preocupe. Mi esposo aprendió a manejar cuando
era chiquillo por caminos peores que estos. ¡Viera usted! Yo por
eso confío en él plenamente.
Después de escuchar mi negativa de
quedarme contemplando el paisaje, doña Lidilia decidida, tocó la
puerta de la humilde vivienda. Era la única casa en medio de la
montaña, al tope de una ladera sembrada de café. Esperamos un buen
rato. Cuando la veamos por esa ventana es que ya está lista me
dice. Vea, ya podemos entrar.
Ahí viene el hijo con el papá. Ya
bañó a los dos. Yo vengo todos los días a bañar a la señora
pero hoy no pude y pobrecito, le tocó a él bañar a los dos.
¡Pobrecito! Está él solo atendiendo a su papá y su mamá y no
tienen pensión. Pasen, pasen ya están listos dijo el hijo.
Cada
uno estaba en su cama de hospital, el cuarto muy limpio, con piso de
tierra. Con gran amor me presentó a sus papás. Tienen catorce años
de estar postrados en estas camas. Don Carmen podía medio articular
palabra, con la mitad del cuerpo paralizado pero consciente. Doña
Anabelle estaba profundamente dormida con el rostro desfigurado por
la enfermedad y con sólo el tronco como cuerpo. “Mire, mi mamá
llega hasta aquí” señalando solo el tronco, sin extremidades.
Corriendo las cobijas me pregunta“¿quiere ver el tronquito sin
las piernas?” Vea esta foto. Así era mamita cuando estaba
alentadita. Después de haber besado y persignado a los dos, doña
Lidilia empieza sus oraciones.
El dolor de mi alma era tan profundo
que caí al suelo de rodillas, pidiendo perdón a Dios por mi
irreverencia, por mi falta de agradecimiento, por no permanecer
siempre de rodillas agradeciendo cada instante de nuestras vidas y
pidiendo por este hijo que con una sonrisa de amor y abrazando a su
mamá preguntaba “¿verdad que nos parecemos?”. Con una vela
encendida doña Lidilia continuaba rezando, sacó del bolsito blanco
que colgaba de su pecho y que no había dejado de abrazar con sus
grandes manos, la sagrada hostia y con una sonrisa de amor decía en
voz alta “abra la boquita don Carmen, este es el cuerpo de Cristo”.
Amén, respondió él.
Poco a poco el llanto cedió y pude
susurrar, amén. Después de un interminable abrazo con Mario, el
hijo que ha dedicado su vida a esos padres, y de prometerle que
pronto volvería, dijimos hasta luego, quedando la escena de amor y
dedicación sellada en mi alma. Doña Lidilia camina entre montañas
todos los días para ir a bañar a doña Anabelle. Al despedirme le
dije: doña Lidilia, usted es una santa. ¿Yo santa? Respondió. ¿No
se ha dado cuenta?, le
pregunté. Pero es que de eso se trata ¿verdad? me respondió, de
caminar por el camino de la santidad.
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