martes, 9 de abril de 2013

Doña Lidilia


Cielo Solórzano
Parada frente a mí, fuerte como un roble, de piel morena, pelo gris, vestido color café impecable, zapatos negros lustrosos y una bolsita blanca bordada con encajes que cuelga sobre su pecho y con sus grandes manos abrazando el bolsito con gran amor, como si lo protegiera con su vida, doña Lidilia me dice: “si quiere se queda aquí afuera contemplando el paisaje, tal vez esto va a ser muy fuerte para Ud.” 
 Estamos en medio de la montaña en Frailes de Desamparados con un paisaje insuperable ante nuestros ojos. Hemos llegado hasta ahí por un trillo de piedras sueltas, tras bajar por caminos sinuosos. ¿Está asustada por ese precipicio? Me pregunta doña Lidilia. No se preocupe. Mi esposo aprendió a manejar cuando era chiquillo por caminos peores que estos. ¡Viera usted! Yo por eso confío en él plenamente. 
Después de escuchar mi negativa de quedarme contemplando el paisaje, doña Lidilia decidida, tocó la puerta de la humilde vivienda. Era la única casa en medio de la montaña, al tope de una ladera sembrada de café. Esperamos un buen rato. Cuando la veamos por esa ventana es que ya está lista me dice. Vea, ya podemos entrar. 
Ahí viene el hijo con el papá. Ya bañó a los dos. Yo vengo todos los días a bañar a la señora pero hoy no pude y pobrecito, le tocó a él bañar a los dos. ¡Pobrecito! Está él solo atendiendo a su papá y su mamá y no tienen pensión. Pasen, pasen ya están listos dijo el hijo. 
Cada uno estaba en su cama de hospital, el cuarto muy limpio, con piso de tierra. Con gran amor me presentó a sus papás. Tienen catorce años de estar postrados en estas camas. Don Carmen podía medio articular palabra, con la mitad del cuerpo paralizado pero consciente. Doña Anabelle estaba profundamente dormida con el rostro desfigurado por la enfermedad y con sólo el tronco como cuerpo. “Mire, mi mamá llega hasta aquí” señalando solo el tronco, sin extremidades. Corriendo las cobijas me pregunta“¿quiere ver el tronquito sin las piernas?” Vea esta foto. Así era mamita cuando estaba alentadita. Después de haber besado y persignado a los dos, doña Lidilia empieza sus oraciones. 
El dolor de mi alma era tan profundo que caí al suelo de rodillas, pidiendo perdón a Dios por mi irreverencia, por mi falta de agradecimiento, por no permanecer siempre de rodillas agradeciendo cada instante de nuestras vidas y pidiendo por este hijo que con una sonrisa de amor y abrazando a su mamá preguntaba “¿verdad que nos parecemos?”. Con una vela encendida doña Lidilia continuaba rezando, sacó del bolsito blanco que colgaba de su pecho y que no había dejado de abrazar con sus grandes manos, la sagrada hostia y con una sonrisa de amor decía en voz alta “abra la boquita don Carmen, este es el cuerpo de Cristo”. Amén, respondió él. 
Poco a poco el llanto cedió y pude susurrar, amén. Después de un interminable abrazo con Mario, el hijo que ha dedicado su vida a esos padres, y de prometerle que pronto volvería, dijimos hasta luego, quedando la escena de amor y dedicación sellada en mi alma. Doña Lidilia camina entre montañas todos los días para ir a bañar a doña Anabelle. Al despedirme le dije: doña Lidilia, usted es una santa. ¿Yo santa? Respondió. ¿No se ha dado cuenta?, le pregunté. Pero es que de eso se trata ¿verdad? me respondió, de caminar por el camino de la santidad.

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