lunes, 15 de abril de 2013

María

Lia Ferreto

La casa de mi madre, en el centro de la ciudad de Cartago, había sido construída por mi abuelo Agustín a principios del siglo XX. Era de una belleza señorial; pisos de mosaico, famosos en esa época ya que varias edificaciones lucían el mismo diseño, entre ellos la Basílica de los Ángeles. Tenía varios aposentos, un baño del tamaño de una habitación, un espacio interno en el centro de la casa, que le llamaban " el hall " donde convergían algunos de los cuartos y cuyo techo era de una altura inusual, dando a ese espacio diversos matices según la hora del día en que entrara la luz.
Al frente en la calle, una escalinata servía para entrar a la casa y para llegar al corredor donde dos lindas bancas de madera, invitaban a sentarse y así ver los atardeceres, o desde ese balcón de cemento calado, tomar un buen lugar y ver todas esas "procesiones" que ciertamente pasaban por la casa de mamá. Además estaban esas macetas de antaño, donde perezosas colgaban grandes begonias.
La cocina de seguro había sido centro de grandes actividades, pues esa casa había conocido al pasar del tiempo a una infinidad de personas que la habitaron, o la visitaron y que ahí encontraron refugio y acogida volviéndola como un centro de reuniones para tan diversas personalidades, que mamá de tanto en tanto riendo, nos contaba. Tías medio locas o  inquilinos que nadie sabía de donde habían aparecido, pero que ahí se quedaban por tiempo sin fin.
 Al lado de la cocina estaba otro gran corredor donde al final se encontraba el área de servicio, en éste corredor grandes mesas servían para poner ollas y todo aquel menaje tan variado en la fecha de hacer los tamales. El patio al estilo de otros tiempos, era tan grande que yo siendo niña, sentía que me perdía,lleno de árboles cargados de frutas, diversos naranjos, hasta la naranja agria, dos inmensos árboles que daban los mas dulces y jugosos nísperos que recuerdo haber probado, varios de anonas, que eran el amor de papá; la higuera que no solo deleitaba con sus frutos, sino también sus hojas perfumaban y regalaban su sabor a la miel de chiverre que cada año se hacía para Semana Santa. Los bordes del sendero, años después, se llenaron de tréboles de flores rosadas, y los lirios que habían sido de la abuela Cata, unos rojos y otros de rayas con tonos naranja y blanco. Y no se diga de los macizos de helechos, geranios y  begonias, por todo lado sembrados.
Fue en ese mismo corredor donde aquellas dos hermanas, en medio de una lucha cuerpo a cuerpo partieron a María en dos.
Una revolución en Costa Rica, una división, una lucha entre hermanos no salvó a mis padres de vivirlo en carne propia y deciden emigrar a Venezuela buscando nueva vida, queriendo olvidar los horrores vividos, buscando su oasis, su propio destino. Primero se fue papá y cuando se sintió establecido, mandó por mis hermanos y por mi mamá. Conocieron varios lugares y finalmente se establecieron en Carora. Un pueblito caluroso donde al medio día nadie se atrevía a salir de sus casas, tal era el bochorno y las personas languidamente pereceaban tendidas en los” chinchorros”, única forma de esperar que la temperatura bajara y atreverse a realizar alguna actividad. Así aprendieron todos ellos a sortear esas horas y a usar las hamacas, y tomar previsiones en un lugar tan apartado de lo que habían sido sus vidas hasta ese momento.
Ahí nací yo. Después de tantos años mamá volvió a experimentar la maternidad en una nueva tierra, en una nueva vida. Caroreña come queso dictaminó el médico que me recibió. Mis hermanos esperaron mi llegada y mucha otra gente; mamá amiguera como era, ya había logrado establecer vínculos nuevos. Toda esa gente conformó el entorno de mi niñez, nacida en cálidas tierras, sostenida por cálidas personas de generosos corazones.Una niña muy feliz, sin duda, que cantaba por las calles a viva voz toda la música que escuchaba, sin reparo, siendo la delicia de cuántos me rodeaban. Ahí viví libre, amada, consentida, protegida, también viví ahí el desarraigo y mis ojos nunca mas volverían a mirar ese paisaje .
Sin conciencia de lo que sucedía, vi mis cosas pasar a otras manos; mi cama, mi camita, mis juguetes, los muebles de la casa, todo iba desfilando ante mis ojos infantiles, que preguntaban pero que nadie supo responder. Con argumentos de la época; a los niños no se les explican las cosas, no las comprenden, deciden no dar detalles a esa pequeña Lía, que solo sentía que algo se estaba rompiendo en su frágil corazón, en su corta vida. Y ante aquel llanto que no cedía, aceptaron que yo abrazara y me quedara con María …

 No se de donde había llegado María. Era mi más hermosa muñeca. Su cara y extremidades eran de hule, y tenía esos rasgos dulces de un bebé recién nacido. Su cuerpo, estaba formado de algodón y relleno de algún material que permitía sentirla suave entre mis brazos. Ella fue quién enjugó mi interminable llanto, una vez que regresamos a Cartago, a la casa del abuelo pues la que mis padres tenían y todos sus bienes, habían pasado a otras manos. Dicen los que narran las historias, que el mío era un llanto inmenso como la distancia que ahora me separaba de aquellas amadas gentes que yo había perdido. Mamá hablaba de la locura de su niña, que si no detenía sus ríos de lágrimas, ambas debían echar marcha atrás. Pero eso no se dio. Y la niña medio loca enmudeció. Y seguro mamá creyó que ya había olvidado.
Dicen los que saben de las cosas de la mente que mi llanto no era mío, que los niños expresan lo mismo que sienten los adultos, si ellos son felices, los niños también sonríen, pero si la tragedia toca sus almas y se vuelven locas y no pueden expresar el terror que las ahoga, esos niños pequeños lo hacen por ellos. Así que mamá atravesaba el dolor de someterse de nuevo ante la rigidez de su padre, perdiendo de nuevo su autonomía y su vida soberana. Como debía “ comportarse “ ante los imponderables, con total indiferencia, su pequeña hija asume su voz, su dolor, su locura y llora por ella. Yo lloré el llanto de mi madre .
En un tiempo creí que lloraba, porque mi alma vieja sabía que debía vivir en éstas tierras, pues aquí estaba mi destino, acá debía conocer al hombre con quién engendraría a mis hijas, acá debía cumplir con el plan y los acuerdos que ella conocía. El llanto era premonitorio. Sabía cuánto dolor me esperaba.
…. Y María . Los mas lindos vestiditos eran para ella. A cualquier paseo que yo fuera, su maleta era lo primero que yo preparaba. Como aquella vez en que íbamos a tomar el tren que nos llevaba a Limón a encontrarnos con papá y la maleta cayó y fue a dar debajo de los rieles y todas las cosas que yo atesoraba, quedaron a merced del viento. Solo mis gritos y mi angustia hicieron al abuelo Tin, recogerlos uno a uno.
Pero ese día, las dos mujeres que trabajaban en casa de mamá, peleando como solo las hermanas saben hacerlo, ante mis desorbitados ojos arrebataron a María de mis manos y con ella, cuál si fuera un arma mortal, se daban de porrazos. Llanto, gritos, súplicas, no sirvieron de nada, aquellas mujeres enfurecidas con mi muñeca volando por los aires, no se detenían hasta que lograron partirla en dos pedazos. Sus piernas por allá. Su cabecita no se donde. Todo el relleno voló perdiéndose en todos los rincones, cubriéndonos las cabezas de un extraño confeti de algodón. No se de donde apareció mamá. El caos era total. Mocos, gritos y aquel confeti y esas dos malvadas que no creían hasta donde habían llegado. Mamá no sabía por donde comenzar, si gritando improperios a aquellas dos asesinas, calmando mi llanto o buscando lo que había quedado de María.
Horas mas tarde, mamá sentada revivió a María. Con un cuidado extremo y un amor que solo ella podía poner en aquel momento, formó un nuevo cuerpo, era como si pusiera un pequeño vestido, cosido en la línea del cuello con puntadas perdidas, lo mismo en los brazos y las piernas; después la rellenó y así me entregó a mi nueva muñeca y mis temblorosas manos con ternura la estrecharon de nuevo contra el pecho y la llenaron de besos y de promesas de que nunca mas algo así ocurriría.
Mamá y María. Un recuerdo que hoy llega a mi memoria con mucho amor; con agradecimiento, porque solo el tiempo te hace revivir esas frágiles imágenes que te hablan del amor de la mamá, tantas veces cuestionado e incomprendido.

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