lunes, 18 de agosto de 2014

Relato de un viaje.


Virginia Murillo Montero.

Al amanecer de un día nublado de junio un grupo de exploradores emprendimos el camino a un lugar remoto en la montaña. Equipados con cobertores para el frío y diversas chucherías como algún menjunje para  ahuyentar a los zancudos, o algún otro mosquito o bien para algún imprevisto como detener un chorrillo de sangre por aquello de alguna heridilla o un pequeño dolorcito. . . De esta manera con la curiosidad y la alegría de conocer y explorar los sitios imaginados emprendimos el viaje.
En el trayecto tuvimos algunos tropiezos, por las ramas de los árboles y piedras en el camino así como algunos montículos de tierra, producto  de las lluvias de días anteriores. Luego de varias horas llegamos al pueblo más cercano a nuestro destino, ahí buscamos una cafetería para degustar una tacita de café y tortillas con queso.
Una vez que encontramos el lugar donde nos íbamos a reunir, descansamos un rato. Se tenía muchas expectativas relacionadas con el tratamiento de algunas áreas de conservación silvestres. El grupo de amigos recorrió la plaza, visitó la Ermita y conversó con algunos de los vecinos.
El bosque me atrajo con su exuberante vegetación, diversidad de plantas con flores multicolores, alguna que otra guacamaya y diversos pajaritos que endulzan el oído con sus trinos.  A la entrada un camino enzacatado y a los lados filas de árboles de varios tamaños con hojas y flores de diferentes formas y colores, rectangulares, triangulares, alargadas como espigas  que se mecen al son del viento que revuelve las cabelleras de los visitantes y golpea sus mejillas enrojecidas por el sol incandescente recibido durante el viaje.
Luego de escasas tres  millas se percibe el olor del océano con el incansable y fuerte golpeteo del oleaje, la sal que se percibe al acercarse más y más en su playa (arenosa) que se vislumbra por los cortos caminos laterales, los cuales se dejan entrever durante la caminata interminable hacia las chozas ubicadas al final  de la foresta.
Por fin llegamos a las casitas ubicadas en un claro del bosque, nos ubicamos en varias de ellas para luego conversar con algunas personas encargadas del cuido del parque. La coordinadora de la expedición los entrevistó y el resto de los visitantes participamos por medio de preguntas que fueron aclarando dudas sobre el manejo de las áreas protegidas.
Nos desplazamos a otros sitios donde los cuidadores expusieron en qué consistía su trabajo y de qué manera luchaban con la falta de recursos para poder conservar mejor el ambiente y hacer conciencia en la gente, visitantes y otros para el efecto. Mujeres y hombres luchadores, trabajadores para mantener a sus familias para que cada día tengan un bocado que llevarse a la boca y preservar parte de este mundo con manos y uñas…
Días de lluvia, gotas frescas danzantes sobre el techo, que afloraban en mi memoria aquellos lejanos días en mi pueblo natal, los meses de mayo y octubre, con el fresco olor de la reina de la noche, azucenas, nardos, geranios, gladiolas, los cuales crecían a un lado de la casa familiar; algún lloriqueo de los gatos que corrían incansables persiguiendo a las gatas en celo sobre los techos  de la hilera de casas vecinas, silbidos de los canarios y uno que otro ronquido que escuchaba con mi continuo despertar por la tos que me producía el fuerte frío de la noche inmensa, negra, oscura que la imaginaba como una gran nube que me envolvía y me ordenaba que durmiera y me acurrucara entre las cobijas hasta el amanecer cuando la abuela materna nos llamaba para que palmeáramos unas tortillas deliciosas que nos enseñó a hacer a las tres nietas. Así pasé la primera noche en medio del inmenso jardín con el océano tan cerca que por momentos creí que nos bañaría y nos arrullaría entre sus olas como brazos gigantes tan fuertes de los cuales no podríamos desprendernos.
Por la mañana nos dirigimos a tres pueblos en donde conversamos con varios guarda parques, femeninos y masculinos, seres humanos con capacidades para llevar a cabo esa dura labor en donde se tienen que enfrentar con peligros en las playas, los parques en el día, en la noche, toparse con personas con drogas, alcohol y salir adelante, a veces solos, otras veces acompañados.
Al mediodía buscamos un lugar para almorzar con comidas de la región y en general tradicionales de un país rico en vegetación, fauna comestible, productos naturales que conforman una alimentación sana, saludable y equilibrada. Posteriormente pudimos disfrutar de las vistas, bellezas naturales como el mar, la playa, las palmeras y degustar una famosa agua de pipa, un jugo de mango… y por qué no un dulce: melcochas de coco, algún pancito dulce, etc.
Continúa nuestra exploración.
Dos compañeros y yo nos aproximamos a una casita apostada detrás de un  pequeño mercado, en una propiedad con una casita sencilla al lado derecho de la entrada y la nuestra al fondo de lado izquierdo , se observa en mal estado, un poco abandonada , con un desaliñado color verde. No encontramos a nadie a la entrada, pero de pronto bajando por unas gradas de madera aparece una mujer joven de unos treinta años y nos cuenta su historia - no si antes ofrecernos un cafecito o un refresco - : tiene quince años de ser guarda parques.
Alejada de su hijo y de su madre hasta por quince días y sin pareja porque aduce que con ese tipo de trabajo que consume tanto de su tiempo no se lo permite. Fanny nos relata que la oficina fue quemada por intereses mezquinos y por esto se encuentra laborando en ésta que es su casa y centro de operaciones podría decirse. A ella siempre le gustó el campo, lo forestal; por eso quería estudiar Ingeniería forestal, pero no pudo continuar, porque salió de la Secundaria para trabajar en Punta Uva. Actualmente estudia Derecho con especialidad en la parte ambiental.
¿Cómo es el día a día de Fanny?, patrulla en la playa con dos personas, a veces sola y si necesita ayuda acude a la policía. Comenta que es difícil trabajar con la sociedad civil, pero poco a poco se ha ido formando un consenso. Ella y sus compañeros, as, trabajan de noche  expuestos a cazadores con armas y  de los lugares que patrulla hay uno en donde se consume mucha droga lo que conlleva más peligro. Y la lucha constante es con la sociedad civil que por sus intereses roban expedientes, inclusive quemaron la oficina del lugar de su trabajo. Trabaja de acuerdo con los lineamientos administrativos, reconoce que hay personas difíciles para llevar a cabo su labor. Su hijo  de 9 años dice que va a tener el mismo trabajo de su mamá.
Reside como a una hora de su trabajo, pero como apunté va como cada quince días a su casa. Está contenta con lo que hace, porque como le dicen sus excompañeras del cole, “ella se encuentra en su charco”.
Esto es una pequeña muestra de las entrevistas realizadas que resumen el trabajo de los guarda bosques.
Ahora bien, las vivencias en este recorrido han sido buenas, relajantes con una que otra anécdota como la me ocurrió a mí la primera noche de estadía en el bosque. Por padecer un poco  de ofidio-fobia (temor a  las serpientes) aunque ni había pensado en ellas ese día, una compañera llegó diciendo que se debía salir con foco de las habitaciones porque había visto pasar una de esas cerca del área administrativa. Y ahí empezó mi calvario… le dije a la señora profesora, coordinadora del viaje que nos fuéramos al día siguiente para no pasar otra noche ahí. Eso fue para que gozáramos más bien con mi temor, apareció por ahí un palo alargado, delgado con una formilla de serpiente y yo no lo quería tocar… Bueno la cosa es que me animé y lo toqué, pero no por eso se me ha quitado la fobilla a esos animales.
El último día de estadía en el lugar luego de saborear un delicioso desayuno nos dirigimos a Punta Cocles para asistir a la reunión de los pescadores artesanales.

Qué más les puedo contar de este viaje a un lugar rico en vegetación… con árboles frutales, flores silvestres, ríos en los cuales se deposita basura y aún se pueden salvar, animales en peligro de extinción y otros que aún permanecen. Espacio de una tierra dejado de la mano de Dios, en donde hay mucho trabajo por realizar, adónde muchas personas acuden y se les enseña a cuidarla. Pero se necesita mucha voluntad de quienes dirigen los destinos de tierras como ésta que se encuentran en las cúspides y no dejan caer los granitos de arena o granotes porque se encuentran muy ocupados acumulando esa arena en su castillo.
Existen grupos que trabajan contra viento y marea, pero los depredadores se traen abajo su labor. Este pequeño grupo de exploradores hace un llamado a los altos mandos para que unidos todos podamos recuperar estas áreas pensando en construir una sociedad más equilibrada.


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