Virginia Murillo Montero.
Al amanecer de un
día nublado de junio un grupo de exploradores emprendimos el camino a un lugar
remoto en la montaña. Equipados con cobertores para el frío y diversas
chucherías como algún menjunje para
ahuyentar a los zancudos, o algún otro mosquito o bien para algún
imprevisto como detener un chorrillo de sangre por aquello de alguna heridilla
o un pequeño dolorcito. . . De esta manera con la curiosidad y la alegría de
conocer y explorar los sitios imaginados emprendimos el viaje.
En el trayecto
tuvimos algunos tropiezos, por las ramas de los árboles y piedras en el camino
así como algunos montículos de tierra, producto
de las lluvias de días anteriores. Luego de varias horas llegamos al
pueblo más cercano a nuestro destino, ahí buscamos una cafetería para degustar
una tacita de café y tortillas con queso.
Una vez que
encontramos el lugar donde nos íbamos a reunir, descansamos un rato. Se tenía
muchas expectativas relacionadas con el tratamiento de algunas áreas de
conservación silvestres. El grupo de amigos recorrió la plaza, visitó la Ermita
y conversó con algunos de los vecinos.
El bosque me atrajo
con su exuberante vegetación, diversidad de plantas con flores multicolores,
alguna que otra guacamaya y diversos pajaritos que endulzan el oído con sus
trinos. A la entrada un camino
enzacatado y a los lados filas de árboles de varios tamaños con hojas y flores
de diferentes formas y colores, rectangulares, triangulares, alargadas como
espigas que se mecen al son del viento
que revuelve las cabelleras de los visitantes y golpea sus mejillas enrojecidas
por el sol incandescente recibido durante el viaje.
Luego de escasas
tres millas se percibe el olor del
océano con el incansable y fuerte golpeteo del oleaje, la sal que se percibe al
acercarse más y más en su playa (arenosa) que se vislumbra por los cortos
caminos laterales, los cuales se dejan entrever durante la caminata
interminable hacia las chozas ubicadas al final
de la foresta.
Por fin llegamos a
las casitas ubicadas en un claro del bosque, nos ubicamos en varias de ellas
para luego conversar con algunas personas encargadas del cuido del parque. La
coordinadora de la expedición los entrevistó y el resto de los visitantes
participamos por medio de preguntas que fueron aclarando dudas sobre el manejo
de las áreas protegidas.
Nos desplazamos a
otros sitios donde los cuidadores expusieron en qué consistía su trabajo y de
qué manera luchaban con la falta de recursos para poder conservar mejor el ambiente
y hacer conciencia en la gente, visitantes y otros para el efecto. Mujeres y
hombres luchadores, trabajadores para mantener a sus familias para que cada día
tengan un bocado que llevarse a la boca y preservar parte de este mundo con
manos y uñas…
Días de lluvia,
gotas frescas danzantes sobre el techo, que afloraban en mi memoria aquellos
lejanos días en mi pueblo natal, los meses de mayo y octubre, con el fresco
olor de la reina de la noche, azucenas, nardos, geranios, gladiolas, los cuales
crecían a un lado de la casa familiar; algún lloriqueo de los gatos que corrían
incansables persiguiendo a las gatas en celo sobre los techos de la hilera de casas vecinas, silbidos de
los canarios y uno que otro ronquido que escuchaba con mi continuo despertar por
la tos que me producía el fuerte frío de la noche inmensa, negra, oscura que la
imaginaba como una gran nube que me envolvía y me ordenaba que durmiera y me
acurrucara entre las cobijas hasta el amanecer cuando la abuela materna nos
llamaba para que palmeáramos unas tortillas deliciosas que nos enseñó a hacer a
las tres nietas. Así pasé la primera noche en medio del inmenso jardín con el
océano tan cerca que por momentos creí que nos bañaría y nos arrullaría entre
sus olas como brazos gigantes tan fuertes de los cuales no podríamos
desprendernos.
Por la mañana nos
dirigimos a tres pueblos en donde conversamos con varios guarda parques,
femeninos y masculinos, seres humanos con capacidades para llevar a cabo esa
dura labor en donde se tienen que enfrentar con peligros en las playas, los
parques en el día, en la noche, toparse con personas con drogas, alcohol y
salir adelante, a veces solos, otras veces acompañados.
Al mediodía
buscamos un lugar para almorzar con comidas de la región y en general
tradicionales de un país rico en vegetación, fauna comestible, productos
naturales que conforman una alimentación sana, saludable y equilibrada.
Posteriormente pudimos disfrutar de las vistas, bellezas naturales como el mar,
la playa, las palmeras y degustar una famosa agua de pipa, un jugo de mango… y
por qué no un dulce: melcochas de coco, algún pancito dulce, etc.
Continúa nuestra
exploración.
Dos compañeros y yo
nos aproximamos a una casita apostada detrás de un pequeño mercado, en una propiedad con una
casita sencilla al lado derecho de la entrada y la nuestra al fondo de lado izquierdo , se observa en mal estado,
un poco abandonada , con un desaliñado color verde. No encontramos a nadie a la
entrada, pero de pronto bajando por unas gradas de madera aparece una mujer
joven de unos treinta años y nos cuenta su historia - no si antes ofrecernos un
cafecito o un refresco - : tiene quince años de ser guarda parques.
Alejada de su hijo
y de su madre hasta por quince días y sin pareja porque aduce que con ese tipo
de trabajo que consume tanto de su tiempo no se lo permite. Fanny nos relata
que la oficina fue quemada por intereses mezquinos y por esto se encuentra
laborando en ésta que es su casa y centro de operaciones podría decirse. A ella
siempre le gustó el campo, lo forestal; por eso quería estudiar Ingeniería
forestal, pero no pudo continuar, porque salió de la Secundaria para trabajar
en Punta Uva. Actualmente estudia Derecho con especialidad en la parte
ambiental.
¿Cómo es el día a
día de Fanny?, patrulla en la playa con dos personas, a veces sola y si
necesita ayuda acude a la policía. Comenta que es difícil trabajar con la
sociedad civil, pero poco a poco se ha ido formando un consenso. Ella y sus
compañeros, as, trabajan de noche
expuestos a cazadores con armas y
de los lugares que patrulla hay uno en donde se consume mucha droga lo
que conlleva más peligro. Y la lucha constante es con la sociedad civil que por
sus intereses roban expedientes, inclusive quemaron la oficina del lugar de su
trabajo. Trabaja de acuerdo con los lineamientos administrativos, reconoce que
hay personas difíciles para llevar a cabo su labor. Su hijo de 9 años dice que va a tener el mismo
trabajo de su mamá.
Reside como a una
hora de su trabajo, pero como apunté va como cada quince días a su casa. Está
contenta con lo que hace, porque como le dicen sus excompañeras del cole, “ella se encuentra en su charco”.
Esto es una pequeña
muestra de las entrevistas realizadas que resumen el trabajo de los guarda
bosques.
Ahora bien, las
vivencias en este recorrido han sido buenas, relajantes con una que otra
anécdota como la me ocurrió a mí la primera noche de estadía en el bosque. Por
padecer un poco de ofidio-fobia (temor a las serpientes) aunque ni había pensado en
ellas ese día, una compañera llegó diciendo que se debía salir con foco de las
habitaciones porque había visto pasar una de esas cerca del área
administrativa. Y ahí empezó mi calvario… le dije a la señora profesora,
coordinadora del viaje que nos fuéramos al día siguiente para no pasar otra
noche ahí. Eso fue para que gozáramos más bien con mi temor, apareció por ahí
un palo alargado, delgado con una formilla de serpiente y yo no lo quería
tocar… Bueno la cosa es que me animé y lo toqué, pero no por eso se me ha
quitado la fobilla a esos animales.
El último día de
estadía en el lugar luego de saborear un delicioso desayuno nos dirigimos a
Punta Cocles para asistir a la reunión de los pescadores artesanales.
Qué más les puedo
contar de este viaje a un lugar rico en vegetación… con árboles frutales,
flores silvestres, ríos en los cuales se deposita basura y aún se pueden
salvar, animales en peligro de extinción y otros que aún permanecen. Espacio de
una tierra dejado de la mano de Dios, en donde hay mucho trabajo por realizar,
adónde muchas personas acuden y se les enseña a cuidarla. Pero se necesita
mucha voluntad de quienes dirigen los destinos de tierras como ésta que se
encuentran en las cúspides y no dejan caer los granitos de arena o granotes porque se encuentran muy
ocupados acumulando esa arena en su castillo.
Existen grupos que
trabajan contra viento y marea, pero los depredadores se traen abajo su labor.
Este pequeño grupo de exploradores
hace un llamado a los altos mandos para que unidos todos podamos recuperar
estas áreas pensando en construir una sociedad más equilibrada.
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