Me senté al atardecer en la terraza de mi casa en Los Altos de San Rafael de Ciudad Colón, donde tengo la dicha de vivir.
Me fijo en el reloj, feliz de poder ver en paz el atardecer sin tener nada que hacer.
De pronto, una mariposa morpho captó mi atención al pararse en el marco de la ventana. Tenía esos preciosos colores y brillo azules difícil de poder describir.
Empezó a batir sus alas, ahí posada en la ventana cuando de pronto aparece otra, vuela alrededor de ella y se para a la distancia.
Ambas mantenían el movimiento despacio y seductor de sus alas.
Al poco tiempo vuelve a volar la segunda alrededor de la primera y se para, esta vez más cerca.
Se vuelve a repetir el ritual varias veces acercándose cada vez más
Finalmente, se posa encima de la primera quien no ha detenido de mover sus alas y empiezan a aparearse.
Esta vez moviendo ambos las alas al mismo tiempo en una suavidad y sincronización comparable solamente con un dulce baile de ballet como el Lago de los Cisnes.
Al verlas, pareciera escucharse música de amor cautivante.
Me fijo en el reloj para ver los pocos minutos que creí habían pasado, pero no, era casi una hora. No lo podía creer.
Quedé maravillada de la cantidad de tiempo que había pasado y ante tal belleza me había parecido tan poco.
Quién puede dudar de Dios ante tales bellezas, el milagro de la vida en este mundo. Los regalos que Él nos dió y la bendición de poderlos ver.
Dana Sánchez
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