Rolain
Borel
Lo
primero que debe haber pensado, después de parir cuatro hermanas y
hermanos, fue: “¡Nunca más, este es el último!”. Efectivamente
quedé como el benjamín de la casa. Se suponía que sería el regalo
del décimo aniversario de bodas de mis papás, pero, a pesar de que
mi mamá se tomó una botella de purgante y empujó un baúl por toda
la casa, tratando de que yo naciera ese día, me obcequé y llegué
al siguiente día.
Años
después, cuando ya me iba re-mal en la escuela, angustiada debe
haberse preguntado: ¿Llegará un día a ser pastor calvinista como
su padre, abuelos y bisabuelos; ingeniero como sus tíos y tíos
abuelos o maestro como todas sus tías?
No fue ninguno de estos, pues cuando mi mamá me dio la luz, también
me entregó el bien más preciado: la independencia y el libre
albedrío.
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