viernes, 5 de octubre de 2012

Melanio




Melanio y su madre.
Por Virginia Murillo Montero

Un dìa de esos en que las mañanas son soleadas y las tardes lluviosas en un paìs del tròpico, se apostaba a tomar el bus de un pueblo lejano, Melanio Moreira, para dirigirse a la ciudad capital.
No habìan transcurrido ni cinco segundos cuando el hombre escuchò unos gritos que màs bien eran unos ayes de dolor, de sufrimiento, de frustración… no sè. Melanio volviò la cara y alcanzò a ver a su lado, sentada sobre una piedra que hacìa de asiento, a una mujer envuelta en una manta; dando aquelos gritos: “Ay, ay,ay, ayayay. . .Ay mi hijito, mi hijito querido, dònde estàs?
El hombre no hallaba què hacer para consolarla, entonces se atreviò a decirle: Dìgame sra mìa , què le pasa? – Còmo que sra mìa,! ni suya ni de nadie! No se ha dado cuenta que siempre estoy aquì, llorando y llorando. . .Sì , de veras, pues fìjese que no, no me habìa dado cuenta.
La señora seguìa dando gritos, pero nuestro hombre hacìa caso omiso de los lamentos. Retrocedamos un poco en el tiempo. Contaban en el pueblo que se trataba de la niña Marìa, quien un buen dìa se sentò a llorar su pena en aquella piedra esperando a su hijo, su hijo! que le fue arrebatado de sus brazos apenas naciò por el patròn de la finca donde trabajaba y vivìa. Le habìan arrebatado un pedazo de su alma, de su corazòn: el niño que meciò y acariciò en su vientre por nueve largos meses. El amor de su vida, con el que siempre habìa soñado, a quien iba a alimentar, a vestir, a cuidar a educar, a darle todo lo que pudiera con su esfuerzo. El niño, el joven, el hombre, quien iba a ser su compañía, un hombre de bien! En ese momento se dio cuenta que ya no podrìa hacer realidad todos sus sueños.
El patròn la obligò a que se lo traspasara por medio de un papel, a fuerza de hacerla creer que en sus manos estarìa mejor que en las de ella. por medio de un papel. . ., a un ser humano, a una parte de su vida! Como si se tratara de una parte de la finca., de una cosa…E l ser en quien ella habìa cifrado todas sus esperanzas, el que quizà iba a ser un ingeniero, un arquitecto, un maestro un sacerdote…; el orgullo de su madre, de quien todos dirìan; ahì va el arguitecto, el hijo de doña Marìa. El ejemplo para todos aquellos muchachos que empiezan un prometedor camino por la vida!
Y en ese instante don Melanio escuchò de nuevo unos ayes de dolor, una ùltima frase, Ay Ay, me muero, donde estàs hijo de mis entrañas? dònde estàs…(en tono màs bajo) y M elanio recordò aquella preciosa vos que le retumbaba en los oìdos, que escuchaba cuando niño correteaba por la finca de don Ramiro, cuando iba al rìo a bañarse y sus oìdos eran acariciados por las notas que salìan de la boca de doña Marìa, la criada.
Otras veces cuando ya ella habìa abandonado la finca escuchaba como un llanto que lo llamaba. Se volviò, la vio desplomarse a sus pies, pronunciando la s palabras, hijo!de mis entrañas. Melanio!, dònde estàs. . .? y èl se arrodillò, la abrazò muy fuerte y dijo: Madre! y ella esbozò una dulce sonrisa.

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