Melanio y su madre.
Por Virginia Murillo Montero
Un dìa de esos en que
las mañanas son soleadas y las tardes lluviosas en un paìs del
tròpico, se apostaba a tomar el bus de un pueblo lejano, Melanio
Moreira, para dirigirse a la ciudad capital.
No habìan transcurrido
ni cinco segundos cuando el hombre escuchò unos gritos que màs bien
eran unos ayes de dolor, de sufrimiento, de frustración… no sè.
Melanio volviò la cara y alcanzò a ver a su lado, sentada sobre una
piedra que hacìa de asiento, a una mujer envuelta en una manta;
dando aquelos gritos: “Ay, ay,ay, ayayay. . .Ay mi hijito, mi
hijito querido, dònde estàs?
El hombre no hallaba
què hacer para consolarla, entonces se atreviò a decirle: Dìgame
sra mìa , què le pasa? – Còmo que sra mìa,! ni suya ni de
nadie! No se ha dado cuenta que siempre estoy aquì, llorando y
llorando. . .Sì , de veras, pues fìjese que no, no me habìa dado
cuenta.
La señora seguìa dando
gritos, pero nuestro hombre hacìa caso omiso de los lamentos.
Retrocedamos un poco en el tiempo. Contaban en el pueblo que se
trataba de la niña Marìa, quien un buen dìa se sentò a llorar su
pena en aquella piedra esperando a su hijo, su hijo! que le fue
arrebatado de sus brazos apenas naciò por el patròn de la finca
donde trabajaba y vivìa. Le habìan arrebatado un pedazo de su alma,
de su corazòn: el niño que meciò y acariciò en su vientre por
nueve largos meses. El amor de su vida, con el que siempre habìa
soñado, a quien iba a alimentar, a vestir, a cuidar a educar, a
darle todo lo que pudiera con su esfuerzo. El niño, el joven, el
hombre, quien iba a ser su compañía, un hombre de bien! En ese
momento se dio cuenta que ya no podrìa hacer realidad todos sus
sueños.
El patròn la obligò a
que se lo traspasara por medio de un papel, a fuerza de hacerla creer
que en sus manos estarìa mejor que en las de ella. por medio de un
papel. . ., a un ser humano, a una parte de su vida! Como si se
tratara de una parte de la finca., de una cosa…E l ser en quien
ella habìa cifrado todas sus esperanzas, el que quizà iba a ser un
ingeniero, un arquitecto, un maestro un sacerdote…; el orgullo de
su madre, de quien todos dirìan; ahì va el arguitecto, el hijo de
doña Marìa. El ejemplo para todos aquellos muchachos que empiezan
un prometedor camino por la vida!
Y en ese instante don
Melanio escuchò de nuevo unos ayes de dolor, una ùltima frase, Ay
Ay, me muero, donde estàs hijo de mis entrañas? dònde estàs…(en
tono màs bajo) y M elanio recordò aquella preciosa vos que le
retumbaba en los oìdos, que escuchaba cuando niño correteaba por la
finca de don Ramiro, cuando iba al rìo a bañarse y sus oìdos eran
acariciados por las notas que salìan de la boca de doña Marìa, la
criada.
Otras veces cuando ya
ella habìa abandonado la finca escuchaba como un llanto que lo
llamaba. Se volviò, la vio desplomarse a sus pies, pronunciando la s
palabras, hijo!de mis entrañas. Melanio!, dònde estàs. . .? y èl
se arrodillò, la abrazò muy fuerte y dijo: Madre! y ella esbozò
una dulce sonrisa.
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