Cielo
Solórzano
Abril
2013
Un
domingo de abril desperté sabiendo que ese era el día. Había
llegado la hora del cambio. Aligeré mis quehaceres mañaneros con
la esperanza que el reloj no apurara las horas. Por fin mi hija me
dice “¿está lista?”. Todo el camino de Escazú a San Rafael de
Montes de Oca escuchamos música y reímos. Conforme se acercaba el
momento y comenzábamos a ver los lugares conocidos, lugares que
había recorrido durante 45 años todos los días, el corazón
comenzó a encogerse. Recorrimos calles, lugares, saludamos gentes y
por fin llegamos. La casa donde habité junto con mis hijos estaba
esperándonos, sola, silenciosa. Mientras caminaba por el jardín y
observaba las rosas que nos esperaban, vino a mi memoria aquel
domingo de abril, hace 45 años cuando desperté y también sabía
que ese era el día. Desperté al esposo con la prisa y la ilusión
que da la juventud y con entusiasmo y quizás en estado de ensoñación
le dije:”hoy es el día”. Es el día de comprar un lote y
construir una casa para recibir a nuestra hija. Ya pronto nacería
Arianne y debería de tener una casa nueva con un cuarto de princesa.
“Estás loca, ¿con qué plata? No se pero levantate porque hoy
es ese día. Corrimos, buscamos y encontramos el jardín donde iba
a estar nuestra casa. No me acuerdo como lo pagamos pero construimos
la casa y llevamos a Arianne a estrenarla. Y después llevamos a
Ronald y después a Federico. Ahí vivimos, lloramos, reímos,
soñamos. Tanta pasión, tanto amor, tanto desencanto, tanta
felicidad, tantos recuerdos.
Pero
el día también llegó. Arianne, y yo juntas de la mano, cortamos
las rosas, sangramos las manos, cogimos la lámpara, cerramos las
puertas y dijimos adiós.
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