lunes, 13 de mayo de 2013

Una rosa, una lámpara y un adiós



Cielo Solórzano
Abril 2013
Un domingo de abril desperté sabiendo que ese era el día. Había llegado la hora del cambio. Aligeré mis quehaceres mañaneros con la esperanza que el reloj no apurara las horas. Por fin mi hija me dice “¿está lista?”. Todo el camino de Escazú a San Rafael de Montes de Oca escuchamos música y reímos. Conforme se acercaba el momento y comenzábamos a ver los lugares conocidos, lugares que había recorrido durante 45 años todos los días, el corazón comenzó a encogerse. Recorrimos calles, lugares, saludamos gentes y por fin llegamos. La casa donde habité junto con mis hijos estaba esperándonos, sola, silenciosa. Mientras caminaba por el jardín y observaba las rosas que nos esperaban, vino a mi memoria aquel domingo de abril, hace 45 años cuando desperté y también sabía que ese era el día. Desperté al esposo con la prisa y la ilusión que da la juventud y con entusiasmo y quizás en estado de ensoñación le dije:”hoy es el día”. Es el día de comprar un lote y construir una casa para recibir a nuestra hija. Ya pronto nacería Arianne y debería de tener una casa nueva con un cuarto de princesa. “Estás loca, ¿con qué plata? No se pero levantate porque hoy es ese día. Corrimos, buscamos y encontramos el jardín donde iba a estar nuestra casa. No me acuerdo como lo pagamos pero construimos la casa y llevamos a Arianne a estrenarla. Y después llevamos a Ronald y después a Federico. Ahí vivimos, lloramos, reímos, soñamos. Tanta pasión, tanto amor, tanto desencanto, tanta felicidad, tantos recuerdos.
Pero el día también llegó. Arianne, y yo juntas de la mano, cortamos las rosas, sangramos las manos, cogimos la lámpara, cerramos las puertas y dijimos adiós.

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