Dispuesta a cumplir con
los quehaceres de mi hogar, hoy lunes 1° de abril 2013 y a las 9 de
la mañana, emprendí mi viaje rumbo al patio, en específico al
cuarto de lavado, para hacer funcionar ese artefacto eléctrico
llamado lavadora; tarea que realizo semanalmente.
Cumplido el ritual de
selección de prendas, detergente bien medido, empieza la ejecución
de la máquina.
Así paso enseguida al
otro deber que por cierto es una terapia efectiva, el cuido de mis
plantas donde algunas ornamentales, otras medicinales y las más,
aquellas que me ayudan y son cómplices en mi cocina.
Siempre acostumbro antes
de regar el agua revisarlas, cortar maleza y hojas secas y podarlas.
Todo esto mientras la lavadora no interrumpa su trabajo.
Así transcurre el
tiempo, sospechando que llovería más tarde, pero aún así; mis
matitas tuvieron su dosis de aliento líquido.
El silencio ocurrente, me
anunciaba que debía dar lugar al tendido de ropa, cuyo olor a limpio
es tan agradable a mi olfato, que satisface mi labor como ama de mi
hogar.
Justo al término de todo
lo anterior, llegó el momento de abrir el refrigerador y sacar los
alimentos que ese día se iban a consumir.
Entre llamadas
telefónicas, degustación de frutas y otros quehaceres, finalizó la
cocción de los alimentos.
Siendo ya la hora del
almuerzo, di rienda a lo preparado, para iniciar mi rigurosa siesta,
precedida por la lectura del diario.
Pasaba las páginas unas
a medio leer, otras con titulares más interesantes, sentía que el
sueño me dominaba por la pesadez de lo ingerido.
Cayendo de mis manos el
diario por el sueño imperante, un trueno bastante ruidoso y la
lluvia caída fueron el epílogo de este día, lástima el agua que
malgasté regando mi matas por la mañana.
Mireya Vásquez Montero
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