lunes, 15 de septiembre de 2014

Un perrito negro con patas cortas

 
Virginia Murillo Montero. 
Piam. UCR.
Bueno…. En realidad mi mascota es de dos personas: mi esposo y yo. La tenemos con nosotros desde hace ocho años, se llama Boby y llegó a nuestras vidas por esos azares del destino. Pertenecía a una de mis nietas, sus papás se divorciaron y la nuera no accedió a tenerlo más, por vivir en una segunda planta.
Mi querido perro llegó a regañadientes porque mi esposo, Ronald, y yo no compartimos el hecho de hacernos cargo de un animal si no se tienen las condiciones necesarias de atenderlo bien: disposición, tiempo, espacio, presupuesto para alimentación, su aseo y salud, etc.
Boby es un perrito negro, pequeño, de patas cortas y pelo un tanto corto de color muy negro.
Se le ve cara de bravo y efectivamente lo es. Sus orejas son cortas y puntiagudas, su hocico es alargado, sus ojos son negros y redondos y el rabo se lo recortaron cuando estaba pequeño; con el paso del tiempo se ha puesto un poco gordito porque nosotros lo alimentamos bien: le damos vitaminas, frutas y alimento especial.
Boby se adaptó muy rápido a nosotros y poco a poco fuimos conociendo sobre sus necesidades primarias, su forma de comer, de marcar el territorio y de que se le hiciera cariño.
En principio yo lo atendía más, pero luego por algunas limitaciones de mis rodillas, mi hija y mi esposo me ayudaban. Así se fue encariñando con el núcleo familiar. Sin embargo ocurrió un hecho curioso, cuando vivíamos en una casa en San Antonio de Desamparados, los dos perros el de nuestra nieta mayor: Copito y Boby ocupaban el mismo espacio, un poco cercano uno del otro. Al detectar Boby -que ella le dedicaba cuidados a su perro- le ladraba a Sofía, mi nieta.
Posteriormente en la otra casa que estrenamos en San Lorenzo, los perros se apartaron y mi mascota le gruñe mucho a Sofía y ella se enoja, pero no lo maltrata. Eso sí le cogió miedo y no le hace cariño. Creo entonces que el perro como amigo del hombre ocupa mucho afecto y si no se le da, por medio de su ladrido lo solicita y así quiere jugar, correr, que lo acariciemos y lo atendamos bien.
Él acostumbra ladrar cuando llueve muy fuerte, cuando truena, oye sirenas o golpes, a los gatos en los techos, a las personas desconocidas para él que llegan a la casa y en fin cuando escucha ruidos muy fuertes; de la misma manera al acercamos a él, se para sobre sus patas traseras, mueve la cola; así le hablamos y le mostramos nuestro aprecio. Eso suele ocurrir por las mañanas, cuando regresamos de alguna salida o cuando tiene hambre. Yo me encargo de comprarle el alimento, sus tratamientos y darle de comer, sin embargo mi esposo y yo nos turnamos en ese trabajo.
Algunas veces se ha enfermado y lo llevamos al veterinario, lo que no me agrada de esa parte es darle los medicamentos, porque con su fino olfato descubre adónde le ponemos la pastillita, la cápsula o bien arduo trabajo es darle gotas, o bañarlo. etc. En semejantes labores acudo a mi hija quien fácilmente hace afinidad con estos animales, ella atiende a otros dos junto con su hija y ocasionalmente a Boby.
A las mascotas se les quiere mucho; duerme cerca de mi cuarto y muchas veces escucho su ronquido y una vez que se puso muy enfermo me entristecí mucho y lloré. Creí que iba a morir y me refugié en los brazos de mi nieta mayor quien me consoló, a la vez, con todo su cariño y bello modo de ser me convenció de que: ¡nuestro Boby aún no nos faltaría!


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