Virginia Murillo Montero.
Piam. UCR.
Bueno…. En realidad
mi mascota es de dos personas: mi esposo y yo. La tenemos con
nosotros desde hace ocho años, se llama Boby y llegó a nuestras
vidas por esos azares del destino. Pertenecía a una de mis nietas,
sus papás se divorciaron y la nuera no accedió a tenerlo más, por
vivir en una segunda planta.
Mi querido perro llegó
a regañadientes porque mi esposo, Ronald, y yo no compartimos el
hecho de hacernos cargo de un animal si no se tienen las condiciones
necesarias de atenderlo bien: disposición, tiempo, espacio,
presupuesto para alimentación, su aseo y salud, etc.
Boby es un perrito
negro, pequeño, de patas cortas y pelo un tanto corto de color muy
negro.
Se
le ve cara de bravo y efectivamente lo es. Sus orejas son cortas y
puntiagudas, su hocico es alargado, sus ojos son negros y redondos y
el rabo se lo recortaron cuando estaba pequeño; con el paso del
tiempo se ha puesto un poco gordito porque nosotros lo alimentamos
bien: le damos vitaminas, frutas y alimento especial.
Boby se adaptó muy
rápido a nosotros y poco a poco fuimos conociendo sobre sus
necesidades primarias, su forma de comer, de marcar el territorio y
de que se le hiciera cariño.
En principio yo lo
atendía más, pero luego por algunas limitaciones de mis rodillas,
mi hija y mi esposo me ayudaban. Así se fue encariñando con el
núcleo familiar. Sin embargo ocurrió un hecho curioso, cuando
vivíamos en una casa en San Antonio de Desamparados, los dos perros
el de nuestra nieta mayor: Copito y Boby ocupaban el mismo espacio,
un poco cercano uno del otro. Al detectar Boby -que ella le dedicaba
cuidados a su perro- le ladraba a Sofía, mi nieta.
Posteriormente en la
otra casa que estrenamos en San Lorenzo, los perros se apartaron y mi
mascota le gruñe mucho a Sofía y ella se enoja, pero no lo
maltrata. Eso sí le cogió miedo y no le hace cariño. Creo entonces
que el perro como amigo del hombre ocupa mucho afecto y si no se le
da, por medio de su ladrido lo solicita y así quiere jugar, correr,
que lo acariciemos y lo atendamos bien.
Él acostumbra ladrar
cuando llueve muy fuerte, cuando truena, oye sirenas o golpes, a los
gatos en los techos, a las personas desconocidas para él que llegan
a la casa y en fin cuando escucha ruidos muy fuertes; de la misma
manera al acercamos a él, se para sobre sus patas traseras, mueve la
cola; así le hablamos y le mostramos nuestro aprecio. Eso suele
ocurrir por las mañanas, cuando regresamos de alguna salida o cuando
tiene hambre. Yo me encargo de comprarle el alimento, sus
tratamientos y darle de comer, sin embargo mi esposo y yo nos
turnamos en ese trabajo.
Algunas veces se ha
enfermado y lo llevamos al veterinario, lo que no me agrada de esa
parte es darle los medicamentos, porque con su fino olfato descubre
adónde le ponemos la pastillita, la cápsula o bien arduo trabajo es
darle gotas, o bañarlo. etc. En semejantes labores acudo a mi hija
quien fácilmente hace afinidad con estos animales, ella atiende a
otros dos junto con su hija y ocasionalmente a Boby.
A las mascotas se les
quiere mucho; duerme cerca de mi cuarto y muchas veces escucho su
ronquido y una vez que se puso muy enfermo me entristecí mucho y
lloré. Creí que iba a morir y me refugié en los brazos de mi nieta
mayor quien me consoló, a la vez, con todo su cariño y bello modo
de ser me convenció de que: ¡nuestro Boby aún no nos faltaría!
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