Corría
el año de 1965 y en calle 8, entre avenidas central y segunda en un
lugar conocido como La Cañada en San José, propiamente 50 varas al
norte de la esquina donde se encontraba la extinta sucursal del Banco
Anglo Costarricense, se apostaba un invidente con una carreta llena
de instrumentos musicales.
Dicho
personaje era conocido como “Pespuntes”, era el hombre orquesta
porque se trataba de un músico total; de su carreta que era jalada
por otra persona, extraía una guitarra, una dulzaina, unas maracas,
unos bombos, una trompeta y una pequeña batería.
Una
vez instalado con la carreta hacia arriba y colocada sobre la acera,
ya con todos sus instrumentos debidamente probados y afinados,
empezaba el concierto de aquél gran músico, que se aprestaba a
deleitar con sus sones y ritmos melódicos a los transeúntes. Su
público admirado se quedaba perplejo de ver la destreza y la pasión
con que, para el disfrute de todos hacía sonar y vibrar sus
instrumentos.
Pespuntes
así conocido por los citadinos y los visitantes de comunidades como
Heredia, Alajuela, Cartago u otras provincias que llegaban al mercado
Central a realizar sus compras, se quedaban con la boca abierta y sus
oídos prestos a escuchar lo armonioso que eran los compases de un
pasodoble, un fandango, un bolero, un tango, una cumbia, una
guaracha, un guaguancó, etc.
Realmente
se trataba de una persona que hacía gala de sus dotes artísticos y
de su creatividad tan singular, porque, la trompeta al igual que la
dulzaina las fijaba a la guitarra muy cerca de su boca; las maracas
con unos hules se las amarraba a las manos, los bombos y la batería
estaban en el suelo y sobre esos instrumentos había unos bolillos
que movía con sus pies.
Pespuntes
además de ingenioso era todo un show man. Cada uno de los
instrumentos citados eran tocados al unísono y de acuerdo al compás
que le correspondiera a cada cual; a pesar de su discapacidad nunca
se quedó en su casa para vivir de la indigencia.
Él
con su ingenio y talento creó su propio trabajo, con sus
interpretaciones se ganó el sustento diario y la admiración de
todos, la música le permitió ser independiente y auténtico,
quienes le escuchaban le pagaban con monedas sus magistrales toques
musicales.
Como
músico fue uno de los tantos y genuinos personajes de nuestra
capital, siempre se atavió de la mejor forma y conforme a sus
posibilidades económicas, su esposa permanecía a su lado porque era
ella quien recogía los dineros que sus clientes pagaban. Que en
paz descanse el ilustre personaje que con su alegría y música llenó
de paz nuestras calles.
Ricardo
Jiménez García
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