lunes, 15 de septiembre de 2014

Pichú


Ricardo Jiménez García

El decenio de los años 70s, se caracterizó por algunos cambios en el transporte remunerado de personas en la modalidad de bus.  Con el fin de controlar, modernizar y mejorar la flota de los buses, el Estado creó Transportes Metropolitanos, S. A. (Transmesa), la cual sería la encargada de importar los autobuses que bajo la figura del subsidio le serían entregados a los empresarios privados.

Por esa razón y ante el Banco Central de Costa Rica, la Refinadora Costarricense de Petróleo, S. A. (Recope) dio el aval por 500,0 millones de colones, para que se le compraran a España los buses marca Pegaso y a Rumanía los famosos gusanos o acordeones de la marca Icarus.

Para ésa época en San Juan de Tibás vivía un personaje conocido como “Pichú”, se trataba de un hombre robusto de unos veinticinco años de edad, de piel achocolatada, calvo, ojos café, cejas tupidas, lampiño y con sus pies descalzos llenos de callos.

Nuestro personaje se creía un carro de alto cilindraje y por eso pensaba que era un autobús, él hacía el recorrido de la ruta Tibás-San José y viceversa, en sus manos tenía una especie de volante, en el cinto un palo con el cual semejaba las marchas, además contaba con un espejo retrovisor, el cual era utilizado principalmente cuando iba en retroceso o bien cuando iba a virar en una esquina.

Si alguien le solicitaba la licencia de conducir, él sacaba una tarjeta y la mostraba como si tuviera todos los documentos en regla, no era ningún advenedizo, se trataba de un conductor responsable que velaba por la seguridad de los usuarios a los que según él les estaba brindando un servicio. 

El bus era tan moderno que hasta freno de motor tenía, cuando llegaba a la última parada en San José era usual escucharlo emitir el característico sonido de los frenos de aire-pufffffffffff, chissssssss-.  Cuando iba a salir para Tibás hacía el cambio de marchas y aceleraba fuertemente,- ruuuun, ruuuun, ruuuun-  

“Pichú” al igual que otros personajes urbanos de nuestra capital, era totalmente inofensivo, jamás le hizo daño a nadie, su única obsesión y deseo era la de llevar pasajeros a los destinos de la ruta donde “tenía permiso para prestar el servicio de autobús”.

Lástima que hoy nuestras calles carezcan de personajes como los de mi pequeña historia, hoy la gente que deambula por las calles es producto o consecuencia de las drogas, los personajes auténticos como “Pichú” ya descansan en el cielo a donde llegaron para compartir sus experiencias y colaborar en las duras y delicadas tareas que tiene San Pedro. 


Ricardo Jiménez García

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