Maureen Hidalgo Ch.
Echando un vistazo al pasado y viendo lo que he perdido
en el transcurrir de mi vida, instantes de alegría llegaron a mí.
Cuantas veces he sentido el olor fragante de la tierra
mojada por las primeras lluvias de mayo, y trae a mi memoria aquel amor de
estudiante que acaricia mi alma y me hace sonreír. O buscado en el baúl de los recuerdos
encuentro aquella carta amarillenta, olvidada, con una despedida a medias y una
promesa sin cumplir, y quedó ahí suspendida en el ayer, y las lágrimas vuelven
a correr por mis mejillas. Amores perdidos, ilusiones rotas.
En ocasiones mirando mi imagen en una fotografía me doy
cuenta que los años han pasado y la juventud me ha abandonado, y evoco con
nostalgia los amigos que fueron parte de mi viaje, algunos se perdieron en el
tiempo, otros se quedaron como cuadros colgados en la pared de un museo que
paso sin mirar, olvidados, silenciando sus voces porque ya no forman parte de
la rutina de mi vida.
Y lo más doloroso de lo que perdemos es a nuestros seres
queridos, nuestros padres, que dejaron con su muerte un dolor que nadie puede
sanar, al contrario de los otros amores que dejaron una memoria que nadie puede
robar.
Mi vida está llena de pérdidas de amores: románticos, familiares,
de cosas, de metas sin lograr que me han dejado huellas como el agua que baja violentamente
por una montaña, pero eso no le quita su belleza, sino que la llena de fortaleza
porque se regenera, reverdece y vuelve a brillar. La pérdida me obliga al
cambio, porque se enreda con el recuerdo y ya no duele, ya no enoja.
Por eso cuando escucho la frase “todo tiempo pasado fue
mejor”, entiendo que lo decimos porque
ahí tenemos guardados lo mejor de los recuerdos, ahí las pérdidas no existen, y
el dolor se fue, no hay preocupaciones, ni sufrimiento, la nostalgia abriga y
arrulla nuestro presente.
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