viernes, 28 de junio de 2013

de mi vida


Años 50-60… al son de las notas musicales transmitidas en la radio, chiquillas bailarinas, incansables taconeando sobre el piso de madera. Tacones altos de mi madre escogidos del ropero, celestes, beiges, negros, de charol…Faldas cortas y largas, blusas con escotes moderados, lápices labiales. Así preparadas para el baile sintonizábamos la estación preferida, escuchábamos boleros, merengues, rock and roll, etc.
Luego la hermana mayor realizaba el papel del varón, posteriormente nos intercambiábamos, aprendimos a bailar como hombre y mujer…, de esta manera incursionamos en la danza que recorría todo nuestro cuerpo. Como si no… si mis padres fueron bailarines de primera y frecuentaban La Pila Volio, salón de baile ubicado en el centro de San José, así como asistíamos al saludo de Año Nuevo, en donde se bailaba antes de la medianoche hasta la una am.
Recuerdos queridos de infancia…Vivíamos en una casita de madera, a la entrada una puerta alta, angosta ubicada a la derecha, con su amplia ventana a la izquierda. Una sala pequeña, luego tres habitaciones que servían dos como dormitorios y otra como cocina-comedor con una puerta grande de madera gruesa, así como la ventana con las mismas características. Al fondo el solar con sus árboles frutales: limones dulces, ácidos, nísperos, duraznos y verduras como el chayote, ayote, vegetales, culantro, apio, rábano; plantas medicinales tales como la ruda, el frailecillo, malva para paliar un dolor de muela, abdominal etc; todo sembrado y cuidado por las manos morenas, callosas de abuelo Pi.
Infancia pletórica de emociones: incesante, fogosa, dulce…correteando por entre los árboles, niñas blancas, pecosas, pelo castaño, rizado, que le daba un tono suave, el brillante sol veraniego de marzo. Los arbustos tambaleándose con el roce de los cuerpecillos juguetones, escondiéndose de Luis, el niño vecino con quien compartían sus juegos: quedó, casita, pulpería, escondido…
Apurando el paso al llamado de la abuela para cumplir con los quehaceres hogareños, no sin antes darse un retoque personal, lavado de cara, manos, pies. Deteniéndose en el pequeño espejo que se encontraba en el pasadizo…, luego ayudar a palmear las tortillas, alistar el agua dulce y prepararse para ir a la escuela al día siguiente.
Una vez realizados los quehaceres había que lavarse los dientes, encomendarse a Dios con las oraciones del anochecer, dar las buenas noches y recogerse en los brazos de Morfeo.
En cierta época mi madre inculcó en mi persona la tarea de dirigir las oraciones, por lo que yo me acomodaba debajo del toldo y empezaba con el Padrenuestro a todo pulmón, al lado mío en la otra cama mi hermana mayor y la abuela, mis papás en el pequeño taller de zapatería ubicado en la sala y mi hermana menor en el otro cuarto en su cunita. De pronto un silencio y no se escuchaba a nadie rezar.
Recuerdos… año 1956 nació mi hermana menor Flora, mi papá tenía que viajar a México -dejando con mami y nosotras: abuela Jovina, mi hermana Maruja y yo; no sin olvidar a nuestro querido abuelo Pi- a la niña recién nacida. Yo con mis 7 años soñaba con el fabuloso viaje de mi papá. Era tan importante para la familia, él era parte de la delegación técnica, masajista y asistente del entrenador de la Selección Nacional, conocida luego como Los chaparritos de oro, época gloriosa del fútbol costarricense. Su labor fue exitosa y quedó para la historia como una de las más grandes hazañas del fútbol de Costa Rica.
Mi padre, hombre adusto, determinante, era una persona altruista de un modo de ser muy noble. Una persona autodidacta que con baja escolaridad sabía de todo y se podía hablar con él de cualquier tema, así como de Filosofía, Historia General, Psicología, oratoria, etc. Ah… y cómo olvidarlo… de Fútbol, qué no sabía de este deporte al que dedicó gran parte de su vida aunado a su oficio de zapatería. Le gustaba la medicina deportiva, la practicaba con los jugadores del balompié profesionales y aficionados.
Él les aplicó rayos infrarrojos, química preparada para el efecto: alcohol, alcanfor, salicilato de metilo…Masaje… Vendas que palian el esguince, curitas que apaciguan la sangre de la herida de la ceja, de la nariz, dolor del codo, de la rodilla…Don Eugenio, papi, quien nos enseñó su oficio de zapatería, ¡a sus tres niñas…! Así como sus secretos de masajista que ejerció en el fútbol nacional. “Decía…de médico, poeta y loco todos tenemos un poco”. ¡Cómo aprendimos sus enseñanzas!
Sus tres chiquillas, no había varón, el hermanillo era Luis -el vecino-. A él quizá le hizo falta el varón, pero para qué si las tres niñas salimos adelante; atravesamos este mundo maravilloso, bueno, a veces perverso, a empujones, tirando las piedras del camino a un lado para no tropezar y si lo hacíamos nos volvíamos a levantar y qué no hicimos…
De todo: ¡estudiamos, trabajamos, pertenecimos a grupos de la Iglesia, de la polìtica nacional, jugamos fútbol, corrimos, bailamos, disfrutamos del amor! Soñamos, reímos lloramos, escuchamos sus consejos. Para qué el varón…, con él y el abuelo era suficiente. Con ellos complementamos nuestras vidas y las señoras mamá y abuela que teníamos, ¡ni qué se diga! ¿Qué fue lo que se les quedó por enseñarnos? ¡Nada!
Cierto día un hijo de una de las hermanas dijo: “a Tío (porque así lo llamó una nieta) le hizo falta el varón.” –“No para nada- si usted y mis tías son las mujeres y los hombres de la familia, los seres humanos que necesitamos para salir adelante en un mundo tan diverso.” ¡
por Virginia Murillo

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