Años 50-60… al son de las notas musicales transmitidas en la
radio, chiquillas bailarinas, incansables taconeando sobre el piso
de madera. Tacones altos de mi madre escogidos del ropero, celestes,
beiges, negros, de charol…Faldas cortas y largas, blusas con
escotes moderados, lápices labiales. Así preparadas para el baile
sintonizábamos la estación preferida, escuchábamos boleros,
merengues, rock and roll, etc.
Luego la hermana mayor realizaba el papel del varón, posteriormente
nos intercambiábamos, aprendimos a bailar como hombre y mujer…, de
esta manera incursionamos en la danza que recorría todo nuestro
cuerpo. Como si no… si mis padres fueron bailarines de primera y
frecuentaban La Pila Volio, salón de baile ubicado en el centro de
San José, así como asistíamos al saludo de Año Nuevo, en donde se
bailaba antes de la medianoche hasta la una am.
Recuerdos queridos de infancia…Vivíamos en una casita de madera, a
la entrada una puerta alta, angosta ubicada a la derecha, con su
amplia ventana a la izquierda. Una sala pequeña, luego tres
habitaciones que servían dos como dormitorios y otra como
cocina-comedor con una puerta grande de madera gruesa, así como la
ventana con las mismas características. Al fondo el solar con sus
árboles frutales: limones dulces, ácidos, nísperos, duraznos y
verduras como el chayote, ayote, vegetales, culantro, apio, rábano;
plantas medicinales tales como la ruda, el frailecillo, malva para
paliar un dolor de muela, abdominal etc; todo sembrado y cuidado por
las manos morenas, callosas de abuelo Pi.
Infancia pletórica de emociones: incesante, fogosa,
dulce…correteando por entre los árboles, niñas blancas, pecosas,
pelo castaño, rizado, que le daba un tono suave, el brillante sol
veraniego de marzo. Los arbustos tambaleándose con el roce de los
cuerpecillos juguetones, escondiéndose de Luis, el niño vecino con
quien compartían sus juegos: quedó, casita, pulpería, escondido…
Apurando el paso al llamado de la abuela para cumplir con los
quehaceres hogareños, no sin antes darse un retoque personal, lavado
de cara, manos, pies. Deteniéndose en el pequeño espejo que se
encontraba en el pasadizo…, luego ayudar a palmear las tortillas,
alistar el agua dulce y prepararse para ir a la escuela al día
siguiente.
Una vez realizados los quehaceres había que lavarse los dientes,
encomendarse a Dios con las oraciones del anochecer, dar las buenas
noches y recogerse en los brazos de Morfeo.
En cierta época mi madre inculcó en mi persona la tarea de dirigir
las oraciones, por lo que yo me acomodaba debajo del toldo y empezaba
con el Padrenuestro a todo pulmón, al lado mío en la otra cama mi
hermana mayor y la abuela, mis papás en el pequeño taller de
zapatería ubicado en la sala y mi hermana menor en el otro cuarto en
su cunita. De pronto un silencio y no se escuchaba a nadie rezar.
Recuerdos… año 1956 nació mi hermana menor Flora, mi papá tenía
que viajar a México -dejando con mami y nosotras: abuela Jovina, mi
hermana Maruja y yo; no sin olvidar a nuestro querido abuelo Pi- a
la niña recién nacida. Yo con mis 7 años soñaba con el fabuloso
viaje de mi papá. Era tan importante para la familia, él era parte
de la delegación técnica, masajista y asistente del entrenador de
la Selección Nacional, conocida luego como Los chaparritos de
oro, época gloriosa del fútbol costarricense. Su labor fue
exitosa y quedó para la historia como una de las más grandes
hazañas del fútbol de Costa Rica.
Mi padre, hombre adusto, determinante, era una persona altruista de
un modo de ser muy noble. Una persona autodidacta que con baja
escolaridad sabía de todo y se podía hablar con él de cualquier
tema, así como de Filosofía, Historia General, Psicología,
oratoria, etc. Ah… y cómo olvidarlo… de Fútbol, qué no sabía
de este deporte al que dedicó gran parte de su vida aunado a su
oficio de zapatería. Le gustaba la medicina deportiva, la practicaba
con los jugadores del balompié profesionales y aficionados.
Él les aplicó rayos infrarrojos, química preparada para el efecto:
alcohol, alcanfor, salicilato de metilo…Masaje… Vendas que palian
el esguince, curitas que apaciguan la sangre de la herida de la ceja,
de la nariz, dolor del codo, de la rodilla…Don Eugenio, papi,
quien nos enseñó su oficio de zapatería, ¡a sus tres niñas…!
Así como sus secretos de masajista que ejerció en el fútbol
nacional. “Decía…de médico, poeta y loco todos tenemos un
poco”. ¡Cómo aprendimos sus enseñanzas!
Sus tres chiquillas, no había varón, el hermanillo era Luis -el
vecino-. A él quizá le hizo falta el varón, pero para qué si las
tres niñas salimos adelante; atravesamos este mundo maravilloso,
bueno, a veces perverso, a empujones, tirando las piedras del camino
a un lado para no tropezar y si lo hacíamos nos volvíamos a
levantar y qué no hicimos…
De todo: ¡estudiamos, trabajamos, pertenecimos a grupos de
la Iglesia, de la polìtica nacional, jugamos fútbol, corrimos,
bailamos, disfrutamos del amor! Soñamos, reímos lloramos,
escuchamos sus consejos. Para qué el varón…, con él y el abuelo
era suficiente. Con ellos complementamos nuestras vidas y las señoras
mamá y abuela que teníamos, ¡ni qué se diga! ¿Qué fue lo que se
les quedó por enseñarnos? ¡Nada!
Cierto día un hijo de una de las hermanas dijo: “a Tío (porque
así lo llamó una nieta) le hizo falta el varón.” –“No para
nada- si usted y mis tías son las mujeres y los hombres de la
familia, los seres humanos que necesitamos para salir adelante en un
mundo tan diverso.” ¡
por Virginia Murillo
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