viernes, 28 de junio de 2013

El árbol encantado




Virginia Murillo Montero.

En un valle montañoso con su vegetación exuberante se encontraba en el centro del mismo un hermoso árbol, un árbol gigantesco que llamaba la atención de los vecinos del pueblo más cercano.
Cuando pasaban al amanecer a realizar sus labores diarias se detenían a contemplarlo. Ese era el punto de referencia del pueblo, el centro de reunión de los amigos, el recreo de los niños juguetones que corrían por entre los arbustos. El lugar de esparcimiento de hombres y mujeres los días de fiesta. - ¡Qué árbol más hermoso! - ¡qué sombra da! –decían los visitantes y transeúntes- Así un día iba pasando Juan sin miedo por donde se ubicaba el árbol, eran como las dos de la tarde. De pronto todo se oscureció, -¡qué susto! –dijo- Juan- ¡Cómo-miedo yo! - no puede ser-
Era nada más y nada menos que un eclipse total de sol. Pero Juan quien nunca había sentido miedo dijo:-¿qué hago dónde me escondo? - ¿adónde paso esta noche que tan de repente me ha caído encima? Así vio una gigantesca sombra y era el árbol encantado del que se hablaba en todos los pueblos vecinos: -¡qué belleza de árbol! -¡qué sensación de paz se respira a su alrededor y bajo su sombra!
Juan sintió una rara sensación y se fue acercando al árbol, se agachó, se acomodó bajo su sombra y pudo ver sus manos, sus pies, a pesar de la oscuridad y se fue recogiendo en un apacible sueño. Al despertar el sol incandescente esparcía sus rayos por todas partes, sin embargo bajo el árbol se sentía un suave frescor, ¡una fragancia exquisita!
Juan deseaba quedarse ahí. Pero se fue incorporando, se levantó y se puso en camino. Luego de mucho andar, después de terminar las labores del campo, con cuanta gente se encontraba describía la belleza del árbol y contaba lo que le había ocurrido. ¡Oh árbol encantado, que da cobijo en la noche, en el día, que protege del sol y de la lluvia!

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