Aquella
casa que desde ése día se convirtió en nuestro castillo estaba
junto a una granja y una casa de adobes rodeada de una cerca de
olivos donde vivía la familia Cordero Mena.
Aunque
parezca mentira a tan solo 3,5 km. del Parque Central de San José el
agua potable no llegaba a través de los tubos, no había caños,
tampoco sanitarios, líneas telefónicas, el alumbrado público y el
fluido eléctrico eran muy tenues, en fin, no obstante y a pesar de
la cercanía en que vivíamos de Catedral Metropolitana, los
servicios públicos prácticamente eran inexistentes.
Para
dotar de agua a los vecinos, frente a cada una de las casas colocaron
unos enormes tanques de concreto que eran llenados cada semana con el
agua que nos llevaba una regadera; así era como nos suministraban el
preciado y vital líquido. El agua era muy insalubre porque los
tanques se llenaban de yuyos, larvas y otros bichillos, lo cual hacía
que las enfermedades estomacales fueran muy frecuentes.
Ése
reservorio de agua era para beberla, cocinar, lavar, bañarse, etc. y
como siempre ha habido gente invivible y de malas costumbres, algunos
pésimos cristianos nos echaban animales dentro del tanque, agravando
con ello la situación porque nos la contaminaban, ese problema se
eliminó como en 1962 cuando instalaron las cañerías y ya el agua
llegaba por los tubos galvanizados.
Cuando
fuimos conociendo a nuestros nuevos vecinos, supimos que en las
derruidas casas vivían las familias: Muñoz Mena, Centeno Mena, los
Mondragón, la familia Ramos Vargas, los Mena Fernández.
Al
frente quedaban las casas de las familias Valverde Jiménez, Campos
Hernández, Bastos González, Gina y sus hijos y tras aquellas viejas
y herrumbradas latas de cinc estaba la vieja Escuela República de
Haití.
La
falta de sanitarios era común, las casas lo único que tenían era
escusados de hueco y entrar a ellos para realizar una necesidad
fisiológica era toda una odisea, los zapos, las ratas y otros
roedores lo hacían a uno temblar de miedo; no existía papel
higiénico ¡¡bueno, al menos aquí!! Era normal que la gente usara
el periódico para limpiarse el trasero.
En
ésta callecilla o camino, por las noches era usual escuchar el
lamento o canto estridente de los pájaros cuyeos, ése clamor
nocturno era ahogado por el clac, clac, clac, clac que provenía de
las ruedas de una carreta. Como niños nos daba miedo porque
creíamos que era la carreta sin bueyes; sin embargo con el tiempo
supe que aquella música provenía de una carreta que guiaba un
hombre delgado que se dedicaba a sacar el excremento de los
escusados.
Ése
personaje fue conocido como “Pipe Saca Caca” quien se ganaba la
vida limpiando con un balde los huecos de los escusados. La materia
fecal y sus líquidos la echaba dentro de unos estañones que ubicaba
sobre una carreta que llevaba por aquél camino en busca de un
cafetal dónde dejar su maloliente carga, que después se convertía
en abono orgánico.
Nuestra
comunidad se veía altamente beneficiada con los servicios de
limpieza e higiene que él hacía. Por lo sucio y antihigiénico
había que tener estómago para hacer ése trabajo, luego entendí
por qué “Pipe” antes de proceder a sacar la caca con su balde,
se bebía ½ botella de ron colorado para evitar el asco.
Aquél
camino o callecilla tenía dos destinos, uno hacia la finca de los
padres porque ahí está ubicado el Seminario Mayor que es el lugar
donde estudian los aspirantes a Sacerdotes y el otro un desvío que
había a mano derecha 75 varas antes de llegar a la estatua de
Anselmo Llorente y Lafuente primer Obispo de Costa Rica, ese era un
trillo que lo conducía hacia el río Tiribi.
Para
llegar a sendos destinos había que pasar frente a un portón de
hierro de una hacienda que tenía una casa de anchas y altas puertas,
con gruesas paredes y enormes tapias de adobes que albergaba a la
familia Vargas Mora cuidadores de la finca de los padres.
En
aquellos bellos y dorados años el río era muy limpio y cristalino,
uno se bañaba o bien pasaba las horas pescando barbudos, por eso,
era usual ver gente caminado con sus sartas llenas de esos
bigotudos, los que una vez en sus casas se convertían en suculentos
platos de barbudos fritos.
Era
común que la gente fuera a las laderas cercanas al río donde se
desplazaban con sus trineos improvisados, unos eran de madera a los
que se les embarraba candela para que se deslizaran más fácilmente,
la mayoría lo hacíamos en cartones, ése juego era emocionante
además de riesgoso, la adrenalina se nos subía a límites
insospechados
Conforme
pasaban los años disfrutaba en grande mi niñez, recuerdo con mucho
cariño a mis amigos de infancia y adolescencia con quienes frente a
mi casa jugaba puros, bolas de vidrio y las chócolas que se pagaban
con botones (cómo sufría mi madre porque encontraba sus prendas sin
botones) o con cajetillas de cigarros las que entre más desconocida
fuera la marca y el país más valían.
Los
trompos, el bolero, el bolsillo, los yoyos, los zancos, carreras
dentro de sacos, salvo el tarro, policías y ladrones, peleas de
caballos, escondido, aros de bicicleta, llantas, bate o aquellas
famosas mejengas donde se retaba al Bo. San Gerardo, el Infiernillo,
Finsa, el Carmen, ahí se defendía a capa y espada nuestro lugar,
las peleas no estaban ausentes, tampoco las pedreas, era el honor el
que estaba en juego.
Cómo
disfrutábamos,…… las horas se nos hacían eternas, en marzo y
abril las chicharras, en mayo los abejones, en noviembre los
papalotes y las oleadas de mariposas amarillas con negro (reyes). Oh
tiempos aquellos. Para marzo o abril meses en que las cigarras o
chicharras salían por miles y con sus cantos estridentes hacían un
bullicio impresionante que no permitía que los estudiantes se
concentraran, el padre Juan me contactaba y pagaba para que me
subiera a los árboles dentro de los jardines del Seminario y con una
bomba de mano o atomizador las fumigara con flit. Las pobres
quedaban adheridas a los árboles y así los estudiantes no tenían
más distractores sónicos.
Recuerdo
a los estudiantes de sacerdocio con sus sotanas de color negro (era
obligado su uso) cuando pasaban para el Seminario y uno los
acompañaba hasta la puerta, ahí se metían las manos a sus
bolsillos y sacaban alguna medallita que nos regalaban conteniendo la
imagen de una o algún santo; con gran cariño me acuerdo del único
negro que en aquella época estudiaba en el Seminario al que por su
color todos le decíamos San Martín.
Mención
aparte merece Fray Casiano de Madrid, aquél fraile que con su barba
larga, su sotana y sus chancletas de color café, caminaba lento y
taciturno para el albergue que con tanto amor construyó para jóvenes
abandonados. En ése lugar a los muchachos además de alimentarlos y
darles techo, les enseñaban entre muchos otros los oficios de
albañilería, carpintería, panadería, zapatería, electricidad; el
lugar también contaba con una bella y hermosa capilla donde todos
los días oficiaban misa; lamentablemente como la propiedad era de la
Curia Metropolitana un día los sacaron de ahí y todo el proyecto se
vino abajo.
No
puedo olvidar que por ahí de 1965 llegaron unos enormes tractores,
unas niveladoras, una aplanadora, materiales y un contingente de
hombres porque iban a construir la carretera desde la Pulpería y
Cantina la Guacamaya hacia Desamparados, la modernidad se asomaba
porque colocaron cunetas donde se canalizarían las aguas pluviales,
además de asfaltar la calle.
Aquella
enorme cuadrilla de trabajadores, eran sentenciados que estaban
presos en la Penitenciaría Central de San José, de donde los
sacaban para hacer esos trabajos de obra pública cuidados por unos
policías, hoy eso ni siquiera se podría pensar y mucho menos
realizar, porque alguien diría que se les está violando sus
derechos y pondrían un recurso de Amparo. Así era de linda la
Costa Rica en la que forje mis primeros años.
Qué
rico y sabroso era entrar a los cafetales de los Camacho, los Dent,
los Musmanni o la finca de los padres a robar guineos, naranjas,
toronjas, jocotes, limones dulces, cases, guabas, guineas cuadradas,
manzana rosa, manzana de agua, guayabas….. Sobre los árboles uno
se chupaba los dedos porque los jugos le bajaban por las manos; salir
de ésas fincas cargado de frutas era toda una odisea, muchas veces
teníamos que correr porque nos salían los mandadores y nos echaban
los perros o nos lanzaban balines con un rifle.
Hoy
con satisfacción y nostalgia puedo decir “Cómo han pasado los
años, las vueltas que da la vida” Paso Ancho es un lugar
totalmente diferente, desarrollado, cuenta con todos los servicios,
vivo en el mismo lugar, solo que en una casa muy cómoda ubicada 50
mts. al sur de la rotonda y de ahí ésta inacabada reminiscencia de
mi viejo e inexistente camino, del cual después contaré otras
cosas.
Ricardo Jiménez García
PIAM-AS-04026
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