lunes, 26 de octubre de 2015

Sigo mi Camino:


Aquella casa que desde ése día se convirtió en nuestro castillo estaba junto a una granja y una casa de adobes rodeada de una cerca de olivos donde vivía la familia Cordero Mena.

Aunque parezca mentira a tan solo 3,5 km. del Parque Central de San José el agua potable no llegaba a través de los tubos, no había caños, tampoco sanitarios, líneas telefónicas, el alumbrado público y el fluido eléctrico eran muy tenues, en fin, no obstante y a pesar de la cercanía en que vivíamos de Catedral Metropolitana, los servicios públicos prácticamente eran inexistentes.

Para dotar de agua a los vecinos, frente a cada una de las casas colocaron unos enormes tanques de concreto que eran llenados cada semana con el agua que nos llevaba una regadera; así era como nos suministraban el preciado y vital líquido. El agua era muy insalubre porque los tanques se llenaban de yuyos, larvas y otros bichillos, lo cual hacía que las enfermedades estomacales fueran muy frecuentes.

Ése reservorio de agua era para beberla, cocinar, lavar, bañarse, etc. y como siempre ha habido gente invivible y de malas costumbres, algunos pésimos cristianos nos echaban animales dentro del tanque, agravando con ello la situación porque nos la contaminaban, ese problema se eliminó como en 1962 cuando instalaron las cañerías y ya el agua llegaba por los tubos galvanizados.

Cuando fuimos conociendo a nuestros nuevos vecinos, supimos que en las derruidas casas vivían las familias: Muñoz Mena, Centeno Mena, los Mondragón, la familia Ramos Vargas, los Mena Fernández.

Al frente quedaban las casas de las familias Valverde Jiménez, Campos Hernández, Bastos González, Gina y sus hijos y tras aquellas viejas y herrumbradas latas de cinc estaba la vieja Escuela República de Haití.

La falta de sanitarios era común, las casas lo único que tenían era escusados de hueco y entrar a ellos para realizar una necesidad fisiológica era toda una odisea, los zapos, las ratas y otros roedores lo hacían a uno temblar de miedo; no existía papel higiénico ¡¡bueno, al menos aquí!! Era normal que la gente usara el periódico para limpiarse el trasero.

En ésta callecilla o camino, por las noches era usual escuchar el lamento o canto estridente de los pájaros cuyeos, ése clamor nocturno era ahogado por el clac, clac, clac, clac que provenía de las ruedas de una carreta. Como niños nos daba miedo porque creíamos que era la carreta sin bueyes; sin embargo con el tiempo supe que aquella música provenía de una carreta que guiaba un hombre delgado que se dedicaba a sacar el excremento de los escusados.

Ése personaje fue conocido como “Pipe Saca Caca” quien se ganaba la vida limpiando con un balde los huecos de los escusados. La materia fecal y sus líquidos la echaba dentro de unos estañones que ubicaba sobre una carreta que llevaba por aquél camino en busca de un cafetal dónde dejar su maloliente carga, que después se convertía en abono orgánico.

Nuestra comunidad se veía altamente beneficiada con los servicios de limpieza e higiene que él hacía. Por lo sucio y antihigiénico había que tener estómago para hacer ése trabajo, luego entendí por qué “Pipe” antes de proceder a sacar la caca con su balde, se bebía ½ botella de ron colorado para evitar el asco.
Aquél camino o callecilla tenía dos destinos, uno hacia la finca de los padres porque ahí está ubicado el Seminario Mayor que es el lugar donde estudian los aspirantes a Sacerdotes y el otro un desvío que había a mano derecha 75 varas antes de llegar a la estatua de Anselmo Llorente y Lafuente primer Obispo de Costa Rica, ese era un trillo que lo conducía hacia el río Tiribi.

Para llegar a sendos destinos había que pasar frente a un portón de hierro de una hacienda que tenía una casa de anchas y altas puertas, con gruesas paredes y enormes tapias de adobes que albergaba a la familia Vargas Mora cuidadores de la finca de los padres.

En aquellos bellos y dorados años el río era muy limpio y cristalino, uno se bañaba o bien pasaba las horas pescando barbudos, por eso, era usual ver gente caminado con sus sartas llenas de esos bigotudos, los que una vez en sus casas se convertían en suculentos platos de barbudos fritos.

Era común que la gente fuera a las laderas cercanas al río donde se desplazaban con sus trineos improvisados, unos eran de madera a los que se les embarraba candela para que se deslizaran más fácilmente, la mayoría lo hacíamos en cartones, ése juego era emocionante además de riesgoso, la adrenalina se nos subía a límites insospechados

Conforme pasaban los años disfrutaba en grande mi niñez, recuerdo con mucho cariño a mis amigos de infancia y adolescencia con quienes frente a mi casa jugaba puros, bolas de vidrio y las chócolas que se pagaban con botones (cómo sufría mi madre porque encontraba sus prendas sin botones) o con cajetillas de cigarros las que entre más desconocida fuera la marca y el país más valían.

Los trompos, el bolero, el bolsillo, los yoyos, los zancos, carreras dentro de sacos, salvo el tarro, policías y ladrones, peleas de caballos, escondido, aros de bicicleta, llantas, bate o aquellas famosas mejengas donde se retaba al Bo. San Gerardo, el Infiernillo, Finsa, el Carmen, ahí se defendía a capa y espada nuestro lugar, las peleas no estaban ausentes, tampoco las pedreas, era el honor el que estaba en juego.

Cómo disfrutábamos,…… las horas se nos hacían eternas, en marzo y abril las chicharras, en mayo los abejones, en noviembre los papalotes y las oleadas de mariposas amarillas con negro (reyes). Oh tiempos aquellos. Para marzo o abril meses en que las cigarras o chicharras salían por miles y con sus cantos estridentes hacían un bullicio impresionante que no permitía que los estudiantes se concentraran, el padre Juan me contactaba y pagaba para que me subiera a los árboles dentro de los jardines del Seminario y con una bomba de mano o atomizador las fumigara con flit. Las pobres quedaban adheridas a los árboles y así los estudiantes no tenían más distractores sónicos.

Recuerdo a los estudiantes de sacerdocio con sus sotanas de color negro (era obligado su uso) cuando pasaban para el Seminario y uno los acompañaba hasta la puerta, ahí se metían las manos a sus bolsillos y sacaban alguna medallita que nos regalaban conteniendo la imagen de una o algún santo; con gran cariño me acuerdo del único negro que en aquella época estudiaba en el Seminario al que por su color todos le decíamos San Martín.

Mención aparte merece Fray Casiano de Madrid, aquél fraile que con su barba larga, su sotana y sus chancletas de color café, caminaba lento y taciturno para el albergue que con tanto amor construyó para jóvenes abandonados. En ése lugar a los muchachos además de alimentarlos y darles techo, les enseñaban entre muchos otros los oficios de albañilería, carpintería, panadería, zapatería, electricidad; el lugar también contaba con una bella y hermosa capilla donde todos los días oficiaban misa; lamentablemente como la propiedad era de la Curia Metropolitana un día los sacaron de ahí y todo el proyecto se vino abajo.

No puedo olvidar que por ahí de 1965 llegaron unos enormes tractores, unas niveladoras, una aplanadora, materiales y un contingente de hombres porque iban a construir la carretera desde la Pulpería y Cantina la Guacamaya hacia Desamparados, la modernidad se asomaba porque colocaron cunetas donde se canalizarían las aguas pluviales, además de asfaltar la calle.

Aquella enorme cuadrilla de trabajadores, eran sentenciados que estaban presos en la Penitenciaría Central de San José, de donde los sacaban para hacer esos trabajos de obra pública cuidados por unos policías, hoy eso ni siquiera se podría pensar y mucho menos realizar, porque alguien diría que se les está violando sus derechos y pondrían un recurso de Amparo. Así era de linda la Costa Rica en la que forje mis primeros años.
Qué rico y sabroso era entrar a los cafetales de los Camacho, los Dent, los Musmanni o la finca de los padres a robar guineos, naranjas, toronjas, jocotes, limones dulces, cases, guabas, guineas cuadradas, manzana rosa, manzana de agua, guayabas….. Sobre los árboles uno se chupaba los dedos porque los jugos le bajaban por las manos; salir de ésas fincas cargado de frutas era toda una odisea, muchas veces teníamos que correr porque nos salían los mandadores y nos echaban los perros o nos lanzaban balines con un rifle.

Hoy con satisfacción y nostalgia puedo decir “Cómo han pasado los años, las vueltas que da la vida” Paso Ancho es un lugar totalmente diferente, desarrollado, cuenta con todos los servicios, vivo en el mismo lugar, solo que en una casa muy cómoda ubicada 50 mts. al sur de la rotonda y de ahí ésta inacabada reminiscencia de mi viejo e inexistente camino, del cual después contaré otras cosas.

Ricardo Jiménez García
PIAM-AS-04026

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