Me he sentado aquí en mi sillón del dormitorio
donde medito, pienso, leo y escribo. En este rinconcito donde el
silencio y la paz hacen buen ambiente para hacer recuerdos
inolvidables de mi vida. Me río a veces, otras lloro y hasta peleo a
veces con mis pensamientos.
Estaba distraída cuando de pronto vino a mi mente
que un viaje que me hubiera gustado hacer sería donde mi madre.
Llegaría temprano y al vernos nos abrazaríamos muy fuerte y así
entraríamos a la casa, sin saber cuál sería el momento apropiado
para soltarnos.
Tendríamos tantas cosas que contarnos, ella haría
recuerdo de su juventud en Italia, de su llegada a Costa Rica, del
encuentro con el amor de su vida, de su matrimonio, de sus hijos, de
las lágrimas derramadas por sus dos pequeñitos muertos. Yo le
contaría de mi niñez, de mis estudios, de mi trabajo, mi
matrimonio. Hablaríamos de sus nietos y gozaríamos recordando las
anécdotas de sus primeros pasos y de cómo el tiempo pasó tan
rápido que ya todos son profesionales y han hecho sus vidas.
Necesitaríamos otro día entero para contarle sobre mis nietos que
ya van terminando sus estudios universitarios.
Le contaría de mis clases en la universidad: los
aeróbicos, la pintura, el club de cine y de mis clases de redacción
que vinieron a llenar un deseo que siempre había tenido, escribir
sobre mi vida, las anécdotas, los paseos, los triunfos míos y de
mis hijos y nietos.
Comenzó a llover muy fuerte, con relámpagos y
enormes truenos y eso me volvió a la realidad, entonces me di cuenta
que lo que había caído en mis hojas de escritura no era lluvia sino
lágrimas que rodaron desde mis ojos al darme cuenta de que ese viaje
era imposible de realizar ya que mi mamá murió cuando yo tenía dos
años.
Carmen Brenes Protti
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