lunes, 19 de octubre de 2015
Un Camino
Éste camino empecé a andarlo a mis escasos 7 añitos de vida, estábamos en los albores del año 1957; en ése entonces, mi familia y yo vivíamos en Barrio Keith en una “casita” muy humilde que quedaba a la mitad de un pasaje contiguo a la Panadería de Santiago Madrigal, al fondo, en otra vivienda con características similares vivía una mujer de baja estatura, tez blanca, cabellos largos de color negro y ojos claros, era Belén Pacheco Valenciano mi abuela materna.
Al lado de nuestra entrada quedaba otro pasaje, ahí, en la primera casa vivía un hombre de pequeña estatura conocido como “Arturo el Enano” quien, con su aspecto indiado, tez rojiza y su inseparable sombrero se dedicaba al oficio de la sastrería.
50 varas al norte de la entrada a nuestra casita, quedaban dos pulperías llamadas la Alianza y la Cecilia, en cualquiera de las dos a mi mamá le daban fiado (crédito) y anotaban en una libreta lo que se compraba diariamente como el pan, el café, la jalea, la mantequilla, etc., también, por semana nos daban el diario que consistía en: manteca, arroz, frijoles, azúcar, tapas de dulce, cacao caracolito, huevos y demás alimentos mientras venía mi papá a pagar.
Diagonal y frente a esas pulperías, propiamente en la esquina noroeste había un cajón de hierro donde se depositaba la basura. Cada semana ése cajón lleno de desechos la Municipalidad de San José lo recogía y sustituía por uno vacío; como era un receptáculo abierto, sobre él y en torno a él, los zopilotes hacían fiesta con los desechos, ahí danzaban y daban un gran espectáculo, no faltaban las ratas, las cucarachas, los perros y los gatos cada cual a su manera desperdigando la basura por todo lado, aquella hediondez era lo más insalubre.
Como mi padre trabajaba en Jicaral de Puntarenas, cada 22 días venía a la casa; cuando él regresaba a su trabajo lo hacía por tren, por eso, junto a mis hermanos lo iba a dejar a la estación del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico, ahí lo despedíamos y nos trasladábamos hacia dicha esquina donde esperábamos que pasara aquél enorme gusano. Mi padre se ubicaba en una de las gradas de un vagón y nos lanzaba unas bolsitas con las más deliciosas melcochitas de menta y otros sabores que en mi vida volví a probar y menos comer.
Nunca supe las razones que mediaron, quizás fue para mejorar nuestras precarias condiciones de vida, tal vez fue por ahorro, en fin, lo cierto del caso es que un buen día de ése año, llegó un carretón a la entrada de nuestro pasaje, había que sacar las pocas pertenencias que teníamos porque nos teníamos que ir del barrio donde había dado mis primeros pasos; aquél día iniciaba para nosotros una nueva aventura.
Todos nuestros haberes consistían en cuatro bancos, una mesa, tres catres y sus colchones de paja, la ropa, el trastero, los tinamastes, la cafetera, un radio…., aquellas pocas cosas que teníamos había que subirlas al carretón.
Esa mañana no faltaron las lágrimas y los abrazos, los vecinos nos estaban despidiendo, yo no sabía qué pasaba, no entendía por qué tanto drama, claro, mucho tiempo después supe que era porque para nosotros iniciaba una nueva etapa en un lugar que no conocíamos.
Atrás quedaban sueños, historias, anécdotas y las melcochitas de menta y otros sabores que con tanto amor papá nos tiraba desde el tren en movimiento, aunque parezca raro, sobre el carretón no sólo se trasladaba el menaje, nosotros íbamos encima de nuestras pocas pertenencias, el gato de color gris no se podía quedar y ahí estaba con nosotros, debajo del carretón nuestro perro caminaba amarrado, era emocionante, yo creía que iba de paseo, esa fue la primera vez que me montaba en un carretón jalado por un caballo y como güila lo disfruté muchísimo.
Nos dirigíamos a un lugar para mí muy lejos de donde vivíamos, después de una larga andadura el carretonero detuvo el caballo frente a una pulpería y cantina llamada la Guacamaya (esto del nombre lo supe tiempo después) y entramos al este sobre un camino de lastre con cafetales a ambos lados, como a las 100 varas doblamos al sur, a mano izquierda había unas derruidas casitas de madera, frente a las cuales había un pequeño espacio donde jugaban algunas personas, diagonal a las mismas una enorme casa con un hermoso jardín, a su lado una casa con un viejo camión de carga.
Nuestro viaje estaba a punto de terminar, después de pasar otras 4 casitas también de madera y muy sencillas ubicadas frente a unas latas de zinc, proseguimos y como a las 50 varas había tres casas que estaban mucho mejor que las ya descritas. Ahí nos detuvimos y sin saberlo estábamos frente al nuevo hogar donde iniciaríamos una nueva historia y un nuevo camino que recorrer por los senderos de la vida.
Aquella estrecha entrada por donde ingresamos, más que un camino, era una callecilla con zacate. Al frente del lugar donde estábamos detenidos quedaba un enorme potrero donde habían vacas, caballos, una torre muy alta,…. mamá que ya había llegado a la casa con algunos de mis hermanos dijo -bájense y apeen todo, aquí vamos a vivir……-
Hasta aquí mi primer relato, luego continuaré con la segunda parte de lo que ha sido algo de mi vida hoy gracias a Dios con 65 años sobre mi espalda.
Ricardo Jiménez García
PIAM-AS-04026
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