sábado, 7 de mayo de 2016

La piedra negra de Puerto Viejo




En la década de los ochenta, se impulsó el Proyecto Nacional de Electrificación Rural II etapa, el cual incluía localidades de diferentes partes del país. Me correspondía realizar estudios a las comunidades antes y después de su electrificación.
En dicho proyecto se incluyó el poblado de Puerto Viejo, que pertenece al distrito de Cahuita, cantón de Talamanca, provincia de Limón. Éste se caracterizaba por sus bellezas naturales, atractivas playas, pocos comercios, viviendas sencillas habitadas, en su mayoría, por familias originarias, con presencia de algunos turistas y con poco tránsito vehicular. Con frecuencia se escuchaba en el centro del pueblo, el sonido de una planta térmica cuyo dueño era el propietario del comisariato y que suministraba electricidad a algunos de sus vecinos.
Llegué en horas de la tarde a Puerto Viejo con dos compañeros de trabajo, Víctor y Vernor nuestro apreciado conductor; nos hospedamos en el Hotel de Maritza, muy solicitado por funcionarios públicos y proveedores del lugar.
Al siguiente día mientras desayunábamos muy temprano, se nos acercó un turista francés para preguntar qué “ brete “ hacíamos ahí ya que nos había visto llegar en un vehículo del ICE. Supongo que había preguntado el significado de esta abreviatura. Como impulsora de este tipo de proyectos, muy contenta le expliqué la intención de electrificar Puerto Viejo y sin dejarme concluir nos increpó con fuertes palabras y reclamos. Expresó su total desacuerdo, pues él venía de Europa a disfrutar la tranquilad de la selva costarricense, lo cual lograba en gran medida por la ausencia de electricidad en el pueblo.
Por cierto, el francés nos acosó durante nuestra permanencia, pues no quería que cumpliéramos nuestro propósito laboral. Contrariamente, los habitantes de Puerto Viejo expresaban su beneplácito ante la expectativa del servicio público de electricidad.
Terminamos nuestras labores del día cuando empezaba a oscurecer. Llegamos al Hotel a alistarnos para caminar por los alrededores, comer y tomar algo, así como ver grupos de personas jugando dominó. Víctor previó la oscuridad que se nos avecinaba y con su ingenio turrialbeño de épocas pasadas, hizo una lámpara artesanal. Esta consistía en un tarro clavado a un viejo palo de escoba, dentro del cual pegó una candela.
Transcurrieron las horas en las actividades mencionadas, era el momento de regresar al hotel. Por mientras, la candela se gastaba, la luna estaba medio escondida, las casas apenas contaban con una tenue iluminación proveniente de candelas o pequeñas lámparas de aceite o gas. No había iluminación pública, por lo que de noche casi no se distinguían los caminos y trillos para desplazarse de un sitio a otro. En esa tarea de encontrar por dónde debíamos regresar, observamos una piedra grande y negra y entre risas dijimos que era como la de Aserrí.
Víctor caminó al lado de la piedra; Vernor se me adelantó y pretendió pasar encima de ella, cuando de pronto él se elevó como en estado de levitación, murmuraba a más no poder y trataba de mantenerse firme ante la inminente caída. Los tres estábamos muy asustados y más sorprendidos cuando de pronto “la piedra” sacó su cabeza, se paró, levantó su cola y relinchó por largo rato.
Así es amigos, la piedra negra de Puerto Viejo era un hermoso caballo que, posiblemente, se durmió esperando a su dueño. Ah por cierto, el ICE electrificó Puerto Viejo y muchas localidades del país, con la participación de otras empresas distribuidoras de electricidad, contribuyendo así con el bienestar familiar y desarrollo local de los nuevos beneficiarios de este servicio público.

Marta Obando

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