En
la década de los ochenta, se impulsó el Proyecto Nacional de
Electrificación Rural II etapa, el cual incluía localidades de
diferentes partes del país. Me correspondía realizar estudios a las
comunidades antes y después de su electrificación.
En
dicho proyecto se incluyó el poblado de Puerto Viejo, que pertenece
al distrito de Cahuita, cantón de Talamanca, provincia de Limón.
Éste se caracterizaba por sus bellezas naturales, atractivas playas,
pocos comercios, viviendas sencillas habitadas, en su mayoría, por
familias originarias, con presencia de algunos turistas y con poco
tránsito vehicular. Con frecuencia se escuchaba en el centro del
pueblo, el sonido de una planta térmica cuyo dueño era el
propietario del comisariato y que suministraba electricidad a
algunos de sus vecinos.
Llegué
en horas de la tarde a Puerto Viejo con dos compañeros de trabajo,
Víctor y Vernor nuestro apreciado conductor; nos hospedamos en el
Hotel de Maritza, muy solicitado por funcionarios públicos y
proveedores del lugar.
Al
siguiente día mientras desayunábamos muy temprano, se nos acercó
un turista francés para preguntar qué “ brete “ hacíamos ahí
ya que nos había visto llegar en un vehículo del ICE. Supongo que
había preguntado el significado de esta abreviatura. Como impulsora
de este tipo de proyectos, muy contenta le expliqué la intención de
electrificar Puerto Viejo y sin dejarme concluir nos increpó con
fuertes palabras y reclamos. Expresó su total desacuerdo, pues él
venía de Europa a disfrutar la tranquilad de la selva costarricense,
lo cual lograba en gran medida por la ausencia de electricidad en
el pueblo.
Por
cierto, el francés nos acosó durante nuestra permanencia, pues no
quería que cumpliéramos nuestro propósito laboral.
Contrariamente, los habitantes de Puerto Viejo expresaban su
beneplácito ante la expectativa del servicio público de
electricidad.
Terminamos
nuestras labores del día cuando empezaba a oscurecer. Llegamos al
Hotel a alistarnos para caminar por los alrededores, comer y tomar
algo, así como ver grupos de personas jugando dominó. Víctor
previó la oscuridad que se nos avecinaba y con su ingenio
turrialbeño de épocas pasadas, hizo una lámpara artesanal. Esta
consistía en un tarro clavado a un viejo palo de escoba, dentro del
cual pegó una candela.
Transcurrieron
las horas en las actividades mencionadas, era el momento de regresar
al hotel. Por mientras, la candela se gastaba, la luna estaba medio
escondida, las casas apenas contaban con una tenue iluminación
proveniente de candelas o pequeñas lámparas de aceite o gas. No
había iluminación pública, por lo que de noche casi no se
distinguían los caminos y trillos para desplazarse de un sitio a
otro. En esa tarea de encontrar por dónde debíamos regresar,
observamos una piedra grande y negra y entre risas dijimos que era
como la de Aserrí.
Víctor
caminó al lado de la piedra; Vernor se me adelantó y pretendió
pasar encima de ella, cuando de pronto él se elevó como en estado
de levitación, murmuraba a más no poder y trataba de mantenerse
firme ante la inminente caída. Los tres estábamos muy asustados y
más sorprendidos cuando de pronto “la piedra” sacó su cabeza,
se paró, levantó su cola y relinchó por largo rato.
Así
es amigos, la piedra negra de Puerto Viejo era un hermoso caballo
que, posiblemente, se durmió esperando a su dueño. Ah por cierto,
el ICE electrificó Puerto Viejo y muchas localidades del país, con
la participación de otras empresas distribuidoras de electricidad,
contribuyendo así con el bienestar familiar y desarrollo local de
los nuevos beneficiarios de este servicio público.
Marta Obando
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