“Mirad las cosas de arriba”. Así reza un retablo que imperioso me grita en
silencio esa frase inequívocamente cada mañana.
Se encuentra colocado sobre la pared opuesta a mi cama, de manera que me
es imposible abrir los ojos y no verlo. Y cada mañana es capaz de enviarme un
mensaje diferente. Filosófico, profundo,
simbólico, renovador y, por qué no,
hasta aburrido a veces.
Es ese regalo que, extrañamente
y sin saberlo, en el momento en que se recibe, se adhiere a nosotros y está
allí, siempre…como que se niega a dejarnos y…de alguna forma, es un poco
nosotros. Ahí está. La relación simbiótica que se estableció y nos cambió en un segundo.
El día prometía ser claro
y caluroso esa mañana de abril en que desperté y mis ojos tropearon con el
saludo corto pero locuaz del retablo. Me
sentí inexplicablemente molesta.
--“Qué me quieres decir hoy? “ lo reté con valentía.
--“No tengo tiempo para jugar a la metafísica. Tengo prisa.”
Porque, para qué filosofar como a veces lo hago en
las mañanas luego de que leo la consabida frase. Porque la leo. No me contento con saber lo que dice. La leo todos los días, si aquella mañana, qué
podía ser más simple que saber que debía
apurarme para ir a visitar a mi mejor
amiga que se encontraba muy grave en cuidados intensivos. La aprehensión abrazó todo mi cuerpo y una indescriptible tristeza empezó
a gatear dentro de mi ser.
Mi amiga del alma me
estaba esperando. Tenía que verla. Las horas se arrastraban lentas y perezosas,
cual hojas otoñales subían con la brisa cálida y bajaban sin cambiar el
tiempo. Y yo tenía prisa. Ese día no podía “mirar las cosas de arriba”.
Cuando logré llegar al
hospital, el corazón me latía sin control.
Su loco resonar me estaba enloqueciendo.
Respiré hondo y profundamente y
sin quererlo ni pensarlo, miré hacia arriba.
Fue inevitable. Di gracias a Dios
por poder hacerlo. Eso tan
sencillo: respirar por mi misma. Saborear la vitalidad del día por mis propios
medios. Mi amiga no podía hacerlo.
Llegué al cuarto piso y
recibí las instrucciones necesarias antes de entrar al cubículo especial. Volví a respirar hondo y me sentí egoísta y
vil porque mi amiga no podía hacerlo.
Al verla como un Cristo
en agonía, toda entubada e inerte, no sabía que decirle. ¿ Cómo expresar tu amor y gratitud en cinco
minutos de visita?
Mi amiga. El regalo que Dios me hizo para calmar mi
zozobra cuando inicié mi tercer año en
el colegio. Ahí estaba ella. Muy tempranito. Como siempre.
Y desde entonces se me pegó en el alma.
Ella era el la sonrisa y el saludo cálido de mis mañanas. Los estudios y los sueños
las alegrías, tristezas, esperanzas y secretos compartidos. Mi “Gorda” amada.
Compartíamos fiestas, cumpleaños, bodas,
bautizos, navidades y familias agrandadas.
No nos visitábamos con frecuencia pero yo sabía que ella estaba siempre
allí, como el retablo ante mi cama. No fallaba.
Y ahora, ¿ qué le podía decir? ¡
No podía resumir cuarenta años en el puño de mi mano. ¡ ¡Qué cortas se quedan las palabras cuando
miras hacia atrás y ves tantos recuerdos y nostalgias!
Miré hacia arriba. Sí como no había querido hacerlo en la mañana. Sentí valor y tan solo dije ‘gracias”. Una lágrima rodó por su mejilla y sentí que
se me partía el alma. Quiero creer que
me escuchó, que sabía que quería animarla aunque la sabía conocedora de lo dulce y amarga que es la impotencia humana.
Cuando salí del cubículo
temblaba. El aire acondicionado me decía
a mi misma. ¡ Qué frío de agujas más
insoportable! Su esposo me abrazó porque él también estaba inconsolable. Me ofreció llevarme de regreso a casa.
Ya de camino le conté un
sueño que había tenido con la Gorda.
Traté de buscar las palabras adecuadas porque no quería romper su fe ni
quebrantar sus esperanzas, pero lo cierto era que ella con nosotros ya no
estaba. El manejaba y seguía hablando
sobre su esposa. Yo le contestaba, Conversamos mucho porque creo que ninguno de
los dos quería escuchar la voz de la muerte que acechaba.
Llegué a casa muy agotada,
deseando que el día terminara. ¡Qué
ironía más grande! ¡Hacía unas horas
deseaba que el tiempo no volara!
Me
preparé para ir a la cama. Miré el retablo que inescrutable me hablaba. “Mirad las cosas de arriba”. Y yo le contesté :
-- ¿ Qué tienen las despedidas que cansan tanto el alma?
Marlene Murillo Coto
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