martes, 30 de agosto de 2016

D espedida



     “Mirad las cosas de arriba”.  Así reza un retablo que imperioso me grita en silencio esa frase inequívocamente cada mañana.  Se encuentra colocado sobre la pared opuesta a mi cama, de manera que me es imposible abrir los ojos y no verlo. Y cada mañana es capaz de enviarme un mensaje diferente.  Filosófico, profundo, simbólico, renovador y, por qué no,  hasta aburrido a veces.
     Es ese regalo que, extrañamente y sin saberlo, en el momento en que se recibe, se adhiere a nosotros y está allí, siempre…como que se niega a dejarnos y…de alguna forma, es un poco nosotros.  Ahí está.   La relación simbiótica que se estableció  y nos cambió  en un segundo.
     El día prometía ser claro y caluroso esa mañana de abril en que desperté y mis ojos tropearon con el saludo corto pero locuaz del retablo.  Me sentí inexplicablemente molesta.
--“Qué me quieres decir hoy? “ lo reté con valentía.
--“No tengo tiempo para jugar a la metafísica.  Tengo prisa.”
     Porque,   para qué filosofar como a veces lo hago en las mañanas luego de que leo la consabida frase.  Porque la leo.  No me contento con saber lo que dice.  La leo todos los días, si aquella mañana, qué podía  ser más simple que saber que debía apurarme para ir a visitar a  mi mejor amiga que se encontraba muy grave en cuidados intensivos.  La aprehensión abrazó todo  mi cuerpo y una indescriptible tristeza empezó a gatear dentro de mi ser.
     Mi amiga del alma me estaba esperando.  Tenía que verla.  Las horas se arrastraban lentas y perezosas, cual hojas otoñales subían con la brisa cálida y bajaban sin cambiar el tiempo.  Y yo tenía prisa.  Ese día no podía “mirar las cosas de arriba”.
     Cuando logré llegar al hospital, el corazón me latía sin control.  Su loco resonar me estaba enloqueciendo.   Respiré hondo y profundamente y sin quererlo ni pensarlo, miré hacia arriba.  Fue inevitable.  Di gracias a Dios por poder hacerlo.  Eso tan sencillo:  respirar por mi misma.  Saborear la vitalidad del día por mis propios medios.  Mi amiga no podía hacerlo. 
     Llegué al cuarto piso y recibí las instrucciones necesarias antes de entrar al cubículo especial.  Volví a respirar hondo y me sentí egoísta y vil porque mi amiga no podía hacerlo.
     Al verla como un Cristo en agonía,  toda entubada e inerte,  no sabía que decirle.  ¿ Cómo expresar tu amor y gratitud en cinco minutos de visita? 
     Mi amiga.  El regalo que Dios me hizo para calmar mi zozobra cuando inicié mi  tercer año en el colegio.  Ahí estaba ella.  Muy tempranito.  Como siempre.  Y desde entonces se me pegó en el alma.  Ella era el la sonrisa y el saludo cálido de mis mañanas.  Los estudios y los  sueños  las alegrías, tristezas, esperanzas y secretos compartidos.  Mi “Gorda” amada. 
     Compartíamos fiestas, cumpleaños, bodas, bautizos, navidades y familias agrandadas.  No nos visitábamos con frecuencia pero yo sabía que ella estaba siempre allí, como el retablo ante mi cama.  No fallaba.  Y ahora, ¿  qué le podía decir? ¡ No podía resumir cuarenta años en el puño de mi mano.  ¡ ¡Qué cortas se quedan las palabras cuando miras hacia atrás y ves tantos recuerdos y nostalgias!
     Miré hacia arriba.  Sí como no había querido hacerlo en la mañana.  Sentí valor  y tan solo dije ‘gracias”.  Una lágrima rodó por su mejilla y sentí que se me partía el alma.  Quiero creer que me escuchó, que sabía que quería animarla aunque la sabía conocedora de lo  dulce y amarga que es la impotencia humana.
     Cuando salí del cubículo temblaba.  El aire acondicionado me decía a mi misma.  ¡ Qué frío de agujas más insoportable! Su esposo me abrazó porque él también estaba inconsolable.  Me ofreció llevarme de regreso a casa.
     Ya de camino le conté un sueño que había tenido con la Gorda.  Traté de buscar las palabras adecuadas porque no quería romper su fe ni quebrantar sus esperanzas, pero lo cierto era que ella con nosotros ya no estaba.  El manejaba y seguía hablando sobre su esposa.  Yo le contestaba,  Conversamos mucho porque creo que ninguno de los dos quería escuchar la voz de la muerte que acechaba.
     Llegué a casa muy agotada, deseando que el día terminara.  ¡Qué ironía más grande!  ¡Hacía unas horas deseaba que el tiempo no volara!
     Me preparé para ir a la  cama.  Miré el retablo que inescrutable me hablaba. “Mirad las cosas de arriba”.  Y yo le contesté :
-- ¿ Qué tienen las despedidas que cansan tanto el alma?
 Marlene Murillo Coto

     

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