Evelyn Silva
Aquí estoy yo, la suma de todos los
seres que me antecedieron. El ombligo como sello inconfundible de la
amarra con mi madre, mi padre y todas aquellas personas que siguen la
cadena.
Soy sólo un diminuto hilo de un
tejido inconmensurable, único, indestructible.
Mi piel tiene el sello del desierto
y mis pies todos los caminos que recorrieron.
Sus manos se abrieron para acariciar
a mis hijas y esos abrazos se los debo a mis nietas.
Sus voces me hablan a través de los
pájaros, el viento entre los árboles, los grillos y el silencio,
que dice mucho más.
También me cantan con la lluvia, el
agua en los riachuelos y las olas que murmuran sin cesar.
Por la noche me arropan en el
deleite del silencio reconstituyente, esperanzador.
Todas sus visiones me sientan frente
al mar.
Con la ternura transmitida he
construido sólidos puertos a donde puedo llegar cuando agobia la
tristeza.
Me nutrieron con solidaridad por eso
puedo llorar con una melodía, gozar con un trozo de pan, revelarme a
la injusticia y el dolor ajenos.
Muchas veces reconozco mis
pequeñeces y puedo recapacitar, pero también soy muy vulnerable
cuando me aprisionan los peores defectos.
Sin embargo, siempre están ellas y
ellos congregados, sosteniendo una hebra, para que yo siga
existiendo. Están aquí, conmigo, yo me inclino y les agradezco
todo.
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