Tal vez la
madrugada era gris cuando salió a la calle. Una fina llovizna hizo
que se encogiera bajo el sombrero, subió el cuello al impermeable y
ajustó más su bufanda. Sintiendo la dureza del pavimento, la
frialdad de los edificios, la humedad de los muros, los lúgubres
rincones, fue recordando una a una las frases hirientes, los gestos
humillantes y el desprecio que día a día le aplastaba.
La ira acumulada movió más rápido
sus pies y fue encendiendo tal fragor en su pecho que de un tirón
se descubrió la cabeza y arrancó la bufanda. Cruzando el puente a
la carrera se sacó el sobretodo, sentía la boca seca y una marea
roja empañaba su vista, pero las imágenes surgían con tal
velocidad que el impulso era cada vez mayor. Sólo quería llegar
rápido y por primera vez plantarse, mirarle de frente y dejar salir
su furia contenida.
Cuando llegó al otro lado, le
costaba respirar, le zumbaban los oídos y estaba a punto de estallar
cuando un aullido profundo, largo y tan sostenido que detuvo el
tiempo, le brotó desde lo más profundo.
Cayó de rodillas, rodando como un
ovillo. Lloró estremecedoramente. Lloró por ese maltrato pero
también por todo cuanto no había expresado nunca, dejando que sus
sollozos fueran lavando el dolor y cubriéndole de serenidad.
Allí despertó, bajo un árbol y
al borde del río, dejándose acunar por la verde frescura y el rumor
del agua. Miró largamente el nítido cielo a través de las hojas.
Evelyn Silva
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