Mi padre, a sus 90 años, sentado en su sillón, con su cabello y bigote blancos y bien cortados, siempre está de buen humor y al sonreír muestra en sus mejillas dos camanances. Alegre, audaz, inteligente y sencillo. A pesar de la fortaleza que nos transmite, tiene la necesidad de que estemos con él, es por eso que nunca está solo. Cuando está conmigo y al tener que regresarme a mi casa, ya sea en verano o invierno, con la esperanza de que me quede, siempre me dice...
“No te puedes ir, para Desamparados porque está lloviendo mucho, el río Virilla se inundó, y no hay paso para San José”.
Mi historia inicia aquí, en la que fuera una casa pequeña, humilde, construida en el año de 1963, por su dueño y otras personas que ayudaron a levantarla en San Francisco de Heredia, guardando en ella los secretos e historias de cada uno de los que en ella han habitado y visitado y que con el pasar de los tiempos se ha convertido en un edificio con tres departamentos, tres establecimientos comerciales y una casa de habitación en la que vive mi padre, donde hay una sala familiar que nunca está vacía, por lo que da oportunidad de conversar y escuchar historias de nuestra familia, contadas por papá. Tambien se puede escuchar música, ver televisión, leer y descansar, esta estancia grande en donde tienen su lugar tres sillones reclinables, muy cómodos, con sus cojines de colores; un estante que a simple vista se ve que tiene sus décadas aguantando el peso de una pecera mediana, con peces de colores naranja que permanecen en constante movimiento; también se suman adornos y recuerdos de viajes que han hecho miembros de la familia y un pequeño ventilador de color negro, único en su existencia creo; junto a él una mesita de madera con la imagen de la Virgen del Carmen, el Padre Pio, un crucifijo de madera y la veladora encendida. Dando unos pasos hacia la derecha, nos encontramos una mesa moderna de vidrio, donde no podría faltar la pantalla grande de televisión con todos los accesorios de uso, bien ordenados.
En las paredes cuelgan las más apreciadas fotografías familiares; la de bodas de mis padres, la de toda la familia, más grande que el resto, es de cuando el matrimonio cumplió veinticinco años de casados, bello recuerdo de la celebración de bodas de plata, en donde están con sus once hijos y un nieto. También la fotografía del señor de la casa cuando cumplió noventa años con sus hijos, hijas, las parejas de estos, así como sus nietos y bisnietos, otra fotografía del hijo mayor, fallecido hace pocos años y en un bonito marco una pintura de la casa en su versión más reciente que por años ha sido su hogar, pintado por su hija mayor. Además hay acomodadas otras fotografias en blanco y negro, una de ellas aunque un poquito borrosa, nos deja ver a la que hoy por hoy sería una orgullosa tatarabuela. En la pared opuesta, algo más angosta, están acomodados con cuidado títulos y reconocimientos policiales, evidenciando años de servicio y trabajo en la fuerza pública.
Contiguo a este lugar tan acogedor, tenemos una puerta de madera que nos lleva a otro espacio pequeño y fresco , ya que tiene por pared una verja de metal de barrotes delgados, que permite que el aire no se detenga, asimismo da la oportunidad de poder apreciar una panorámica increíble del exterior, por estar en un segundo piso. Desde ahí se logra ver muchas cosas interesantes al tener al frente establecimientos comerciales muy visitados y una carretera de las más transitadas e importantes de San Francisco de Heredia.
Al lado izquierdo, colgando en la pared, un macetero de metal oscuro, el que tiene trece pequeñas macetas con violetas blancas, moradas, rosas, azules y algunas entreveradas, junto a ellas también hay trepadoras ,una millonaria y nunca faltaría la famosa lotería. Este balcón tiene un portón, que aunque no es el acceso principal a la casa, suele ser el que es utilizado con más frecuencia para salir y entrar por las viejas gradas que dan acceso a la calle.
Mayela Gonzalez AlvaradoEs frecuente en las tardes calurosas de verano, después del almuerzo sentarse en una de sus tres mecedoras con suaves cojines , a mirar a lo lejos las montañas azules del sur del país y los escasos árboles que aún se conservan; en una de las mecedoras es donde suele esperar mi salveque gris, mientras me despido de todos , antes de volver a mi casa.
En el año 2000 al fallecer mi madre, la familia tomó la decisión de acompañar a nuestro padre de día y noche, y así se ha cumplido hasta ahora y con mucho más razón en estos momentos debemos cuidarlo, porque para poder movilizarse con seguridad por su lento caminar, necesita la ayuda de una andadera y debe de tener todos los cuidados que necesita un adulto mayor.
Tenía tres días de estar con mi padre, esquema que repetía todas las semanas, estos días se convertían en momentos inesperados, podríamos estar desbordados de alegría y en un instante estar llorando, tenemos una convivencia fenomenal, en la que nuestro lema es ser feliz y hacer feliz a nuestro padre; lo que nunca falta, día a día es nuestro juego de cartas a partir de las siete de la noche hasta que Sandra ,la novena de la familia diga: “me voy, paso dejando al que quiera irse” y toma las llaves del carro haciendo ruidos con estas.
Este atardecer del mes de febrero, cálido ,ventoso y con el cielo quebradizo, nos regalaba colores sorprendentes como son los naranjas, amarillos, violetas, cafés e inclusive negros y gris que animaba a salir a caminar, y eso precisamente yo haría después de estar con mi papá, volvería a mi casa ubicada en San Antonio de Desamparados, colocándome en la espalda el sálveque gris, que me esperaba para iniciar el regreso.
Todo cambió, cuando me dije, es un trayecto muy largo en bus y durará dos o tres horas para llegar a mi casa, me dirigí al servicio sanitario, y fue cuando me sorprendí, mi cuerpo estaba presentando cambios, la toalla protectora tenía una mancha roja, era sangre,la cual no deberia estar ahi, muy asustada y confundida, me dirigí a la sala, donde estaban cuatro hermanas y mi padre viendo televisión y conversando, con voz entrecortada les dije, que creía que no me podía ir a mi casa, ¡ qué bueno! exclamó: mi padre , sin sospechar lo que estaba pasando.
Mi hermana, Elizabeth, quien trabajó como enfermera durante cuarenta años en el hospital y ahora jubilada, con su mirada de angustia y su voz un poco tímida me respondió , esto no me gusta, lo que hizo que todos los que estaban ahí quedaran en silencio y un instante hizo que todos cambiaran su estado de ánimo, se notaba el miedo, la angustia de cada uno y de inmediato la reacción fue la de tratar de buscar respuestas de profesionales.
Era un sábado, día difícil de encontrar un ginecólogo, llamaron a varios y no fue posible ubicar a ninguno, por lo que la otra alternativa fue dirigirnos a Emergencias del Hospital San Vicente de Paúl de Heredia, fue la mejor decisión, la atención fue inmediata, el pronóstico era predecible en una mujer de 66 años con estos síntomas , algo malo estaba sucediendo, así que el médico sugiere un ultrasonido de urgencia, el que hicieron de inmediato , y sin más espera el médico me indica que el resultado está alterado y revela una pelotita en el endometrio de nueve milímetros, y lo que procedía ahora , era realizar más estudios, buscando respuestas.
Mayela Gonzalez AlvaradoFue a partir de este momento que los planes que tenía durante el día, las semanas y meses siguientes cambiaron, ya no regresaría a San José, a mi hogar, ya no realizaría el viaje que tanto estaba esperando con mi familia a China en el mes de octubre, la independencia que he disfrutado se convertiría en dependencia, el salveque gris que esperaba se convirtió en un compañero inseparable que iría de la casa de mi hermana y de mi hija, a las salas blancas de hospital, llevando en él, un portafolio con información de resultados de exámenes, de las diferentes etapas de mi enfermedad, y también en otro compartimento llevaba los implementos básicos para el cuidado personal, caretas y mascarillas de uso obligatorio en todo lugar, porque precisamente la fecha de la aparición de mi enfermedad coincidió con la llegada de la pandemia de covid a nuestro país.
Inicie con exámenes de laboratorio, ultrasonido de tórax, electrocardiograma, lo que hizo que durante cinco meses, estuviera en una condición de espera inquietante por los resultados, ya que de ellos dependía la cirugía y el posterior tratamiento.
Mi primera intervención quirúrgica fue una biopsia en el mes de julio, para saber la condición de la pelotita, fue una estadía de dos días en el salón de ginecología del hospital de Heredia y nuevamente a esperar el resultado. Tiempo de espera en el que deseaba con esperanza que todo terminará ahí y temerosa de que no, fue así que llegó la llamada telefónica que esperaba con ansias, una joven me indica, su cita es mañana y debe venir acompañada, no tenía que esperar el resultado, estaba dicho y así fue que la palabra cáncer resonaba en mi cabeza y llegaba a mi la pregunta que me aterraba ,
¿ cómo le digo a mi papá?.
La segunda cirugía en septiembre, fue la extracción de mi vientre y ovarios, esta sí fue más delicada con consecuencias más fuertes y dolorosas, quedé al cuidado de mis hermanas Elizabeth y Jeannete, ambas con su experiencia de enfermeras estuvieron pendiente de mi salud y curaciones. Todo esto me llevó a vivir en la casa de mi hermana Eliza durante lo que se empezó a sentir como mucho tiempo, a pesar de ser solo un par de meses. Como resultado de esta operación quedé muy lastimada y para movilizarme de un lugar a otro, lo empecé a hacer con la ayuda de una silla de ruedas , ya que caminar se volvió por un tiempo lento y doloroso.
Después de esperar que mi herida sanara y estuviera en mejores condiciones de salud, en diciembre, empecé las sesiones de quimioterapia, la alternativa en la que muchos enfermos de cáncer, más allá de su género, raza, edad, estatura, condición social, idioma, religión u otros ponemos nuestras esperanzas. Una terapia que no fue fácil, a su manera dolorosa, produciendo cambios en mi organismo tanto internos como externos muy notables a simple vista, como la caída del cabello, cejas y pestañas.
Después de cuidar mi añorado cabello canoso y luego verlo caerse en poco tiempo, mis ideas, temores y ansiedades se volvieron más reales que nunca, pero hay que seguir adelante lo que nos lleva a reinventarnos buscando las diferentes formas y estilos de salir adelante mientras aprendía a cruzar, tallar y sostener los nuevos turbantes que sustituian mis canas. En estos momentos, se abrió la oportunidad para que algunas personas que estaban cerca, se involucraron y como acto de magia me obsequiaron estos lindos atuendos , los que se volvieron parte fundamental de mi vestimenta , escogiendo el color y estilo de acuerdo a las circunstancias.
Esta prenda se hace indispensable para los pacientes de cáncer en esta etapa , inclusive mi hermana Xinia, aprovechó su agilidad en la costura para diseñar varios gorritos que se utilizan de base debajo de los turbantes para aislar al calor , donando algunos a la unidad de quimioterapia para quienes no tenían uno.
La quimioterapia es un proceso sumamente desgastante y difícil que no podemos superar sin el apoyo de la familia y profesionales de la salud encargados de esta unidad, que con su cuidado y entrega hacen que nuestra estadía sea lo más positiva y tranquila posible. En abril del año 2021 viví con ansia y gozo , el derecho emocional, establecido por una persona que desconozco, pero personalmente agradezco, de sonar la añorada campana. una campana vieja y algo concha, atada a una cuerda, ubicada en el primer piso, cuya tarea es anunciar a los presentes la finalización de tu tratamiento, y escuchar con alegría los fuertes aplausos, solidarios y deseosos de quienes están en el edifico , sean pacientes en sus módulos, recibiendo tratamiento, así como acompañantes o el personal de la institución que se unen con entusiasmo y alegría .
Para finalizar las etapas de mi tratamiento, quedo en espera del inicio de la radioterapia,Mayela Gonzalez Alvarado depende ahora del resultado que revele la última resonancia magnética. En mayo de este año, recibí la llamada de la medico radiologa y me indica que no es posible llevar a cabo este tratamiento de acuerdo a los resultados, por lo que en consenso con otros médicos, deciden no aplicar, recomendando el tratamiento de braquiterapia que implica una radiación interna sin tocar tejidos externos, menos invasiva y con menos consecuencias negativas, dividida en seis sesiones con diferencia de dos a tres días cada una, todo muy diferente a lo que me habían explicado una semana atrás, sin saber cómo interpretar estos cambios de planes, sigo poniendo mi fe en Dios y mi salud en las manos de los médicos. pero a pesar de mi fe el susto es difícil de callar en mi corazón.
Para el mes de junio he terminado también este proceso, inmensamente agradecida con el personal de esta unidad, por todo el trabajo y cariño que recibí, por todas sus palabras de esperanza y aliento. el dia de la última sesión, una de las enfermeras nos recuerda y nos insta a bajar al salón de radioterapia para sonar la campana que anuncia con amor la victoria y el final esperado de estos tratamientos, con el corazón en la mano, con miedo y orgullosa de haber dejado atrás estos obstáculos, sentía un deseo inmenso e impaciente, quería dejar la silla de ruedas y salir caminando por los pasillos del hospital, esos que se hacen largos en días de tratamiento, para dejar salir todas esa emociones que estaban en mi.
Con prisa mi hija y yo nos dirigimos hacia el edificio de radio, hacia la campana, de la que con seguridad, alegría y fuerza jale su cuerda e hice sonar varias veces, alce mis brazos en alabanza a Dios, mientras las lágrimas sin contenerlas bajaban por mis mejillas y las de mi hija, los presentes aplaudían, como yo lo hiciera con esperanza veces atrás. NUNCA ESTAMOS SOLOS. Seguiré disfrutando y dando gracias por cada instante de vida.
Quiero dar testimonio de que mi mayor miedo fue recibir la noticia y escuchar la palabra cáncer, y fue aquí en que entregue mi vida a nuestro ser Supremo, y mi confianza a los médicos, enfermeras, a toda mi familia encabezada por mi padre, a mis hermanos y hermanas, mis hijos, al esposo de mi hija, a mis nietos, a mi esposo, mis sobrinos y sobrinas y sus hijos e hijas, mis cuñados, y gradualmente a mis amigos y amigas, abri mi corazon a su cariño, sus oraciones , cuidado y acompañamiento en donde no puedo dejar de mencionar a la mascota de mis nietos, que permanece cerca, siempre merodeando, como revisando que esté bien. Estoy sumamente agradecida de quienes constantemente han estado pendientes de mi salud.
La fortaleza la he tomado de mi padre por su gallardía y resistencia; además de los testimonios e historias observadas en cada una de las salas de hospital, donde se vive el sufrimiento de bebes, niños, jóvenes y adultos que luchan o dejan de luchar en las diferentes enfermedades, a veces algunas de ellas desconocidas, también de la entrega del personal del hospital, desde los médicos, enfermeras, técnicos, administrativos hasta los trabajadores del aseo, del comedor y seguridad que están en vigilia .
El pensamiento más fuerte, triste, angustiante y doloroso, que duró varios días para encontrar el momento y reunir la valentía, fue sincerarme delante de mi padre , para darle la noticia y explicarle de la enfermedad, quien con su sabiduría y valentía de enfrentar la vida, sin ocultar su miedo y dolor me llama todos los días, halagando diciendo - "te amo y que linda que estás hoy" y me recuerda la fe que debemos tener en Dios y la Virgen Santísima .
Y sin más que agregar, expreso mi más sincero agradecimiento a todas las personas que han estado viviendo conmigo esta experiencia de vida y que con tanto cariño me han dado desde una mano, una palabra de aliento, una oración, una sonrisa, una razón, un gesto, hasta una bendición de apoyo en todo momento para seguir adelante. y a ustedes por leerme hasta aquí.
Mayela Gonzalez Alvarado
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