La lejanía, la pasividad, los sonidos naturales y el aire fresco, hacen que el bullicio de una ciudad se vaya quedando atrás y los copos altivos de las montañas se divisan en el camino con ese color verde intenso que les brinda la frescura de un baño reciente.
Desde el suelo, sobre el césped se puede apreciar una ronda de delgados y altivos árboles con sus melenas tupidas, abanicadas con la fuerza del viento y llevando como sombrero las nubes blancas que los protegen de los rayos del sol.
Detrás de la “cerca “con alambres de púa se divisa un portón hecho de troncos viejos, amarrados con alambre como señal de entrada a una propiedad privada que se puede acceder fácilmente.
Puedo ver las vacas echadas con sus terneros de orejas caídas, como lasos de felpa, de color blanco por fuera y rosadas por dentro con
unos grandes ojos vidriosos y mirada fija, “ojos de vaca enamorada”. dando a su semblante un toque de nobleza.
La arboleda y la pureza se convierten en amigas inseparables del paisaje cuando llega el frío y forman un conjunto ideal para quedarse en ese lugar, donde el tiempo se detiene creando una atmósfera de incertidumbre que remueve los sentidos, el pensamiento y la imaginación.
Empieza así la empinada cuesta arriba en un camino de difícil acceso: pedregoso, lleno de huecos, curvas y tierra suelta, apto para un carro 4x4, mientras el sol aporreado empieza a sumergirse en su morada para descansar y en el cielo a desvanecen lentamente sus colores cálidos.
Poco a poco se hace más corto el destino de llegada……
¡Buenas tardes! ¿le costó mucho subir?
¡Qué tal!
Pues sí. Es un camino bastante difícil, mi nombre es Estela.
-Mucho gusto, me llamo Leo.
Su cabaña de alquiler es la primera hay otra que está abandonada, es mejor que no vaya ahí puede ser peligroso, abajo está la lechería donde se venden productos
Arriba le doy las llaves y le muestro la casita
-muy bien, subamos entonces.
Continúe por el camino y casi inmediatamente pude divisar en una loma una hermosa cabaña, adornada con musgo, hamacas y un hermoso jardín Estacióne el carro en la parte trasera del patio donde funcionaba como cochera, lo que fue una galera.
Luego caminé hacia el corredor hasta donde estaba aquel hombre alto, mostrando la evidencia en su cuerpo delgado, pero fuerte por los años realizados en labores de campo, con sus jeans y zapatos tipo “burros”.
Quitándose la gorra dejó al descubierto su escasa cabellera un tanto canosa, sus ojos grandes y caídos como un sol cansado.
Procedió abrir la puerta de la cabaña que me estaba esperando toda coqueta: una sala amplia con ventanales enormes que dejaban asomarse a un horizonte montañoso, tan amplio que daba a la imaginación la sensación de no tener fin, para entrar a un bosque encantador, interminable acompañado de un cielo prometedor como una pintura totalmente creada por la naturaleza. Combinada de luces intermitentes que alumbran a una ciudad lejana y poblada, dando la ilusión de estar en la atmósfera fuera de todo contacto terrenal.
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¡Viera que espectáculo se puede apreciar desde acá Estela, el mejor del mundo!, aseguró don Leo con una sonrisa amplia señalando un sofá cama acomodado frente al ventanal. Pude observar en una de las paredes de la habitación pequeña la decoración de un mural de alto colorido haciendo referencia a la flora y fauna de la zona.
¡Mire don Leo, que belleza! ¿los mando a pintar usted?
Ah no, fue idea de mi sobrino y a mí me encantó.
Me metí dentro de ella, caminé por aquella vegetación de colores como un arco iris, con el tigre de bengala, los monos y pájaros que se confundían,
iba recorriendo todo detalle hasta encontrarme con un rostro de un hombre de mediana edad e inmediatamente hice una comparación con don Leo, encontrando una que otra similitud.
_ ¿y esa persona, es su sobrino? Pregunté
No es otra historia, me dijo.
Y mirando el mural sus ojos se profundizaron en una lejanía regresando sorpresivamente de sus pensamientos a la realidad del entorno.
Bueno Estela, ojalá que disfrute mucho la casita, acá le dejo las llaves, el lugar es muy seguro y mañana puede hacer caminata si así lo desea
Y devolviéndose un poco se acercó para advertirme:
- recuerde, no se acerque a la cabaña abandonada.
Que pase buenas noches
_ ¡Ah olvidaba! Acá está el desayuno incluido.
y me hizo entrega de medio cartón de huevos y un paquete de pan cuadrado, estuve a punto de soltar la risa, por lo del desayuno incluido, pero lo recibí con agradecimiento.
Esa noche casi no dormí admirando el paisaje espectacular acostada en el sofá cama, bien cobijada saboreando una copa vino imaginando un mundo lejano.
Al amanecer me di un baño, me vestí apta para la caminata: zapatos y ropa cómoda, ligera y un buen sombrero que recubriera y diera sombra a mi fachada. La curiosidad me llevo hasta poder acercarme a la casa abandonada y mirar por una ventana el interior de la misma y la voz de don Leo repercutía en mi mente: “no se asome a la cabaña abandonada” pero mis pasos no se detuvieron, conforme me iba acercando sentía el ritmo del corazón como una bandada de abejas en zumbido ensordecedor que no permitía escuchar la obediencia.
Le fui dando la vuelta al corredor hasta llegar a la ventana más próxima, entreabierta por donde una cortina danzaba incansablemente con la melodía del viento,
en la pared algunos cuadros desdibujados, telas de arañas un olor particular a guardado, mis ojos recorrían aquella habitación en cada detalle hasta que se detuvieron en la cama mal tendida y empezaba a subir la mirada que creó una duda en algo que no pude descifrar
Me alejé apresuradamente al escuchar el motor del carro de don Leo posiblemente se dirigía a la lechería, corrí para poder salir al camino consiguiendo fingir que no había entrado al lugar de censura. Un “adiós” con su mano y un “ ehhh” en señal de saludo.
Admito que sentí alivio de no ser descubierta y proseguí caminando hasta llegar cerca del rio, ahí me senté dispuesta a meter los pies en el agua fresca y comer mi merienda.
A lo lejos se escuchaba el silbido que simulaba una melodía y un crujir de hojas secas, crucé una cerca para cortar camino y pude divisar la silueta de un hombre
me fui acercando con cierto temor ante alguien desconocido, igualmente la figura se alejaba hasta perderlo de vista en la maleza, no sin antes poder ver su rostro cuando se volteó ligeramente.
Retomé el sendero que me condujo a la lechería donde apenas estaban llegando los empleados dispuestos a empezar su faena. ¡buenos días muchachos! ¿Quién es el encargado de vender el queso?
¡Buenos días! – ¿es usted el huésped de la cabaña?
Muchas gracias. Efectivamente soy yo.
¿Qué más venden?
Vaya a la tiendita, ahí hay fresas, natilla y queso de primera calidad
Me quedé conversando con la señora encargada, una mujer entrada en años, alta de tez muy blanca y mejillas coloradas.
¿viene de caminar? – si señora, bastante lindo el camino, vi un lago, un galerón abandonado, algunas casas pero me devolví porque divisé un hombre cerca del rio, me dio mala espina porque se fue alejando cuando me puse de pie para verlo, pude apreciar que era alto con un chonete y camisa blanca, solo vi su perfil.
- ¿está segura? me dijo la mujer. – si claro
- ¿usted fue a la cabaña vieja? Me preguntó sin quitarme la vista.
No me dejó titubear, - pues me asomé un poco, le dije bajando la mirada.
Ya que no hay nadie hoy, le voy a confiar la historia que se cuenta desde años atrás, es como un secreto a voces.
Hace algunos años, vivía en la cabaña un tío de don Leo de parte de su mamá, se llamaba Mario vivía solitario, nunca se casó y era un tanto extraño, evitaba hablar y se mantenía en labores del campo. En todo el tiempo que pasaron juntos si acaso entablaban conversación, muy distantes eran.
La historia que cuentan es que hace unos años apareció por acá un muchachito que preguntaba por don Leo, aparentaba unos 25 años y no hablaba bien el español.
Venía de los Estados Unidos buscando a su mamá, con una historia verdaderamente sorprendente.
Le
relató a don Leo que su papá antes de morir le había confesado un
gran secreto, ellos no eran sus padres biológicos.
Siendo muy jóvenes, Edwards y su esposa Amy vinieron de California, estados Unidos a vivir a Costa Rica, se instalaron en una finca cafetalera allá por Acosta.
Rosa
(la mamá de Mario) logró ser contratada por las recomendaciones de
los lugareños como empleada doméstica en la finca de los gringos,
llegó con su nieta Carmen con pocos meses de embarazo, siendo una
adolescente.
Así paso el tiempo y nació Josué se convirtió en la alegría de aquella casa y en el segundo cumpleaños del niño los patrones le dieron como regalo un pasaje para llevarlo a comprar ropa a los Estados Unidos y pasear al castillo de los sueños.
Partieron un día de aquel lugar la pareja de gringos con el niño, sin mucho equipaje, el cariño que Edwards y Amy le tenían era enorme, pues lo habían visto nacer y dar sus primeros pasos en la hacienda.
Carmen se sentía agradecida y su abuela Rosa quedó a cargo de aquella finca con el documento de un poder sobre la propiedad por si ocurría una desgracia.
Así transcurrió el tiempo y el mes solicitado se convirtió en años, le costó muchas lunas y soles a Carmen para darse cuenta de lo sucedido. ¡Josué había sido robado! lo que en realidad firmó fue la adopción, cedió a su niño en medio de un engaño
Con el poder adquirido su abuela vendió la finca y Carmen no dudo en viajar a los Estados Unidos pasando ilegalmente por México, encontró trabajo en Miami, pasando luego a California y se instaló definitivamente en Virginia, buscó incesantemente a su niño, ya irreconocible para ella, trató por diferentes medios de localizar a sus amos, sin éxito.
Así pasaron los años….
Al fallecer Edwards, el padre adoptivo de Josué, le entregó el documento de inscripción de su nacimiento y la dirección de la finca en Acosta para que buscara a su verdadera madre, pues Amy ya había fallecido.
Josué no dudo un instante en hacerlo y al llegar a suelo tico buscó ayuda.
Rosa, su bisabuela había comprado otra finca en las altas montañas de su natal Turrialba, heredando a su hijo Mario y sus dos nietos (Leo Y Carmen) la propiedad.
Cuando Josué llegó con el documento que lo acreditaba como sobrino, en busca de su madre, no hubo más remedio que manifestar la verdad.
Fue informado que su madre, Carmen había vivido por años en la misma ciudad que Josué, en Virginia, Estados Unidos el destino nunca los unió.
Carmen enfermó y recibió diagnóstico que la llevaría a la muerte y al no haber encontrado a su hijo, tomó sus ahorros y viajó a su país en busca de una muerte serena a la finca en Turrialba
En una de sus mejorías salió a caminar y vio que había otra cabaña cercana, se asomó por la ventana y vio a un hombre descansando en la cama
dudó un momento y antes de reconocerlo decidió devolverse, se sentó a observar el paisaje lejano y absorta en sus pensamientos vino a su mente aquella muchachita delgada, insegura, engañada, recorriendo el camino de huida con su abuela materna antes que su vientre delatara la desgracia, la vergüenza y las murmuraciones entre los habitantes del pueblo de que su nieta estaba embarazada a sus escasos 14 años.
Imaginó la manita de su niño diciendo adiós, su figura pequeña como si en más de 20 años transcurridos no hubiese crecido, lo abrazó en el tiempo dándose cuenta que ya nada tenía sentido.
Carmen no dudó un segundo en tomar la escopeta que estaba colgada en la pared, llegó a paso lento de nuevo a la cabaña vecina y sin dudar un instante disparo por la ventana aquel hombre que yacía dormitando la siesta, agotado por el cansancio de la faena realizada.
Su tiro fue certero, un solo intento pudo dar en la sien izquierda y vio como la bala salió por el otro extremo de la cabeza de su tío Mario, no cabía la menor duda, era él. Lo reconocería donde fuera, era el mismo que se había criado con ella al quedar huérfana, el que en una tarde en sus labores del campo cuando su sobrina fue a dejar el almuerzo en aquellos pastizales sembrados de matas de café convirtió el cariño, la ternura y la confianza en manoseo, caricias bruscas dolorosas, tocando sus pequeños pechos aun en floración.
El demonio que la llevó al infierno de su incomprensión y las ilusiones en abandono para vivir en el conformismo de su destino
Ese hombre ya no podía hacerle más daño.
En la cama un cuerpo boca arriba con los fuertes brazos a los lados y las manos medio abiertas, las mismas que taparon su boca ahogando los gritos y el dolor intenso de una penetración que acabó con la nobleza de su alma, dejando en su vientre la vergüenza, la incomprensión, la fatalidad…
Vio nuevamente la complicidad de su abuela cuando recibió el poder absoluto de la finca de sus amos a cambio de un documento en el que Carmen fue engañada perdiendo la evidencia de su verdad contada y poco creíble
Los ojos semiabiertos ya no tenían aquella mirada encendida por la malicia y el deseo desenfrenado que se dibujaba en la lejanía de su mente en noches de pesadillas y que ella había guardado.
Carmen fue apresada pero nunca fue a la cárcel ya que por su enfermedad tan avanzada fue ingresada al hospital donde falleció
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Esa noche no dormí, pensando en aquella historia contada, aun había cosas que no calzaban.
Disfruté algunos días más del silencio y la tranquilidad del lugar
Preparé todo para mi regreso, don Leo llegó por las llaves y quería saber si estaba satisfecha con la estadía dando lugar a una conversación que confirmó la historia como real.
Además, me confió que Josué, su sobrino era amante de la pintura y decidió seguir la carrera en el extranjero, pues Edwar le dejó una sustanciosa herencia que le permitía vivir holgadamente y pagar sus estudios
Una que otra vez volvía a visitarlo en la finca que un día también le pertenecería.
-Una última duda don Leo.
-Dígame, Estela.
- ¿Quién es el hombre que dibujó Josué en la pintura de la habitación?
-Es Mario, así le describí a su progenitor y así lo plasmó en la pintura, con su ropa de campo y los genes de sus ojos.
Él sabe la historia.
-¿Y por qué él en la pintura y no su mamá?
-Porque su mamá en su descanso eterno encontró a su niño cuando éste vino a la finca en su búsqueda, lo abrazo y lo miró con ternura cuando Josué se estremeció en un escalofrió incomprensible al contemplar en el anochecer en este corredor y aquel polvo de estrellas dibujando la silueta de su madre con el núcleo de su corazón agotado, para dar paso a un amor nuevo, puro en su interior.
En cambio, Mario, es un alma en pena y debe plasmar su imagen en algún lugar donde aquiete su andar y tenga algún descanso.
Fui a la habitación a contemplar el mural en la pared para reafirmar que no estaba loca, me metí en la profundidad de aquella figura, sus ojos, el chonete, la camisa blanca y entonces me di cuenta que efectivamente Mario anda con su alma atormentada escondido, pude ver su figura desapareciendo apresurado entre la maleza.
Mientras iba bajando pude apreciar con detalle una que otra casa pintoresca, de techos bajos con su chimenea que fuma y expulsa el humo como señal de que el fogón está encendido, las ventanas cuadriculadas con cortinas de flores y vidrios de caras sucias con huellas de hollín, mezcla de polvo y humo.
En un corredor un gato echado en la banca, un santo en la pared de la entrada con la cruz de palma que les da protección ante cualquier peligro.
En los patios ropa tendida, gallinas cacareando sus protestas al ser correteadas por los machos, salpicando el maíz o quizás buscando gusanos escondidos en la tierra.
El perro atento con su ladrido que funciona como alarma a lo desconocido, árboles frutales, un riachuelo incoloro que deja al desnudo todo su interior como radiografía, con un afluente que corre apresurado sin descanso.
Al final de la empinada de la cuesta me encontré con la ronda de delgados y altivos árboles con sus melenas tupidas, abanicadas con la fuerza del viento, estaban aferrados al suelo con sus piernas largas y un cuerpo lleno de fortaleza, sin poder caminar con sus pies descalzos y dedos gordos sumergidos en la tierra que los vio nacer, siempre de pie en su territorio a la entrada de la finca.
Al final de sus cabezas un hoyo, por dónde entran escasos rayos de sol y un cielo de color del mar, en una tarde veraniega juntándose como lo hacen los amigos en ronda para conversar y comentar una y otra vez la historia que quedó atrapada en ese lugar.
Y volteando a dar un último vistazo, pude observar arriba de la loma entre los pastizales la silueta de Mario caminando hacia la cabaña dónde encontró su imagen en el mural pintado por su hijo, para quedarse ahí eternamente y tener al fin el descanso de su alma.
En el murmullo del viento pude escuchar el sonido profundo del disparo que despertó de su levitación a Carmen aquel día lejano y lo primero que vio fue en el ventanal quebrado de la cabaña una enorme e intacta mancha roja en el toldo blanco, sangre de su sangre desfigurada en machas diminutas esparcidas alrededor.
Poco a poco se hace más corto el destino de partida….
Ana Lorena Villalobos
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