jueves, 8 de julio de 2021

El extraño de la calle 27


Ana Lorena Cartín Leiva

Amanece… Salgo a  caminar y  el  aire frío expande los pulmones, la tenue luz  de la aurora aparece tímida, sigilosa, tal vez deseando unos minutos más antes de que los primeros rayos del sol alumbren y calienten el día, son esos minutos los que aprovecha para desplegar sus colores pasteles entre rosados, celestes y amarillos, es su manera de saludar al dios Helios, son esos minutos que invitan a la meditación, a la observación  a encontrarse con una misma y maravillarse de la naturaleza, de la vida y del planeta Tierra quien amorosamente nos brinda su tierno regazo día a día.  

Los primeros rayos del sol aparecen, empiezan a calentar el día y lo oscuro se vuelve de mil tonalidades, toda una paleta de colores  vibrantes, el paisaje se abre cual abanico  multicolor, las gotas de rocío sobre  las hojas  de árboles y flores semejan hermosos diamantes  al reflejar la luz, todo un espectáculo para la vista.  Con los primeros rayos, inicia la sinfonía de pájaros buscando sus parejas e invitándoles al amor y avisan que las lluvias han llegado, lluvias milagrosas para la agricultura. Y al pasar por las casas y sodas, el ambiente se vuelve oloroso a café recién hecho, pan salido del horno, a tortilla palmeada. 


La ciudad poco a poco despierta, las calles lucen limpias, el aguacero de la noche anterior las había lavado, se ve apacible, hasta bonita, amigable e invita a caminar, a admirar las viejas casas y edificios hermosos que aún, resistiéndose al paso de los años y a la mal llamada modernidad, subsisten  en algunos barrios.  
El sonido del moderno  tren  hacia Cartago rompe el silencio, ¿cuántas ilusiones, esperanzas  y tristezas transportan sus vagones? El bullicio de la gente y vehículos cada vez aumenta, la calma de la mañana da lugar a una vorágine que día a día, como función de teatro, se repite, trabajadores que caminan casi corren para que el bus no los deje, madres con sus hijos e hijas llevándolos a escuelas y colegios y diciéndoles a viva voz “apúrate, que vamos tarde, cuidado perdés el almuerzo, ponele  atención y hacele caso  a la maestra, cuidá la mascarilla…”  La cantidad de carros crece y las presas transforman a conductores, la  impaciencia y la agresividad sale a flote,  el sonido de los carros, buses y motos aumenta rápidamente, se hace insoportable, la apacible ciudad ha desaparecido… solo la calle 27, al este de la ciudad, se mantiene incólume al tiempo,  a la modernidad, al bullicio y la tranquilidad solo la rompe el sonido del tren y por eso, alquilé un pequeño apartamento para ir a vivir en la calle 27.


Los árboles de roble sabana que bordean la calle 27, aún empedrada, pintan el paisaje de tonos rosados  y fucsias, los pétalos de las flores  que caen, forman una  hermosa alfombra rosada. Y una pequeña  y coqueta pulpería aún subsiste al igual que  las pocas y  magníficas  casas que hay, algunas de estilos victoriano muy bien conservadas por sus dueños, de amplios jardines multicolores. La calle  27 es un vecindario pequeño, tranquilo, con gente amable y por la mañana  algunos jubilados  salen a pasear a sus mascotas y en   el pequeño parque se reúnen a conversar sobre la vida, lo que aconteció el día anterior; los jóvenes, algunos escolares, colegiales y otros universitarios, caminan presurosos a tomar el bus. La calle 27 parece sacada de un cuento, de una postal, cuando una la ve da la impresión que el tiempo se detuvo, que no es parte de San José,  es una extraña calle porque apenas mide un kilómetro.  Caminar por ella, es remontarse al pasado, es revivir una época señorial de la ciudad que no volverá.  Más extraño aún,  es encontrar  la casa número 2763; se  ubica  en el centro de un amplio jardín bien cuidado, con dos árboles de roble sabana, exuberantes tabacones, una veranera de flores moradas de doble pétalo que semejan pequeñas rosas, margaritas, chinas de varias tonalidades y clavelones anaranjados.  Es de adobe y pintada de azul y blanco, con techo de tejas rojas, de amplios corredores, una casona que  resiste al paso del tiempo y  cual sultana, es altiva sabiéndose hermosa, imposible no detenerse a admirarla y fotografiarla,  según los vecinos tiene más de cien años,  Y allí vive extraño de la calle 27.


Tenía 35 años cuando  llegué a vivir a un pequeño y  hermoso apartamento de la calle 27.  Había concluido una investigación sobre las condiciones sociolaborales de mujeres asalariadas en las zonas rurales del país, trabajo que me llevó a recorrer todo el territorio nacional, las giras me habían agotado, permanecía poco tiempo en San José y el bullicio de la ciudad me agotaba aún más por lo que decidí mudarme a un lugar tranquilo pero no muy lejos de mi trabajo.  La calle 27 fue ese lugar ideal para vivir.  Apenas llegué a mi nuevo hogar, la casa 2763 de esa calle captó inmediatamente mi atención y más el nombre que los vecinos le daban a  la persona que la habitaba, “el extraño de la calle 27”.
Extrañada por ese nombre, pregunté a doña Lucía, una mujer afable, de sonrisa franca, ya entrada en los 60 años, de esas personas que irradian felicidad y dueña de la  pulpería La Lucita, ¿por qué a la persona que habitaba esa casa, le llamaban el extraño de la calle 27? Bueno, contestó con cierta malicia, no se si es una persona joven o mayor, si es un é o ella, pero es un extraño.  Insistí, si no lo conocen, ¿por qué lo llaman así?  Porque es un extraño, comentó con voz grave don Roberto mi vecino, quien estaba  comprando pan y añadió, que era un hombre muy extraño, imagínese que tiene el pelo un poco largo y  hasta se hace una coleta, ¡una coleta! exclamó.  Vaya, pensé, si los hombres supieran lo guapos que se ven con coleta, todos se hicieran una.


Salí de la pulpería muy intrigada, ¿será que el extraño de la calle 27 es una leyenda urbana?  Volví la mirada hacia la casa 2763 tan bien cuidada y como socióloga e investigadora, las dudas y preguntas desfilaban atropelladas en mi mente, alguien tiene que vivir allí, ya se que es un hombre, ¿tendrá familia, será joven o anciano, será extranjero, estará enfermo y por eso no sale? No podía quedarme con tantas dudas y me dispuse a investigar quién era el extraño de la calle 27, mi espíritu investigador no se podía  quedar con dudas y me fui a la casa a planear  las etapas de mi pequeña aventura investigadora, tenía que descubrir quién o quiénes habitaban esa casa o lo descubría o no viviría en paz, y como diría mi amiga Ceci, soy terca, no me puedo quedar con dudas, tengo que descubrirlo.
En una primera etapa, una tarde de sábado invité a los vecinos de la calle 27 a tomar café con bocadillos en el jardín de la casa guardando todos los protocolos sanitarios, a algunas personas les pareció muy extraño ya que ese tipo de actividad no se acostumbraba por lo que resultó sorpresivo que todos aceptaran la invitación.  Fue una hermosa velada de historias, de encontrarse, conocerse y reconocerse, un ambiente cordial, de gran camaradería, por lo que me atreví a lanzar las preguntas, ¿quién conoce al extraño de la calle 27, por qué le dicen así, qué hace?  Es un viejo muy irritable, como de 90 años comentó doña Estela. No, es un joven muy apuesto que solo sale de noche porque trabaja desde su casa, es analista financiero replicó doña Amalia.  Se parece al Jorobado de Nuestra Señora, contestó don Carlos.  Es un joven drogadicto, nunca se baña, huele mal,  tiene una gran cicatriz en la mejilla, espetó Mario, el más joven de mis invitados.  Yo no lo he visto pero es muy extraño, comentó doña Sara. Y así continuaron las inverosímiles respuestas… ¡o sea que no lo conocen dije a viva voz!  Silencio total, miradas furtivas se cruzaban, pues no, no lo conocemos y eso es muy extraño comentó doña Lucia, la de la pulpería La Lucita.
Mi investigación con el vecindario había fracasado ya que nadie conocía o sabía algo sobre el morador de la casa 2763, pero no me podía quedar con la duda, mi carácter no lo permitía, yo estaba acostumbrada a lograr las metas que me propusiera, algunos pensarán que hasta prepotente era, pero a como diera lugar  tenía que saber quién era ese extraño.  Así, como segunda etapa de mi investigación, fui a la Biblioteca Nacional a investigar si en los diarios viejos había alguna información sobre la calles 27, dos días  transcurrieron y ¡no había nada!  La impaciencia empezada a apoderarse, respiré profundo y me encaminé a Archivos Nacionales y encontré que en esa calle  solo dos casas de adobe se construyeron, lo demás eran lotes baldíos que fueron vendido a familias de alto ingresos y que las dos casas pertenecían, hace unos cien años a las familias Valverde y Echegaray y actualmente solo una de esas casas permanece.  ¡Eureka!  La casa 2763 le pertenecía a alguna de las familias Valverde o Echegaray, fue una buena noticia, un gran avance en mi investigación, pero aún no sabía quién era el extraño de la calle 27 y no se el porqué le dicen así.  Todavía no estaba satisfecha, tenía que seguir con mi investigación.
Faltaba aún la tercera etapa del plan que me propuse. Así, una mañana fui a comprar pan para el desayuno y le comenté a doña Lucía que iría a la casa 2763 para averiguar quién vivía allí, quién era ese extraño.  ¡No! Es peligroso, no puede ir sola, alguien tiene que acompañarla mi hijita, me contestó con la voz entrecortada, vea que se lo advierto, se puede llevar un gran susto con el extraño de esa casa.  No se preocupe doña Lucía, dicen que soy una temeraria pero solo enfrentando ese enigma, estaré tranquila.  Luego de desayunar y aparentemente  muy serena, corté algunas flores del jardín e hice un pequeño ramo que le daría al extraño como un gesto de amistad, de buenos vecinos, doña Lucía al verme pasar, se persignó, abrí el portón del jardín, admiré lo hermoso que era, toqué la puerta, sentí que el corazón se me salía y los segundos que duraron en abrir se me hicieron horas, casi, casi me devuelvo.


De pronto el hombre más guapo que haya visto en mi vida, me sonrió, estiró la mano para saludarme y con una hermosa,  diáfana y franca sonrisa me dijo ¡por fin se atrevió a conocerme, sabía que algún día vendría!, me quedé sin palabra. Pase adelante y mientras se toma un café conmigo, me conoce, nos conocemos y así sabrá por qué soy el extraño de la calle 27. ¿Cómo supo que lo estaba investigando?  Quién era él, si nunca salía de la casa, si no se comunicaba con los vecinos pues nadie lo conoce?  ¿Será un espía de la CIA?   Poco a ´poco me fui enterando quién era, en qué trabajaba,  que si salía de su casa, corría por las mañanas, que no  era ningún espía , yo no podía decir palabra alguna, parecía una idiota, solo lo oía  y miraba y  miraba y he de confesar que esa sonrisa, esos ojos me enamoraron, me enamoré…  y pronto nos convertimos en los extraños de la calle 27.   Doña Lucía tenía razón, me llevé el más hermoso susto de mi vida y si, si tenía una coleta pero no les diré ni su nombre ni su apellido.


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