Corrían los años 50 del siglo pasado, en el mundo se vivían las consecuencias económicas y sociales de la Segunda Guerra Mundial y los países europeos buscaban salidas para sus pueblos.
En 1952 el gobierno de Costa Rica, con el afán de poblar sus zonas deshabitadas, boscosas y distantes de la capital, en la Zona Sur del país, apoyó un proyecto impulsado por el gobierno de Italia y Estados Unidos de Norteamérica.
Dos italianos, Ugo Sansonetti y Vito Giulio Cesar, organizaron un grupo de colonizadores procedentes de la costa norte y sur de Italia, así como de Dalmacia, pueblo de la costa en el mar Adriático de Croacia. Estas personas soñaban con mejorar su situación económica aprovechando la promesa de tener parcelas de tierra en Costa Rica, para fines agrícolas como la siembra del café.
Llegaron a unas tierras desconocidas, selváticas y boscosas en la altiplanicie de la cordillera de Talamanca, cercana a la frontera con Panamá. El lugar estaba muy lejos de cualquier población, no había nada más que montañas vírgenes con terrenos irregulares propios de una cordillera.
El clima que encontraron era muy húmedo y cálido. Todos los días caían unos aguaceros violentos e impresionantes para los europeos, ya que eran acompañados de grandes precipitaciones de lluvia, estruendosos relámpagos, con iluminadas centellas y fuertes truenos que se reproducían interminablemente con eco en las montañas. Toda la vegetación era de múltiples tonos de color verde, o azul cuando las montañas se veían de lejos.
Al anochecer eran sorprendidos, por los ruidos desconocidos para ellos, de nuestros monos aulladores, coyotes, el rugir del tigrillo o del jaguar cuando salía de cacería nocturna, así como el fuerte canto de los grillos o de las ranas con su croar infinito luego de la lluvia. Al amanecer, eran despertados con los hermosos y repetitivos cantos de bellos pájaros de infinitos colores.
Durante el día al caminar en la espesa vegetación, debían protegerse con botas de cuero y machetes, de las serpientes de diferentes y brillantes colores, que se deslizaban en silencio por los bejucos o las ramas de los árboles o se ocultaban en los trillos de hojas secas. En las tardes calurosas de intenso sol, las chicharras con su eterno cantar hasta morir, los volvían locos.
Con sus propias manos y la ayuda del gobierno costarricense, abrieron grandes trochas en la tierra roja, que después de la lluvia se convertían en ríos de lodo rojo y se veían como si las tierras sangraran por sus nuevas y grandes heridas, talaron inmensos bosques para tener madera para las futuras casas y edificios. Abrieron pozos profundos para el agua potable de sus habitantes. A lo largo de la calle central del pueblo, instalaron sus casas y un tendido de cables, sostenidos por árboles muertos y deshojados, para la electricidad producida por motores de gasolina o diésel que funcionaban algunas horas al día.
Nuestras tierras vírgenes y los animales silvestres y salvajes que en ella habitaban sufrían la invasión del llamado progreso.
Como era una selva, al principio los monos y algunos pájaros grandes al quedarse sin hogar, sus árboles, descansaban en las mañanas en los cables del tendido eléctrico y de pronto morían electrocutados dando un terrorífico espectáculo de gritos, chispas y olor a carne quemada, cuando los italianos encendían los generadores de electricidad. Y ahí quedaban tostados por varios días, hasta que al secarse caían al suelo.
En los fuertes inviernos que duraban casi todo el año, las calles se convertían en grandes barriales, donde se quedaban pegados los pocos carros de doble tracción que ingresaban, los caballos se hundían hasta la panza en esos mares de lodo, sus dueños luchaban por liberarlos antes de que el sol secara la tierra y los dejara atrapados… los perros callejeros y otros animales se desaparecían en el lodo.
Algunos finqueros lograban transportar sus bienes en carros de grandes llantas forradas con redes de cadenas metálicas, que los protegían de hundirse en el barro y así podían trasladarse a poblados como Sabalito, Agua Buena y otros, luego de una gran lucha con la lluvia y el lodo.
Así nació este pequeño poblado con 45 habitantes, en el valle de Coto Brus, a lo largo de la cordillera de Talamanca, al cual llamaron San Vito de Java. En honor al Santo italiano fundador de pueblos “San Vito de Lucania” y por la cercanía con el río de Java.
A este pueblito llevó mi padre a su familia en l957. Era un jóven moreno, con rizos negros en su cabellera, de 27 ańos, soñador y con grandes deseos de prosperidad también. Había formado una familia, en ese momento de 5 personas. Su esposa y tres hijos.
Nació en el centro de San José, descendiente de un inmigrante afrolatinoamerico procedente de Cartagena de Indias, Colombia y de una herediana hija de españoles criollos. Trabajó un tiempo en la Cooperativa Dos Pinos como repartidor de leche, estudiaba de noche y recién había terminado su formación como contabilista y le habían ofrecido la oportunidad de coordinar una agencia del Banco Anglo en esa zona. Lejos del mundo, en media selva tropical.
De sus tres hijos, fui la primogénita y luego llegaron dos varones. Para ese año yo tenía 3 años y mis hermanos uno de ellos dos años y el menor unos meses de edad.
Hoy me pregunto cómo mi padre se aventuró y se arriesgó tanto. Ya que el nació y vivió en el centro de San José. Con todas las comodidades.
En esa época lo recuerdo como un hombre grande, medía 1,90 m, fuerte, alegre y amistoso con las personas. En la casa era serio, imponía respeto entre nosotros, pero con sus hijos solía ser cariñoso.
Vivíamos en una hermosa casa de paredes blancas, de dos pisos, rodeada por un lado de potreros y montañas vírgenes y por el otro de una carretera de tierra con algunas casas . En el primer piso estaba la sucursal del banco donde trabajaba mi padre. En el segundo piso estaba nuestro hogar. Era una casa grande, de maderas gruesas, de pisos brillantes de madera, de grandes ventanales, por donde entraba la brisa del norte y nos refrescaba, tenía dos grandes habitaciones, que daban al este, lo recuerdo por los amaneceres soleados y cálidos, una la ocupabamos mis hermanos y yo, la otra nuestras padres.
Tenía una gran sala comedor y una cocina muy iluminada, donde mi madre, una joven de 30 años, blanca como la luna y de negros cabellos ondulados, quien nació en la zona rural de aquella época, San Pedro de Montes de Oca, hija de un descendiente de españoles criollos y de una índigena criolla, pasaba trabajando y aprendiendo a hacer pastas al estilo italiano.
Al oeste de la casa habían dos grandes habitaciones que permanecían a oscuras y vacías, para los visitantes de la capital, tenían dos grandes ventanas con puertas de madera que daban al lado oeste de la casa y desde ahí se veían las montañas y nuestro gran patio trasero, lugar de juegos y aventuras.
Hoy pienso que lo mejor que me pudo pasar en la vida , fue eso, que mi padre se aventurara a ir a San Vito de Java con nosotros. Era un pueblo hermoso, todos los dias pasaba algo grande y bello. En invierno mis hermanos y yo jugábamos en el lodo, era una gran piscina de barro aguado. Hoy la vería como un simple barrial. Pero en esos dias era nuestra piscina. Ahí nos hundíamos hasta las rodillas y disfrutábamos de la rica sensación de sentir el barro atravesar nuestros dedos de los pies . Quedábamos negros, más negros de lo ya que eramos.
Al anochecer hacíamos competencias de cazar ranas de color café, pequeñas y frías, o abejones con cuernos , grillos que punzaban nuestros dedos con sus patas y los poníamos en grandes frascos de vidrio para contarlos y luego los dejábamos escapar. Mi hermano Julián, el segundo de los hijos, siempre me ganaba.
En las tardes de verano mi madre nos ponía sabanas en el zacate y nos contaba cuentos con las diferentes formas de las nubes.
No me alcanzaban las horas del día para jugar y conocer los alrededores de mi casa, todo era una aventura. Papá tenía un gallinero muy lindo, cada gallina tenía su camita para poner huevos, había una enorme pajarera con bellos pájaros atrapados que cantaban todo el día. Algunas veces yo les abría la puerta y mi padre me regañaba.
En ese maravilloso lugar solo había entonces la carretera de barro central , la sucurdal del banco, un hotel, un colegio de monjas italianas, con su iglesia, un cementerio ,unos negocios que traían los alimentos y un cine donde los domingos pasaban películas a través de una cinta que se rompía con frecuencia.
Había tendido eléctrico solo alrededor de la carretera central del pueblo. La electricidad solo la teníamos por algunas horas en el día y la quitaban a las 6 pm. Mi padre tenía un motor que hacía mucho ruido, funcionaba con gasolina y a través de él como por arte de magia, nos llegaba la luz a la casa por un par de horas más.
No existía la televisión, ni nada de lo que hoy conocemos como aparatos electrónicos.
En las noches cuando papá regresaba del trabajo y teníamos luz en la casa yo lo veí con unas hojas grandes en sus manos, sentado mirándolas. Hoy sé que era el periódico,
Él las miraba y hablaba sobre lo que había en esas hojas, se enojaba o se reía. Yo quería saber que había en esas hojas. Y en las tardes cuando no había nadie en la sala, las cogía y me sentaba en el piso a mirarlas.
Pero no entendía por qué mi padre se enojaba o reía con las hojas.
Yo solo veía dibujos y fotos de personas. Había muchos dibujos pequeños y grandes como bolitas con las patitas para arriba o a los lados o solitas, que seguían caminos como las hormigas que yo veía en la tierra.
Le pregunté a mi padre qué pasaba con esos dibujos de las hojas grandes. Y me dijo que cuando entrara a la escuela me iban a enseñar que esos dibujos se llamaban letras y que nos hablaban en las páginas que él veía, nos contaban lo que sucedía en el mundo y en el país.
Quedé impresionaba y todas las tardes las miraba y les preguntaba cuándo me iban ellas a contar cosas como a mi padre.
Luego de un tiempo en las mañanas comenzaron a llevarme al kínder del colegio de monjas. Yo iba a cumplir 4 años de edad. Pero no me enseñaron a jugar con los dibujos llamados letras.
Tuve que pasar dos años más en ese lugar, jugando y rezando con las monjas
De pronto un día me dijeron que iba a entrar a la escuela y me iban a enseñar muchas cosas, yo solo quería aprender a hablar con los dibujos llamados letras.
Comencé así la aventura más emocionante de mi vida, los dibujos comenzaron a tener sentido y significado, comencé a entender por qué viajaban de la mano en mi cuaderno.
Un día en la tarde, viendo los papeles grandes de mi padre, de pronto, los dibujos llamados letras me comenzaron a hablar. Y me contaban muchas cosas, algunas las entendía otras no sabía de qué me hablaban. Y comenzaron mis preguntas sobre los que decían las hojas.
Entonces papá nos llevó unos cuadernos grandes de pasta dura, con dibujos hermosos y montones de letras.
Y ahí se abrió para mí una gran ventana, a un universo infinito. Pude viajar a diferentes países, conocer lugares muy lejos de mi casa, conocí a las hadas, las brujas, la magia, los monstruos, los dragones, a los vikingos, a los vaqueros, a los superhéroes, a la Bella Durmiente, a Blanca Nieves. Y a extraños y furiosos animales de un lugar lejano que se llamaba África.
Fuí muy feliz con esos cuadernos grandes para mis manos de ayer, que hoy sé que se llaman libros y me contaban cuentos.
Todas las tardes cogía las grandes hojas del periódico y las leía cada una completa, los anuncios, las fotos, las películas que anunciaban, me hablaban las letras y me contaban muchas cosas que no entendía.
Cuando estuve más grande en la casa de mis abuelos luego de que ellos desocupaban algún libro o algún periódico yo lo leía, pero había palabras que no entendía y cuando mi tío se aburrió de contestar mis preguntas, me regaló un libro enorme gordo y me dijo “esto es un diccionario él te va a decir que significa cada palabra” y como ya me sabía el alfabeto aprendí rápido a usarlo.
Mis amados dibujos, llamados letras, me enseñaron a sumar a restar, conocí el mundo de las ciencias biológicas, de las ciencias sociales, las novelas, los cuentos, los poemas, los chistes. Desarrollé una sed insaciable por el conocimiento y las emociones que me traían mis amadas letras.
Hoy juego con ellas e intento escribir mis aventuras.
Gretty Vega, junio 2021
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