Detrás de la casa está el patio. Ese espacio verde y saltarín que se llena de una inmensidad de guarias florecidas en la época entre marzo y abril. Un hermoso césped abriga de verde el suelo y permite crecer entre sus rincones mazos de lantanas que se cubren de pequeñas flores, atrayendo sus anheladas huéspedes que vestidas de lujosas alas, vuelan indolentes y tranquilas, compartiendo con zumbonas abejitas, el néctar abundante que producen cada día. Tres árboles pequeños se suman al paisaje. Sus ramas permiten apoyar canastas con diferentes plantas. Por aquí hay un helecho frondoso de hojas menuditas. Otras sostienen orquídeas diversas. Pues sus ramas frondosas las cubren de sombras que se mueven con el viento, en aquella época de soles calcinantes.
La quietud es aparente. Esa mañana al pié del limonero descubrí las plumitas de un pajarito al que no se le permitió iniciar un vuelo. Ante la presencia de Lolita, la madre con mucho miedo, piaba y piaba, en tanto volaba de un árbol a otro, de una tapia hasta el techo de la casa, tratando de asustarla sin lograrlo, pues ella con su innato instinto de cazadora, seguía con su divertida naricita, el rastro del ingrato depredador.
La madrugada era muy fría. Lolita dormía semejando un ovillo de peluda lana blanca contra mi espalda. Su respiración dulce y reposada, tranquilizaba mi cuerpo y mi alma. En medio de ese sueño nada profundo y la insistencia de la vigilia, la escuchaba observando y analizando los cambios que percibía. Así escuché ese medio ruidito presagio de fuertes ladridos. No por favor, me dije. En cuestión de pocos minutos, se levantó con violencia, sacudiendo el aire con los ladridos, que sonaban aterradores , al romper el silencio de esa bendita hora, donde dormir y no moverse es todo lo que mi cansado cuerpo pedía. El silencio imperante, ese que también los vecinos exigen con todo derecho, interrumpido a esa hora por un desafortunado evento al que yo misma no quería encarar, ni dar crédito. Cualquiera reconoce ese timbre tan perfecto que solo ella tiene. La dirección del viento nos delata. No existe escondrijo ni sortilegio alguno que logre evadir la realidad de la autora de esos ruidos. Con dulces sonidos la llamaba, la invitaba a regresar a la cama. Por momentos le exigía que callara. Usé todos mis encantos sin lograr ni siquiera que me escuchara. Vencida y enojada, busqué una chaqueta de flees, que tiene una tibia gorra para cubrir mi cabeza, y así poder atender el desastre ya consumado. Con brincos y gran alboroto, celebró ver que yo había decidido acudir a su enérgico llamado. Corrió a recibirme, esperando que yo efectivamente abriera la puerta del patio.
La silueta de aquella mujer, adormilada igual que yo, con el pelo enmarañado, vistiendo su pijama y con un abrigo encima, se observaba claramente de pié frente a su iluminada ventana. Su casa, que colinda de forma transversal con la mía, tiene un segundo piso, desde donde ella miraba. Miraba y susurraba. Con dulces palabras y movimientos torpes de sus manos que entre las celosías de la ventana metía, trataba de lograr que Enrique por fin entrara.
Pinta, la pajarita, también había perdido el sueño, también lucía sus plumas alborotadas. También gritaba. Mis ojos, ahora abiertos y sin perder detalle, reconocieron totalmente el paisaje en que esa madrugada, los habitantes de mi patio de césped verde esmeralda, me mostraron. Comprendí las ansias locas de Enrique de seguir cenándose a los tiernos pajaritos. La locura que se adueña de Lolita de proteger su patio de los osados avances de Enrique cuando hace muchos meses, creyó que el patio era un sitio público. Además de la demencial insistencia de Pinta de alzar contra viento y marea, sus nidos cada temporada, haciendo oídos sordos, cuando al empezar el celo, le advierto de forma reiterada que hacer nidos en mi patio, es cosa de locos.
Los ladridos de Lolita son la señal de alerta que la vecina capta a cualquier hora, saliendo a buscar, defender, y cuidar de Enrique el gato escapista, al que a pesar de las precauciones que han tomado, logra siempre escabullirse y llegar al patio donde ella lo delata.
Al día siguiente de estos sucesos vividos, salimos al patio donde Lolita con su nariz, recorrió los espacios buscando huellas que delataran a su enemigo. Yo miré a Pinta y le pedí que enseñara pronto a sus pichones a volar y alejar así las tentaciones actuales. Enrique, un guapo gato amarillo y blanco, con su hermoso collar color rosa, castigado, encerrado y triste, miraba detrás del ventanal con obstinación, en dirección al nido.
Lia Ferreto M.
Julio 2021.
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