de Lía Ferreto
En las afueras
de la gran ciudad,mas allá de donde se encontraban los antiguos
rieles del tren que llevaba a la Playa sin Nombre, vivía la hemosa
mujer, que siendo tan joven y a pesar de los años que tenía, era la
abuela de varios niños.
Tenía una casa espectacular, donde todos amaban llegar; cuartos llenos de juguetes, que procedían de las casas de sus hijas, y que temporalmente se los llevaban a la suya, para que todos los niños tuvieran siempre alternativas nuevas con que jugar, en tardes de intensos aguaceros.
Tenía una casa espectacular, donde todos amaban llegar; cuartos llenos de juguetes, que procedían de las casas de sus hijas, y que temporalmente se los llevaban a la suya, para que todos los niños tuvieran siempre alternativas nuevas con que jugar, en tardes de intensos aguaceros.
Dentro de la
casa, los espacios eran còmodos y aptos para que ellos pudieran
girar alrededor de la cocina, sin correr peligro, y siempre al
alcance de la mirada atenta y protectora de la abuela.
Hermosos rincones llenos de plantas, rodeaban la casa. Al frente, en la entrada, todo un sendero sembrado con flores, que iban siendo cambiadas segùn la estaciòn del año, petunias en verano que con su multicolor belleza, daban a quién llegara un refrescante saludo, marygolds para las lluvias, pues sus flores de todos los matices en naranjas, rojos y amarillos, soportaban con gran alegría los vientos y la fuerza del agua de octubre y noviembre.
Los rosales llenaban el centro de una bella área, la abuelita a través de muchos años, había logrado tener fuertes y vigorosas plantas, que cuando mas sol hacía, mas rosas colmaban sus ramas. Pero los niños preferían aquel rosal inmenso, sembrado a un lado del jardín, porque como era de ramas tan largas, habían tenido que hacerle un gran arco de hierro, que soportara su peso, y ahí bajo esos arcos ellos lograban pasar riendo y gritando,para no ser atrapados por sus fuertes espinas.
Los pequeños pies de Mauri, a duras penas podían brincar entre los mazizos de la parte baja, cuando la abuelita, avisaba que ya venía el tren. Porque claro,con el paso de la vida, los que sabían de progreso, habían decidido que aquel tren de nuevo debía rugir y pitar, llevando a mucha gente hasta aquella perdida playa. Era una locura colectiva, la que desataba la noticia ,ya que era grandioso que abuelita tuviera su propio tren. Quién mas tenía una abuelita así ? Con sus pocos años, Mauricio que era un niño lleno de alegría, entre besos y aplausos, celebraba a la abuelita por sus maravillosas historias.
Nina era quién mas amaba, entrar en los laberintos que tenía la abuelita. De su mano, segura y dichosa, recorría aquellos sitios misteriosos, porque para los niños, las casas de las abuelas siempre les huelen a secretos, a magia, a zonas pobladas de duendes y de hadas y de miles de cuentos.
Nina, era la imagen de un pequeño angelito, con sus rubias trencitas, coqueta figura, y sonriente carita, amaba pintar sus uñitas de todos colores, rosa amarillo, violeta y llevar en sus carteras aquellos singulares tesoros que una princesita necesita. Ella y Mauricio, como gemelos inseparables, compartían mas que ninguno, los secretos que abuelita les contaba.Y es que Mauri, al contrario de Nina, era un muchachito de grandes ojos negros, piel aceituna y esa picardía propia de quién se sabe encantador. Ante cualquier travesura si abuelita lo miraba con ojos reprobadores, una sonrisa suya, amplia, abierta y espontánea, mandaba por el suelo cualquier intento de ser sancionado.
La abuelita era una mujer jovial, pronta a la risa, amena en sus charlas, pero también una persona de gran temple, que no se doblegaba facilmente ante las dificultades, por ello se la veía a veces silenciosa, introvertida y era entonces, cuando pasaba por esos sitios del recuerdo, donde las voces internas lanzaban sus gritos y llantos reprimidos que tantas mujeres llevan entre sus recuerdos escondidos. Ella amaba sus espacios, sus largas caminatas, sus momentos de meditar sentada y serena ,o le gustaba cantar sacando de su pecho graves y dulces melodías, mientras continuaba con alguna de sus labores. Era muy joven, ese era su aspecto, que ella mantenía cuidando su vida lo mejor que podía; dieta sana, ejercicio y una espiritualidad que compartía con toda aquella persona que se acercaba a su casa, buscando un consejo, o al menos una oreja generosa que atendiera sus desdichas.
Había en el patio de la casa varios árboles de frutas, naranjas, limones y uno de cas, hierbas perfumadas, albahacas, tomillo, perejil y romero, una cantidad inigualable de guarias, moradas y blancas, que en tiempo de floración eran la visita obligada de todas sus amigas, conocidas y vecinas, pues representaban un espectáculo digno de ser visto, compartido y fotografiado.
Pero para Nina y Mauri, la mata de las moras era lo mejor que habían conocido en casa de " Abalita " que era en realidad como Nina con sus dos añitos y otro poquito mas cumplidos, había logrado bautizar a la abuela. Midá Abalita, midá, le decía, mientras caminaba llevándola de la mano, Nina quiere moras.
El patio estaba lleno de pajaritos, y entre ellos los yigüirros con su constante parloteo le llamaban la atenciòn, así naciò una nueva habitante de éste mágico rincòn, Pinta.
Y es que muchas veces para dormir a Mauri o a Nina, Abalita les cantaba toda clase de canciones infantiles, Cucù, cantaba la rana, o Allá en la fuente había un chorrito, Pimpón es un muñeco,etc,etc, pero la preferida era La pájara Pinta.
Cómo podríamos saber que Pinta era una pajarita tan simpática y que se iba a encargar de mantener las moras a punto, para complacer solamente a dos hermosos niños ?
Solo Pinta sabía cuando alguno de los niños iba a venir a casa de Abalita, tan cierto como que cada día amanece, por eso la mata de mora, se esforzaba por tener esas grandes y rojas-moradas frutas. Pinta en su incesante parloteo, piando y brincando, hablaba con la mora, y advertía que debía ofrecer dulces frutos a Nina.
Cuando Nina no estaba, Pinta no dejaba de llamarla, desde el alba se la escuchaba, preguntando por ella, y es que cuando estaban juntas las mejores moras eran solo para ellas.
Hermosos rincones llenos de plantas, rodeaban la casa. Al frente, en la entrada, todo un sendero sembrado con flores, que iban siendo cambiadas segùn la estaciòn del año, petunias en verano que con su multicolor belleza, daban a quién llegara un refrescante saludo, marygolds para las lluvias, pues sus flores de todos los matices en naranjas, rojos y amarillos, soportaban con gran alegría los vientos y la fuerza del agua de octubre y noviembre.
Los rosales llenaban el centro de una bella área, la abuelita a través de muchos años, había logrado tener fuertes y vigorosas plantas, que cuando mas sol hacía, mas rosas colmaban sus ramas. Pero los niños preferían aquel rosal inmenso, sembrado a un lado del jardín, porque como era de ramas tan largas, habían tenido que hacerle un gran arco de hierro, que soportara su peso, y ahí bajo esos arcos ellos lograban pasar riendo y gritando,para no ser atrapados por sus fuertes espinas.
Los pequeños pies de Mauri, a duras penas podían brincar entre los mazizos de la parte baja, cuando la abuelita, avisaba que ya venía el tren. Porque claro,con el paso de la vida, los que sabían de progreso, habían decidido que aquel tren de nuevo debía rugir y pitar, llevando a mucha gente hasta aquella perdida playa. Era una locura colectiva, la que desataba la noticia ,ya que era grandioso que abuelita tuviera su propio tren. Quién mas tenía una abuelita así ? Con sus pocos años, Mauricio que era un niño lleno de alegría, entre besos y aplausos, celebraba a la abuelita por sus maravillosas historias.
Nina era quién mas amaba, entrar en los laberintos que tenía la abuelita. De su mano, segura y dichosa, recorría aquellos sitios misteriosos, porque para los niños, las casas de las abuelas siempre les huelen a secretos, a magia, a zonas pobladas de duendes y de hadas y de miles de cuentos.
Nina, era la imagen de un pequeño angelito, con sus rubias trencitas, coqueta figura, y sonriente carita, amaba pintar sus uñitas de todos colores, rosa amarillo, violeta y llevar en sus carteras aquellos singulares tesoros que una princesita necesita. Ella y Mauricio, como gemelos inseparables, compartían mas que ninguno, los secretos que abuelita les contaba.Y es que Mauri, al contrario de Nina, era un muchachito de grandes ojos negros, piel aceituna y esa picardía propia de quién se sabe encantador. Ante cualquier travesura si abuelita lo miraba con ojos reprobadores, una sonrisa suya, amplia, abierta y espontánea, mandaba por el suelo cualquier intento de ser sancionado.
La abuelita era una mujer jovial, pronta a la risa, amena en sus charlas, pero también una persona de gran temple, que no se doblegaba facilmente ante las dificultades, por ello se la veía a veces silenciosa, introvertida y era entonces, cuando pasaba por esos sitios del recuerdo, donde las voces internas lanzaban sus gritos y llantos reprimidos que tantas mujeres llevan entre sus recuerdos escondidos. Ella amaba sus espacios, sus largas caminatas, sus momentos de meditar sentada y serena ,o le gustaba cantar sacando de su pecho graves y dulces melodías, mientras continuaba con alguna de sus labores. Era muy joven, ese era su aspecto, que ella mantenía cuidando su vida lo mejor que podía; dieta sana, ejercicio y una espiritualidad que compartía con toda aquella persona que se acercaba a su casa, buscando un consejo, o al menos una oreja generosa que atendiera sus desdichas.
Había en el patio de la casa varios árboles de frutas, naranjas, limones y uno de cas, hierbas perfumadas, albahacas, tomillo, perejil y romero, una cantidad inigualable de guarias, moradas y blancas, que en tiempo de floración eran la visita obligada de todas sus amigas, conocidas y vecinas, pues representaban un espectáculo digno de ser visto, compartido y fotografiado.
Pero para Nina y Mauri, la mata de las moras era lo mejor que habían conocido en casa de " Abalita " que era en realidad como Nina con sus dos añitos y otro poquito mas cumplidos, había logrado bautizar a la abuela. Midá Abalita, midá, le decía, mientras caminaba llevándola de la mano, Nina quiere moras.
El patio estaba lleno de pajaritos, y entre ellos los yigüirros con su constante parloteo le llamaban la atenciòn, así naciò una nueva habitante de éste mágico rincòn, Pinta.
Y es que muchas veces para dormir a Mauri o a Nina, Abalita les cantaba toda clase de canciones infantiles, Cucù, cantaba la rana, o Allá en la fuente había un chorrito, Pimpón es un muñeco,etc,etc, pero la preferida era La pájara Pinta.
Cómo podríamos saber que Pinta era una pajarita tan simpática y que se iba a encargar de mantener las moras a punto, para complacer solamente a dos hermosos niños ?
Solo Pinta sabía cuando alguno de los niños iba a venir a casa de Abalita, tan cierto como que cada día amanece, por eso la mata de mora, se esforzaba por tener esas grandes y rojas-moradas frutas. Pinta en su incesante parloteo, piando y brincando, hablaba con la mora, y advertía que debía ofrecer dulces frutos a Nina.
Cuando Nina no estaba, Pinta no dejaba de llamarla, desde el alba se la escuchaba, preguntando por ella, y es que cuando estaban juntas las mejores moras eran solo para ellas.
El tiempo iba
pasando, los niños crecían. Mauri con sus ojazos de caramelo, se fue a
vivir a otro país, y Nina, cuyo pelito color melcocha iba tornándose
dorado, mas oscuro que la miel, comenzó su vida de escolar. Pinta,
dicen que voló muy lejos a otros predios, a otras casas, a jugar con
otros niños.
La abuelita, en
sus ratos de ocio, recuerda esos días maravillosos. También el
tiempo la ha cambiado un poco, camina mas lento, piensa mas que
antes, pero la sonrisa dulce y amorosa que asoma a su cara ante
estos echos que les cuento, la llenan de ese resplandor entre rosado
y violeta que tienen las personas que crecen mucho por dentro, y no se porqué sortilegio parecen más jóvenes.
Vieras que cuando escucho el tren (muy seguido) siempre recuerdo este texto, cuando nos lo leíste por primera vez en tu casa. Es hermoso. No pares de escribir, amiga, tienes muchos talentos.
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