lunes, 4 de noviembre de 2019

Tamales en Navidad

Guillermo Arroyo Muñoz

El paso del tiempo en la época navideña en mi niñez y adolescencia siempre fue placentero, es una época que la vivía como de poco esfuerzo, no había escuela, las vacaciones nos llevaban a los cafetales, las pozas, las plazas o espacios para la mejenga del futbol casi sin reglas, el tiempo se gastaba en el afuera de la casa, los días de mucha luz, entre calor y fríos, los vientos elevaban los papalotes.
Sobre todo me acuerdo cuando llegaba la semana de los tamales navideños, que
iniciaban cuando mi madre nos preparaba para ir al mercado comprar los de los tamales, una aventura a pesar de vivir en los barrios del sur, cerca de San José, no era frecuente viajar a la ciudad, la emoción de subir al bus por unos pocos minutos, ver por sus ventanas y luego caminar por sus calles hasta el mercado, una zona de carretones tirados por personas y por caballos que nos parecían hermosos, mientras el maltrato del trabajo pesado los convertían en jamelgos.
Un espacio muy llenos de personas, animales, gritos, sonidos y por un movimiento son fin, llegamos a un tramo y madre empieza la compara de uno o dos cuartillos de maíz blanco, la cantidad no logro precisar, luego seguía una lista enorme chiles dulces me encantaban sus colores, papas, culantro, apio, hojas de plátano, condimentos cuerdas para amarrar, arroz, y muchas otras cosas más, la carne de cerdo el encargado era mi padre, que la compra en una carnicería de donde es cliente y le dan una buena carne.
Claro todo lo bueno suele traer una parte difícil, llevar las compras a la casa, mi madre tan fuerte como Superman héroe de historietas se encargaba de las más grandes y pesadas y mi hermanillo y yo nos tocaba llevar las otras bolsas hasta la parada de bus, cuando llegaba se iniciaba una lucha por subir similar a la luchar por la vida, eran otros tiempos.
El viaje de regreso era siempre más corto, el bus se detenía cerca de la iglesia del barrio, frente al cafetal, lugar que conocíamos de memoria, en especial donde estaban los árboles de mango, guayaba, nísperos y las manzanas de rosa y de agua.
Ya en la casa se venían días en que mi madre ordenaba y mandaba, los primero el proceso de lavar, lavar, lavar el maíz para luego iniciar la cocinada en el fogón que nuestro padres y hermanos mayores tenían preparado en el fondo del patio, junto con las pilas de leños de todo tipo, eso sí lo más seca posible para reducir humo, en esos tiempos las casas solían tener un patio lo suficientemente grande, los suficiente para tender ropa, sembrar matas, jugar y cocinar en fogones temporales para semana santo y navidad.
Luego algún hermano más grande le toca realizar un a vista que yo no me perdía, llevar el maíz cocinado al molino de don chico, el maíz preparado se vertía en el molino que empezaba a transformar el maíz en un montículo de maza de maíz, y ahí venia el gusto de ir al molino, lograr apoderarse de un poco de maza, no sin las antes recibir las amenazas de mi hermano.
De vuelta en casa, la cocina era una locura organizada donde se cocinaba arroz, carne, papas y todos lo que debería prepararse para los tamales navideños, para llegar al día una larga fila de mesas en el patio permitía organizar la limpieza de hojas y su colocación, la cucharada gigante de masa, y luego todo lo demás arroz, carne, chile, garbanzos y muchas otras cosas, hasta llegar a la zona de los dobladores y finalmente la zona de los que amarran al tamal y lo echan en las enormes ollas con agua en el fogón donde la madera generaba un calor intenso. Yo, fui limpiador de hojas y con el tiempo llegué a ser amarrador de tamales, siempre con la asesoría de los que sabían. A partir de ahí esperaban largas horas alimentando el fuego, tiempo para jugar y oír historias de mi padre, casi siempre de miedo.
Ya en la navidad era tamal con café, almuerzo y cena con tamal por algunos días, también si iniciaba la amistad comunitaria del tamal todas las mamas del barrio iniciaban un continuo caminar de visitas para dejar y recibir tamales de todos los sabres y colores, en el fondo también procuraba una sana competencia por ser reconocida por tener buenos tamales navideños.
El tamal no solo cautivo mi paladar y gusto, sino que por esa boca no solo entro
tamales, sino también el concepto del amor familiar y el placer de l tejido social del intercambio comunitario de tamales. De esa forma se alimentó el cuerpo, pero sobre todo memorias, valores que siguen presentes.

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