lunes, 4 de noviembre de 2019
Mi fascinación
Virginelia Calderón Salas
virgineliac@yahoo.es
Zapote, 13 octubre 2019
Recordar, es volver es a vivir en el recuerdo, momentos que ya se fueron.
Mi pueblo, Paraíso, estaba estrenando por primera vez servicio eléctrico y yo
por segunda vez, estrenaba novio.
En todas casas el comentario, era acerca lo lindo de tener electricidad para el
alumbrado y para oír radio. A nadie se le podía ocurrir usarla para otras
cosas. En la mayoría de ellas habían hecho instalaciones eléctricas muy
rudimentarias porque casi nadie sabía el oficio de electricista.
Mi familia no se quedó atrás, y luego de sacar el permiso correspondiente, en
el ICE, contrató a un hijo de mi padrino Goyo que trabajaba en esa
institución, para que hiciera el trabajo y colocara un bombillo en cada
habitación de casa. Esta tenía un zaguán en el centro y a ambos lados de
éste, tres dormitorios y la sala en el ala norte y un dormitorio para mi
abuelita y la cocina - comedor en el ala sur.
También tenía un espacioso corredor al lado oeste donde por las tardes se
armaba la tertulia, y en ciertas ocasiones veíamos las puestas de sol. En éste,
también se colocó un bombillo más grande, pegado a un benjamín que
colgaba de un cable eléctrico atado a una cercha del techo.
Aquel sábado de diciembre de 1957, ya en vacaciones, mis hermanas
solteras y yo habíamos ido al rosario de las seis de la tarde y regresamos muy
juiciosas y felices después por habernos “copado” con nuestros admiradores.
Mi abuelita había fallecido a principios de año y desde entonces me había ido
a dormir sola al dormitorio que ella dejó.
Al filo de la media noche cuando toda la familia dormía plácidamente,
escuché una música, que al principio me pareció lejana y una vos tierna y
muy romántica que decía:
“Mi fascinación eres tú. La primera que te vi, yo me enamoré locamente de
ti. Solo pido a Dios que me sigas queriendo tanto como yo, mi amor”.
Los serenateros estaban en el corredor. Sí, Pero… la vos del cantante, no era
la de Manuel, ni de ningún conocido.
De un salto me tiré de la cama y de puntillas salí al zaguán. Llegué hasta la
sala que tenía una ventana que daba al corredor, pero, ésta hecha de dos
hojas de madera gruesa comenzó a sonar y no pude abrir el picaporte.
Temerosa de que mi papá se despertara y me cogiera infraganti, empecé el
regreso por el largo zaguán, de puntillas y en el más profundo silencio que ni
un zancudo se oía volar.
En esos momentos de alegría por la serenata y , también de susto porque mis
padres ya se estaban cuchicheando debajo de las cobijas, presagio de la
buena tunda que nos darían, observo a lo lejos a mis hermanas Mina y
Marjorie, que habían logrado pasar por el frente de ellos, sin ser vistas. Al
observar mi sombra vestida blanco, en la penumbra de la noche, se
devolvieron despavoridas, enredándose en cuanto chunche se les ponía por
delante, creyendo que era el alma en pena de mi abuelita Mónica.
Me subí a la cama y envuelta en las cobijas, comencé a simular que roncaba.
Mi papá se levantó furioso y a grandes voces, regañó a mis hermanas y
espantó a los serenateros que ante el temor de ser descubiertos, salieron en
estampida dejando el radio que habían puesto en el benjamín del corredor.
Las notas de la canción se iban apagando muy lentamente: “…La primera que
te vi, yo me enamoré locamente de ti…”. En tanto, entraba la vos del locutor
que decía: Radio Reloj, de Costa Rica. Son las doce de la noche.
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