martes, 2 de junio de 2015

Un día especial



Ese día, en que me gradué en el Área de Letras, fue algo especial. No recuerdo con exactitud que hice el día anterior, pero lo que sí conservo muy bien en la memoria son los días del mes de octubre del año 1968. En primera instancia, ganamos las compañeras y los compañeros el quinto año, por lo cual nos entregaron el Certificado de Conclusión de Estudios Secundarios.
Recuerdo cuando el Profesor-Guía, don Carlos Salazar Cordero (de grata memoria), ingresó al aula a impartir sus clases de Español y ahí, simplemente, nos entregó el diploma.
Ese hecho, y el haber estado cinco años en el colegio, eran mínima cosa a la par de lo que íbamos a enfrentar de ahora en adelante; nos enfrentaríamos a un reto: estudiar, hacer un gran repaso de las materias que, a lo largo de cinco años habíamos cursado en la secundaria.
Este día las carreras empezaron desde muy temprano, mi amiga y compañera Sandra con quien estudié para los exámenes de Bachillerato, me instó para que fuéramos al salón de belleza a arreglarnos las uñas y a hacernos un lindo peinado. Por tratarse de una ocasión especial, nos dirigimos al centro de San José a buscar el salón, aunque hubiese sido lo mismo arreglarnos en Hatillo, pero ni modo, accedí a la propuesta.
Vivíamos entonces en Hatillo, ella en el No-1 y yo en mi Hatillo Centro- mi Hatillo viejo natal. Ella llegó con su familia cuando el INVU urbanizó en las tierras que antes ocuparon las fincas cafetaleras. Muy entusiasmadas, nos dirigimos muy temprano para “Arriba”, como solíamos decir cuando íbamos al Centro de San José, porque ¡menuda cuesta se debía de subir a la altura del río María Aguilar! Quedamos de vernos en el Cruce, lugar llamado así porque los buses del distrito de Hatillo y del cantón de Alajuelita, que venían de San José viajaban en dirección oeste -los de Hatillo 1- los de Hatillo Centro y Alajuelita lo hacían sentido sur y los del Bo. Sagrada Familia en sentido norte. En mis incipientes recuerdos creo que abordamos un bus del vecino cantón, porque la empresa de buses de Hatillo no prestaba un buen servicio.
Por fin, llegamos al salón de belleza de la Macha. Teníamos que esperar como una o dos horas para que nos atendiera, porque solamente ella hacía todo. La Macha duró en el conocido manicure como media hora y en los peinados lo mismo, porque los hizo tipo bomba y no como moño ni en bucles, porque si no hubiera tardado más tiempo. Las uñas, que yo me había dejado crecer para la ocasión, me las pintó con un color claro, al igual que a mi compañera.
Salimos muy contentas del salón; mi compañera fue a hacer unas compras y la acompañé, pero yo lo que deseaba y en lo que no dejaba de pensar era el momento en el cual recibiría el Bachillerato.
Cada una nos fuimos para la casa a preparar el uniforme, aunque en mi caso ya estaba prácticamente listo desde el día anterior. Mi abuelita materna y mi mamá, desde muy niña me habían enseñado a lavarlo, engomar el cuello y puños de la camisa- blusa porque era de manga larga y tarea ardua aplanchar la enagua de paletones, la cual se debía de retocar y yo, incómoda con mis uñas larguitas. Sin embargo, todo estuvo listo a tiempo.
Mis papás tenían la invitación para las cinco de la tarde, pero el acto de clausura se realizaba a las seis o siete.
No sé cómo alcanzó el día para hacer tantas cosas y todo se hizo con puntualidad. A eso de las cuatro de la tarde, tomamos el rumbo hacia la Sabana, lugar donde se ubicaba el Teatro del Conservatorio Castella.
Al llegar, mi emoción era tal que casi no recuerdo que ocurrió en el recinto cuando se llevó a cabo el acto de graduación, nos acomodaron en dos filas para ingresar y al son de la Marcha Triunfal de la Ópera Aida (conocida como Los Vencedores) caminamos lentamente hasta acomodarnos en los asientos del Teatro.
Por fin nos entregaron los títulos, ¡qué emoción!, algunos lloraban, otros sonreían, los padres y madres felices, los profesores y demás familiares, también.
Al final, vino la sesión de fotos y luego degustamos un refrigerio.

Virginia Murillo Montero


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