Ese
día, en que me gradué en el Área de Letras, fue algo especial. No
recuerdo con exactitud que hice el día anterior, pero lo que sí
conservo muy bien en la memoria son los días del mes de octubre del
año 1968. En primera instancia, ganamos las compañeras y los
compañeros el quinto año, por lo cual nos entregaron el Certificado
de Conclusión de Estudios Secundarios.
Recuerdo
cuando el Profesor-Guía, don Carlos Salazar Cordero (de grata
memoria), ingresó al aula a impartir sus clases de Español y ahí,
simplemente, nos entregó el diploma.
Ese
hecho, y el haber estado cinco años en el colegio, eran mínima cosa
a la par de lo que íbamos a enfrentar de ahora en adelante; nos
enfrentaríamos a un reto: estudiar, hacer un gran repaso de las
materias que, a lo largo de cinco años habíamos cursado en la
secundaria.
Este
día las carreras empezaron desde muy temprano, mi amiga y compañera
Sandra con quien estudié para los exámenes de Bachillerato, me
instó para que fuéramos al salón de belleza a arreglarnos las uñas
y a hacernos un lindo peinado. Por tratarse de una ocasión especial,
nos dirigimos al centro de San José a buscar el salón, aunque
hubiese sido lo mismo arreglarnos en Hatillo, pero ni modo, accedí a
la propuesta.
Vivíamos
entonces en Hatillo, ella en el No-1 y yo en mi Hatillo Centro- mi
Hatillo viejo natal. Ella llegó con su familia cuando el INVU
urbanizó en las tierras que antes ocuparon las fincas cafetaleras.
Muy entusiasmadas, nos dirigimos muy temprano para “Arriba”, como
solíamos decir cuando íbamos al Centro de San José, porque ¡menuda
cuesta se debía de subir a la altura del río María Aguilar!
Quedamos de vernos en el Cruce, lugar llamado así porque los buses
del distrito de Hatillo y del cantón de Alajuelita, que venían de
San José viajaban en dirección oeste -los de Hatillo 1- los de
Hatillo Centro y Alajuelita lo hacían sentido sur y los del Bo.
Sagrada Familia en sentido norte. En mis incipientes recuerdos creo
que abordamos un bus del vecino cantón, porque la empresa de buses
de Hatillo no prestaba un buen servicio.
Por
fin, llegamos al salón de belleza de la Macha. Teníamos que esperar
como una o dos horas para que nos atendiera, porque solamente ella
hacía todo. La Macha duró en el conocido manicure como
media hora y en los peinados lo mismo, porque los hizo tipo
bomba y no como moño ni en bucles, porque si no hubiera tardado
más tiempo. Las uñas, que yo me había dejado crecer para la
ocasión, me las pintó con un color claro, al igual que a mi
compañera.
Salimos
muy contentas del salón; mi compañera fue a hacer unas compras y
la acompañé, pero yo lo que deseaba y en lo que no dejaba de pensar
era el momento en el cual recibiría el Bachillerato.
Cada
una nos fuimos para la casa a preparar el uniforme, aunque en mi caso
ya estaba prácticamente listo desde el día anterior. Mi abuelita
materna y mi mamá, desde muy niña me habían enseñado a lavarlo,
engomar el cuello y puños de la camisa- blusa porque era de manga
larga y tarea ardua aplanchar la enagua de paletones, la cual se
debía de retocar y yo, incómoda con mis uñas larguitas. Sin
embargo, todo estuvo listo a tiempo.
Mis
papás tenían la invitación para las cinco de la tarde, pero el
acto de clausura se realizaba a las seis o siete.
No
sé cómo alcanzó el día para hacer tantas cosas y todo se hizo con
puntualidad. A eso de las cuatro de la tarde, tomamos el rumbo hacia
la Sabana, lugar donde se ubicaba el Teatro del Conservatorio
Castella.
Al
llegar, mi emoción era tal que casi no recuerdo que ocurrió en el
recinto cuando se llevó a cabo el acto de graduación, nos
acomodaron en dos filas para ingresar y al son de la Marcha Triunfal
de la Ópera Aida (conocida como Los Vencedores) caminamos lentamente
hasta acomodarnos en los asientos del Teatro.
Por
fin nos entregaron los títulos, ¡qué emoción!, algunos lloraban,
otros sonreían, los padres y madres felices, los profesores y demás
familiares, también.
Al
final, vino la sesión de fotos y luego degustamos un refrigerio.
Virginia
Murillo Montero
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