Llegué
a tener una gran familia. Un esposo y cuatro hijas. Éramos seis en
total quienes compartíamos una buena casa, un estilo de vida,
bastantes años en compañía.
Ante
una vida difícil, los que éramos ya no fuimos. Sin armonía, sin
respeto sin límites y mucha agresión, aquel núcleo de personas
tuvo que enfrentar cambios definitivos, tomar caminos diversos,
desaprender lo que se suponía era tal cual se había dicho, en fin,
lo que se llama resolver la vida.
Con
hijas ya con cédula, ya adultas, vi cómo se iban de mi lado,
empeñadas en resolver lo suyo, formando nuevas familias. En cosa de
un año, se casaron ambas y también nació Daniela. Fue ahí cuando
se dio mi divorcio, saliendo de lo que fuera mi casa y mi vida,
apenas con algunos enseres de casa, bolsas con la ropa y de la mano
de mis dos hijas menores. Salimos casi cómo habíamos llegado al
mundo, con mucha pobreza, pero decididas a ser felices. Con todas las
dificultades de empezar una vida tan distinta a la que conocíamos,
comenzamos por aprender a dormir por las noches. A cuidar unas de
otras, a ser honestas y veraces, informándonos con precisión donde
y con quién estábamos. Lo logramos a base de una hoja de papel,
donde cada una anotaba y leía, la información de nuestras
actividades.
El
tiempo fue trayendo cantidad de vivencias. Situaciones, personas,
aprendizajes de todo tipo y una gran unión entre nosotras.
Por
la gracia de mis padres, por el empeño de mamá, llegó un día en
que estrenamos nuestra casa propia. Diseñada con esmero por mi
hermano, la nueva casa tuvo el nombre * de Casa de los Milagros *
única forma de poder explicar y entender, cómo de la casi nada, se
construye mi hermosa casa.
Llena
de áreas verdes, donde yo desde entonces me he dedicado a cultivar
mis plantas, mis flores, mis guarias. Cada una de nosotras tres, con
su propio cuarto, su propio espacio, disfrutando la maravilla de
tener un lugar para vivir, donde sólo Dios o la muerte, te pueden
sacar de acá. Esa fue la categórica expresión con que mamá me la
dió.
Pasamos
a sentirnos libres, dichosas disfrutando nuestro ambiente. Los nietos
siguieron llegando; Gabriel, Ximena y Diego. Sus pequeñas figuras y
sus anécdotas memorables, llenaron de risas y color la casa, la
vida.
El
tiempo corría. Mi hija menor decide casarse. Así quedamos en la
casa solo dos personas. Imagino que por lo singular de las cosas, mi
hija tercera y yo, nos refugiamos en ser mas compañeras una de otra,
como una forma de sortear las circunstancias.
Ya
papá había muerto. Solo quedaba mamá, muy enferma, muy disminuida.
Ella que tanto empeño había tenido en dejarme a mi la mayoría de
las cosas resueltas, luchó por prolongar su vida, negando la
cercanía de la amiga muerte, obsesionada por llevar a cabo
resoluciones que ya eran imposibles de lograr. Mis hijas fueron muy
queridas por ella, llegando a darles todo lo material posible en esos
años, de tanta lucha, de tanto esfuerzo. Veía a mis tres hijas
casadas, por lo que oraba y oraba por aquella que aún no encontraba
al compañero de su vida. Un día su cuerpo se dio por vencido,
descansando finalmente en los brazos del que nos da la Vida. Muy
llorosa estaba yo en aquel lugar donde se velan los muertos, buscando
el apoyo de mi hermano, cuando sentí que alguien me miraba con
insistencia. Era un muchacho al que yo no había visto nunca. Pronto
mi hija soltera se acerca y me dice al oído: mamá aquel que está
sentado allá, es un muchacho con el que empecé a salir. Voltié y
miré. Era el mismo que me observaba. Y por mi mente pasó ésta
idea; ayyy se me casa también ésta hija.
En
broma y en serio dijimos desde entonces que mamá finalmente había
traído el compañero de vida para mi última hija soltera. Pasó
justo un año cuando entregué a mi hija. Había que ir con
profesionales que nos peinaran y nos maquillaran. De manera que desde
horas antes tuvimos que salir de nuestra casa y trasladarnos a la de
otra de mis hijas, donde sería la sede de todos éstos menesteres.
Montaron en el carro, los trajes de novia y el mío, también el
equipaje que mi hija llevaría en su viaje de bodas. Ahí sentada,
entendí que mi hija abandonaba nuestra casa, en pos de su nueva
vida. Un llanto profuso e insistente se adueñó de mi. No encontraba
forma de calmarme. La maquillista y quién nos peinaría, tuvieron
que hacer magia conmigo para detener mi llanto y borrar ambas, los
estragos de aquel diluvio de lágrimas y disimular los ojos
abotagados de tanto llorar.
Hicieron
excelente trabajo. Cuando miro las fotos de la boda, mi cara está
risueña y de verdad no se ven las huellas del llanto de la tarde.
Esa
noche, entre los espumantes que yo había bebido, regresé a mi casa.
Abrí la puerta y un silencioso aire me envolvió…
Si….ese
fue el día en que yo empecé a vivir sola….
Lia
Ferreto.
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