Despuntaba
la década de los 60s y en San José apenas se empezaban a
vislumbrar algunos cambios, estaba en construcción la autopista
Wilson, hoy Bernardo Soto que nos llevaría hasta Alajuela y
viceversa, a pesar de todo, el puente sobre el Río Virilla no tenía
problemas con la ya reconocida, famosa y aun no galardonada platina.
Daba
inicio el ensanchamiento de la Avenida Segunda, hoy bautizada con el
nombre del Libertador y Benemérito de la Patria Juan Rafael Mora
Porras (don Juanito), ya se contaba con el tramo que iba desde el
costado oeste del Hospital San Juan de Dios, hasta la Cañada, es
decir desde calle 14 hasta la calle 8.
En
ese tiempo por nuestras principales arterias era común encontrarse a
un personaje muy querido por todos los josefinos, me refiero a un
viejito de pelo ensortijado, lleno de serrín, con sus raídas ropas
y su infaltable saco de color azul, de ahí el origen del alias por
el que era conocido.
Nuestro
personaje era un hombre de baja estatura, vivía o dormía en el
aserradero que quedaba al costado norte de la Estación al Pacífico,
lo recuerdo con un gran cariño.
En
torno a esa figura se tejieron una cantidad de versiones por la forma
en que vivía alejado de su familia; algunos sostenían que era
miembro de una familia muy adinerada. Recuerdo escuchar que
“Azulito” era un excelso ejecutante del piano, otros decían que
su estado de enajenación era consecuencia de un maleficio que le
echó una novia que tuvo.
Lo
cierto del caso es que era un personaje muy singular, sobre su
espalda siempre traía un saco de gangoche lleno de cosas que juntaba
o le regalaban, era un hombre bonachón y de enormes sentimientos
porque, a pesar de sus limitaciones cuando uno le pedía que le
regalara un cinco, sí, 0,05 céntimos, con un gran desprendimiento
cogía lo que traía en las bolsas de su saco o del pantalón y se lo
entregaba a uno íntegramente.
“Azulito”
muy a su estilo fue un hombre feliz, a pesar de sus carencias nunca
lo escuche quejarse de su condición; por eso, con nostalgia recuerdo
que aun siendo un niño, yo pasaba por el frente o el costado de
aquel aserradero para ver a ése individuo que me llamaba tanto la
atención.
Gracias
amigo por haber sido un ser tan especial, con tu comportamiento
calaste en los surcos de mi memoria y en la de muchos niños,
adolescentes, jóvenes y adultos que te conocimos.
Ricardo Jiménez
García
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