miércoles, 3 de junio de 2015

La contradicciòn

Sobre la banda contínua que mueve éste cuerpo, jalándolo indolente sin saber si puede o no caminar correr o solo dejarse llevar, me sujeto con fuerza de sus lados, para no desfallecer y luego caer o aún peor, que la banda continúe su marcha sin importarle si sigo encima o quedé tirada de cabeza entre la otras máquinas del salón del gimnasio.
Con la mirada de una persona muy segura de si misma, trato contra viento y marea, que no transmita a los otros, la dificultad en que me encuentro. Sonrío a quienes me saludan, segura de que toda la expresión corporal es de gran agilidad, ligereza y una juventud a prueba de almanaques.
El sudor va perlando mi frente, la sed comienza a pedirme mas agua. Y voy sintiendo que pasados los primeros diez minutos, el cuerpo empieza a acordarse de cómo era caminar como en otros tiempos. La respiración se vuelve mas calma, el paso mas ligero , el dolor da espacio a la alegría y por fin, caminando , caminando, otra vez sumo dos kilómetros a mi actividad semanal.
Ahora camino en grupo entre los senderos del Campus Universitario. Voy lenta, las piernas pesan mucho, una rigidez frena el paso rápido de aquel cuerpo joven y dinámico, que solía hacer largas caminatas. Imposible no renquear o moverme con ese balanceo que tienen los patos o tal vez mi lora. Despacio, despacio, es la edad de lo lento y mesurado. Me detengo y tomo aire, ahh, si tan solo continuara yo por siempre caminando, hasta el final de mis días, hasta que la vida se acabe, acaso es pedir tanto? Acomodo mi bolso que he atravesado sobre mi pecho, lo acomodo hacia mi espalda, porque ahí el peso parece alivianarse.
Miro los árboles fuertes, hermosos, tan altos, hago algunas fotos y sonrío feliz al pensar que dichosa soy de caminar tanto.
Lia Ferreto.
Mayo, 2015.

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