Sobre
la banda contínua que mueve éste cuerpo, jalándolo indolente sin
saber si puede o no caminar correr o solo dejarse llevar, me sujeto
con fuerza de sus lados, para no desfallecer y luego caer o aún
peor, que la banda continúe su marcha sin importarle si sigo encima
o quedé tirada de cabeza entre la otras máquinas del salón del
gimnasio.
Con la mirada de una
persona muy segura de si misma, trato contra viento y marea, que no
transmita a los otros, la dificultad en que me encuentro. Sonrío a
quienes me saludan, segura de que toda la expresión corporal es de
gran agilidad, ligereza y una juventud a prueba de almanaques.
El sudor va perlando mi
frente, la sed comienza a pedirme mas agua. Y voy sintiendo que
pasados los primeros diez minutos, el cuerpo empieza a acordarse de
cómo era caminar como en otros tiempos. La respiración se vuelve
mas calma, el paso mas ligero , el dolor da espacio a la alegría y
por fin, caminando , caminando, otra vez sumo dos kilómetros a mi
actividad semanal.
Ahora camino en grupo
entre los senderos del Campus Universitario. Voy lenta, las piernas
pesan mucho, una rigidez frena el paso rápido de aquel cuerpo joven
y dinámico, que solía hacer largas caminatas. Imposible no renquear
o moverme con ese balanceo que tienen los patos o tal vez mi lora.
Despacio, despacio, es la edad de lo lento y mesurado. Me detengo y
tomo aire, ahh, si tan solo continuara yo por siempre caminando,
hasta el final de mis días, hasta que la vida se acabe, acaso es
pedir tanto? Acomodo mi bolso que he atravesado sobre mi pecho, lo
acomodo hacia mi espalda, porque ahí el peso parece alivianarse.
Miro los árboles
fuertes, hermosos, tan altos, hago algunas fotos y sonrío feliz al
pensar que dichosa soy de caminar tanto.
Lia Ferreto.
Mayo, 2015.
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