No sucedía con
frecuencia. Porque cuando había una fecha relevante, de seguro
esperábamos todos su elaboración.
A la mañana
tempranito, con todos los ingredientes listos con antelación, fuera
de refrigeración para que la temperatura ambiente ayudara a lograr
una mayor calidad, ese día que posiblemente era sábado, comenzaba a
escucharse el sonido de diferentes peroles en la cocina.
Rezando también para
que el clima frío y húmedo de aquel antiguo Cartago, no dificultara
además el proceso, mamá se ponía su delantal de manta, bordado
primorosamente por las incansables manos de Yeya, la señora aquella
postrada por décadas inmóvil en su cama, de ojos tan vivaces y
lengua ligera que comentaba todo lo que aquella sociedad cartaginesa
trataba de ocultar sobre las andanzas de sus gentes, pero que
inevitablemente terminaban siendo la comidilla que sustentaba los
encuentros entre sus habitantes. Decían que Yeya, ante la evidencia
de saberse traicionada por su esposo, en represalia, no abandonó
nunca mas su cama. Perdió la movilidad de sus miembros inferiores,
pero gozaba de ser visitada por una cantidad impresionante de mujeres
que la adoraban y la acompañaban por largos ratos. Mamá era una de
esas. Así yo de su mano entraba a su cuarto sin perder el extraño
efecto que ella en mi causaba, mezcla de miedo y curiosidad. De las
miles de piezas en manta que bordaba, aún conservo algunas
servilletas y limpiones.
Una montañita de
harina, mantequilla suavecita, leche tibia, huevos de gallina casada,
una esponjada levadura , azúcar y el aromático anís, empezaban
entre las manos a mezclarse formando hilos pegajosos, que con mas
harina los liberaba de sus dedos. Arriba, abajo, sobre aquella
superficie enharinada, la mezcla iba siendo vencida por aquel extraño
forcejeo, tomando un aspecto menos huloso, hasta convertirse en una
masa elástica, de un bello tono amarillo suave. Entonces venía el
tiempo de dejarla crecer. Era ahora donde el clima tomaba su papel
preponderante, del que dependía que la masa creciera mas rápido.
Después de un largo
tiempo cuchillo en mano, dividía ella la masa en porciones iguales,
formando con cada parte una bola de una forma que solo mamá sabía
darle. De nuevo colocadas en una bandeja y en una zona donde no les
diera el viento, barnizadas con huevo batido las bellas bolas de pan,
esperaban a que volvieran a doblar su tamaño. Yo admiraba aquel
proceso y la forma hermosa que las hogazas de pan iban tomando.
Llegaba el momento de
la horneada, a cuántos santos bajaba mamá de sus cómodas nubes
pidiéndoles que por favor crecieran muy hermosos y no quedaran
crudos por dentro, pues a veces el violento horno, jugaba malas
pasadas al dorarlos de inmediato, pero su interior necesitaba de mas
tiempo.
En una canasta grande
forrada en limpiones gruesos se colocaban las hogazas de aquel pan
tan delicioso que era una fiesta para todos los sentidos. Tajadearlo,
poniéndole encima rica mantequilla era un placer para todo comensal
que llegara a mi casa.
Mamá adoraba decir
siempre; no hay nada mas lindo que despertar por la mañana y saber
que hay pan dulce para desayunar.
Cierro mis ojos y me
llega a la boca su esponjosa textura, su sabor inconfundible de anís.
Aquel olor a pan dulce
….
Lia Ferreto M.
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