miércoles, 3 de junio de 2015

Aquel olor a….


No sucedía con frecuencia. Porque cuando había una fecha relevante, de seguro esperábamos todos su elaboración.
A la mañana tempranito, con todos los ingredientes listos con antelación, fuera de refrigeración para que la temperatura ambiente ayudara a lograr una mayor calidad, ese día que posiblemente era sábado, comenzaba a escucharse el sonido de diferentes peroles en la cocina.
Rezando también para que el clima frío y húmedo de aquel antiguo Cartago, no dificultara además el proceso, mamá se ponía su delantal de manta, bordado primorosamente por las incansables manos de Yeya, la señora aquella postrada por décadas inmóvil en su cama, de ojos tan vivaces y lengua ligera que comentaba todo lo que aquella sociedad cartaginesa trataba de ocultar sobre las andanzas de sus gentes, pero que inevitablemente terminaban siendo la comidilla que sustentaba los encuentros entre sus habitantes. Decían que Yeya, ante la evidencia de saberse traicionada por su esposo, en represalia, no abandonó nunca mas su cama. Perdió la movilidad de sus miembros inferiores, pero gozaba de ser visitada por una cantidad impresionante de mujeres que la adoraban y la acompañaban por largos ratos. Mamá era una de esas. Así yo de su mano entraba a su cuarto sin perder el extraño efecto que ella en mi causaba, mezcla de miedo y curiosidad. De las miles de piezas en manta que bordaba, aún conservo algunas servilletas y limpiones.
Una montañita de harina, mantequilla suavecita, leche tibia, huevos de gallina casada, una esponjada levadura , azúcar y el aromático anís, empezaban entre las manos a mezclarse formando hilos pegajosos, que con mas harina los liberaba de sus dedos. Arriba, abajo, sobre aquella superficie enharinada, la mezcla iba siendo vencida por aquel extraño forcejeo, tomando un aspecto menos huloso, hasta convertirse en una masa elástica, de un bello tono amarillo suave. Entonces venía el tiempo de dejarla crecer. Era ahora donde el clima tomaba su papel preponderante, del que dependía que la masa creciera mas rápido.
Después de un largo tiempo cuchillo en mano, dividía ella la masa en porciones iguales, formando con cada parte una bola de una forma que solo mamá sabía darle. De nuevo colocadas en una bandeja y en una zona donde no les diera el viento, barnizadas con huevo batido las bellas bolas de pan, esperaban a que volvieran a doblar su tamaño. Yo admiraba aquel proceso y la forma hermosa que las hogazas de pan iban tomando.
Llegaba el momento de la horneada, a cuántos santos bajaba mamá de sus cómodas nubes pidiéndoles que por favor crecieran muy hermosos y no quedaran crudos por dentro, pues a veces el violento horno, jugaba malas pasadas al dorarlos de inmediato, pero su interior necesitaba de mas tiempo.
En una canasta grande forrada en limpiones gruesos se colocaban las hogazas de aquel pan tan delicioso que era una fiesta para todos los sentidos. Tajadearlo, poniéndole encima rica mantequilla era un placer para todo comensal que llegara a mi casa.
Mamá adoraba decir siempre; no hay nada mas lindo que despertar por la mañana y saber que hay pan dulce para desayunar.
Cierro mis ojos y me llega a la boca su esponjosa textura, su sabor inconfundible de anís.
Aquel olor a pan dulce ….


Lia Ferreto M.
Mayo, 2015.


















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