Virginia Murillo Montero
Existen
diferentes tipos de olores…; los que emanan de los productos
comestibles, cosméticos, químicos; los diferentes olores
característicos de los animales, de las personas, etc.
Un
olor puede ser agradable, dulce, amargo, fuerte, suave; también
desagradable, que nos produce diversas sensaciones: dolor de cabeza,
un sabor quemante en la garganta, ardor en las fosas nasales, mareos,
etc. Las personas los pueden percibir en diferentes formas, aunque
la mayoría los captan con las características particulares de cada
olor.
Yo
percibo varios olores que me gustan, son agradables a mi olfato,
otros no. Algunos me llegan inmediatamente, aunque se encuentren
lejanos al lugar en que me encuentro, debido a una afección en mis
fosas nasales.
La
reina de la noche crece en arbustos y troncos de los árboles
aledaños a las antiguas cercas de madera o de alambres de púa. Las
mismas se parecen a las azucenas, que despiden un suave olor por la
noche y perduran más durante el día. También conocida como jazmín
de noche, cestrum nocturnum, dama de noche, cactus trepador.
Un
olor que me llamó siempre la atención precisamente fue el que
emanaba de esta planta, cuyas flores en el día se veían de un
color rosa – pálido, como marchitas. Al acercarse la noche iban
abriendo sus flores alargadas, blancas y poco a poco despedían un
fuerte olor que se expandía por todo el patio, el cual llegaba
hasta las habitaciones de la casa. A mí me encantaba ese olor y a
veces no me podía dormir porque mis grandes fositas nasales,
percibían mucho los olores, más ese de la flor Reina tan especial.
A algunas personas les producía un mareo hasta que caían en un
profundo sueño.
Este
olor siempre lo asocié con la penumbra de la noche que envolvía el
cuarto en que dormía, yo veía todo negro, contrapuesto a la hermosa
flor blanca que estaba en el patio. Cuando empezaba a oscurecer, yo
me acercaba a mi flor enigmática, la contemplaba largamente
esperando que se abriera como una pequeña sombrilla blanca, amarilla
o rosada, Pero era blanca, grande, hermosa y en las noches de luna
llena se iluminaba con un resplandor; como que la flor reflejaba la
luz de la luna y se veía blanca, tan blanca, aún más blanca, que
opacaba las demás flores rosadas, amarillas, rojas. El contraste con
la negra noche era espectacular, todo el solar negro con las ramas de
los árboles moviéndose y ella quieta, apacible, orgullosa,
dejándose contemplar por chiquillas traviesas que deseaban cortarla
y ponerla en un florero para que luciera en el comedor de la casa. Y
despidiendo ese olor, que olía a todo y a nada, olía tanto que era
característico en todos nuestros hogares, que a cierta hora las más
grandes decían: - “¡Ay no!” “¡Qué olor el de esa flor, ya
me tiene mareada!” Era dulce y atraía a los mosquitos para su
polinización.
Mientras
mis pensamientos corrían, sentía el suave y fresco olor, muy
cercano a mí, que poco a poco recorría todo el solar y penetraba a
la casa. Mi mamá me volvía a la realidad al llamarme para que me
fuera a dormir: - “¡Otra vez Vicky con la reina!” –“¡Vení,
vení que te va a hacer daño el sereno!” – “¡Ya voy Mami que
me estoy despidiendo!” Si…, yo me despedía de mi bella flor
blanca, le decía: “quédate así, linda, tenés que amanecer
igual, no te vas a marchitar antes de que yo llegue”. “¡Acordate
que sos La Reina de la Noche!”
Poco
a poco conciliaba el sueño y yo veía con mis ojos abiertos primero
y luego cerrados la negritud de la noche y la imponente blancura de
mi Reina. A veces me despertaba sobresaltada sin saber por qué y me
veía en las penumbras de la noche con la flor cercana al arbusto
que colgaba de la cerca del vecino. Pensaba en el amanecer y creía
ver a la reina
marchitándose poco a poco.
A
veces por la mañana las cortaba y las colocaba en un florero y ya su
olor se extinguía y su hermosa blancura desaparecía.
La
reina de la noche era color, olor, mansedumbre; era negro y blanco.
Era noche y día. Su efímera y larga vida nos asemeja con los seres
humanos, nacemos y morimos –sí-. Nos caemos y nos levantamos- por
su producción continua de otras flores, ¡la reina nacía y moría;
moría y volvía a nacer!
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