jueves, 4 de junio de 2015

NACÍA Y MORÍA - MORÍA Y VOLVÍA A NACER


Virginia Murillo Montero

Existen diferentes tipos de olores…; los que emanan de los productos comestibles, cosméticos, químicos; los diferentes olores característicos de los animales, de las personas, etc.
Un olor puede ser agradable, dulce, amargo, fuerte, suave; también desagradable, que nos produce diversas sensaciones: dolor de cabeza, un sabor quemante en la garganta, ardor en las fosas nasales, mareos, etc. Las personas los pueden percibir en diferentes formas, aunque la mayoría los captan con las características particulares de cada olor.
Yo percibo varios olores que me gustan, son agradables a mi olfato, otros no. Algunos me llegan inmediatamente, aunque se encuentren lejanos al lugar en que me encuentro, debido a una afección en mis fosas nasales.
La reina de la noche crece en arbustos y troncos de los árboles aledaños a las antiguas cercas de madera o de alambres de púa. Las mismas se parecen a las azucenas, que despiden un suave olor por la noche y perduran más durante el día. También conocida como jazmín de noche, cestrum nocturnum, dama de noche, cactus trepador.
Un olor que me llamó siempre la atención precisamente fue el que emanaba de esta planta, cuyas flores en el día se veían de un color rosa – pálido, como marchitas. Al acercarse la noche iban abriendo sus flores alargadas, blancas y poco a poco despedían un fuerte olor que se expandía por todo el patio, el cual llegaba hasta las habitaciones de la casa. A mí me encantaba ese olor y a veces no me podía dormir porque mis grandes fositas nasales, percibían mucho los olores, más ese de la flor Reina tan especial. A algunas personas les producía un mareo hasta que caían en un profundo sueño.
Este olor siempre lo asocié con la penumbra de la noche que envolvía el cuarto en que dormía, yo veía todo negro, contrapuesto a la hermosa flor blanca que estaba en el patio. Cuando empezaba a oscurecer, yo me acercaba a mi flor enigmática, la contemplaba largamente esperando que se abriera como una pequeña sombrilla blanca, amarilla o rosada, Pero era blanca, grande, hermosa y en las noches de luna llena se iluminaba con un resplandor; como que la flor reflejaba la luz de la luna y se veía blanca, tan blanca, aún más blanca, que opacaba las demás flores rosadas, amarillas, rojas. El contraste con la negra noche era espectacular, todo el solar negro con las ramas de los árboles moviéndose y ella quieta, apacible, orgullosa, dejándose contemplar por chiquillas traviesas que deseaban cortarla y ponerla en un florero para que luciera en el comedor de la casa. Y despidiendo ese olor, que olía a todo y a nada, olía tanto que era característico en todos nuestros hogares, que a cierta hora las más grandes decían: - “¡Ay no!” “¡Qué olor el de esa flor, ya me tiene mareada!” Era dulce y atraía a los mosquitos para su polinización.
Mientras mis pensamientos corrían, sentía el suave y fresco olor, muy cercano a mí, que poco a poco recorría todo el solar y penetraba a la casa. Mi mamá me volvía a la realidad al llamarme para que me fuera a dormir: - “¡Otra vez Vicky con la reina!” –“¡Vení, vení que te va a hacer daño el sereno!” – “¡Ya voy Mami que me estoy despidiendo!” Si…, yo me despedía de mi bella flor blanca, le decía: “quédate así, linda, tenés que amanecer igual, no te vas a marchitar antes de que yo llegue”. “¡Acordate que sos La Reina de la Noche!”
Poco a poco conciliaba el sueño y yo veía con mis ojos abiertos primero y luego cerrados la negritud de la noche y la imponente blancura de mi Reina. A veces me despertaba sobresaltada sin saber por qué y me veía en las penumbras de la noche con la flor cercana al arbusto que colgaba de la cerca del vecino. Pensaba en el amanecer y creía ver a la reina marchitándose poco a poco.
A veces por la mañana las cortaba y las colocaba en un florero y ya su olor se extinguía y su hermosa blancura desaparecía.
La reina de la noche era color, olor, mansedumbre; era negro y blanco. Era noche y día. Su efímera y larga vida nos asemeja con los seres humanos, nacemos y morimos –sí-. Nos caemos y nos levantamos- por su producción continua de otras flores, ¡la reina nacía y moría; moría y volvía a nacer!


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