Nací y me criaron en un pueblito
montañés llamado La Unión de San Francisco de la Tierra, en el
hogar de campesinos de buen nombre y conocidos por ser buenos vecinos
y buenos trabajadores del campo. En La Unión, el problema de una
familia era el problema de todos. En realidad éramos todos una
familia a la orden para cada quien en las buenas y en las malas. En
esta época de mi vida, el tiempo transcurrió de manera tranquila y
placentera en mis días de infancia y por todo el transcurso hasta el
quinto año de colegio.
Ya en el colegio, había que pedir
para viajar por cortesía del carro del transporte de la leche. De
esta manera, llegaba yo al Liceo en Carvajal de La Unión. Durante
mi época colegial, el espíritu tranquilo del pueblo fue cediendo
lugar a eventos y pensamientos más mundanos; influencia y estímulos
de otras latitudes. En esos días, todos mis sentidos se abrían a
experimentar. En particular, llamaba a mi atención aquellos olores
diferentes que percibía pues eran, para mí, desconocidos o
desapercibidos cuando pensaba en mi pueblo. Esas sensaciones eran
nuevas; me olía a nuevo.
¿Hoy, en retrospectiva me pregunto
qué eran esas sensaciones? ¿Cómo describir esas sensaciones que
traen recuerdos que marcaron mi vida para bien o para mal? En una
jerarquía de importancia, intento describir lo que era ese olor
nuevo. Empecé a descubrir y practicar una jerga citadina, porque la
forma de hablar que heredé de mi casa no encajaba para socializar en
la capital. No sentía pena alguna de mi forma de expresión materna.
Caló fuerte y profundo lo que ofrecía esa cultura icónica de
finales de los 60´s y principios de los 70´s, lo que encajaba en mi
nuevo juego de valores.
Terminada esta etapa del colegio, y
debido a que cada día que pasaba veía más lejana mi vida en mi
pueblo, se presenta la oportunidad de estudiar en una universidad.
Otro olor muy característico define esta nueva etapa de cosas nuevas
y diferentes. No había alternativa, tenía que pensar en vivir en la
capital para alejarme de aquellas promesas y convicciones de lo que
me decía mi familia que era la seguridad y la estabilidad del campo.
Estos nuevos estímulos fueron cambiando valores y me fueron
transformando. Antes era en mi pueblo un niño y joven educado,
privilegiado porque me respaldaba una familia de buen nombre, después
era un muchacho de campo, que se aventuró a dejar todo atrás para
experimentar los variados aromas de la ciudad, junto a otros aromas
que se asoman, esto es olor a incienso, que asocio con lo desconocido
del universo. Los olores naturales del campo muy característicos de
riqueza y seguridad, vienen a ser sustituidos por el olor a nuevo, a
lo desconocido a lo porvenir. En cada viaje a la ciudad, se iba
pronunciando más y más la lejanía con aquellas cosas que me habían
visto crecer.
Experimenté por primera vez las
cosas que iban a cambiar mi vida. Con la aproximación al rock y la
cultura del amor libre, vinieron otros cambios y gustos por cosas
otrora prohibidas que tenía que esconder de mi familia y de quienes
me conocían en el pueblo. Empecé a experimentar las sustancias
embriagantes y hasta alucinógenas para estar y pertenecer a esta
nueva vida. Se volvió obligatorio cambiar los aromas de campo por
olores a nuevo… todo lo exógeno, como pelos de más por doquier
porque era la moda, y también la ropa que para las otras personas,
los de “afuera” de esta cultura, eran ridículas y chocantes, o
por lo menos ese era lo que mi olfato me indicaba y así lo sentía.
El aroma imperante antes y el olor a nuevo, después, me convierten
en un personaje completamente diferente, irreconocible.
Y despierto, despierto, después de
hilvanar estos pensamientos que me hicieron divagar no sé por cuánto
tiempo. Pudieron ser cinco minutos como pudieron ser segundos; la
verdad es que me fui en este pensamiento provocado por un aroma
familiar. Pienso que estoy sufriendo una goma de 48 años. Qué ha
sido de toda mi vida? Cómo un muchacho con aroma asimilado a leña,
hijo de una familia buena, trabajadora y Católica, se ha convertido
en lo que soy? No puedo esconder mis raíces. La gente con la que
tengo contacto, me dice, no sé si con sinceridad, o para quedar
bien; de lo largo que he llegado como músico exitoso, con mi estilo
de vida desenfrenado, con mis posesiones, que nunca son suficientes
aquí en esta caja de concreto que es la ciudad. Este aroma
desencadenó una serie de interrogantes y me está revelando una
necesidad que no entiendo. Llego a la conclusión que deseo otra
vida, otra existencia. Hoy tengo muchas cosas y no tengo nada.
Hoy deseo volver a los aromas de
campo.
Roberto Aguilar
No hay comentarios:
Publicar un comentario