Por esos
días había llovido mucho. Sentía la cabeza pesada y todo mi cuerpo se
abandonaba a la idea de no poder resolver ninguna cosa. El aire era denso,
cargado de bruma y de nostalgia. Me irritaba ese calor pegajoso, que evitaba
tomar las riendas de las cosas que no funcionaban. Una mirada al espejo me
devolvía esa imagen desprovista de sonrisas y entusiasmo. Parecía como si la
vida de nuevo se burlara. Los negros nubarrones acechaban un poco lejos, pero
era seguro que de nuevo llovería.
Salir al
parque se había convertido en un vicio, una vuelta, dos, así completaba aquel
rato de esparcimiento y ejercicio. Ahí la brisa era mas clara y refrescante. Al
menos eso era lo que pensaba, en tanto todas esas ramas desgajadas cerraban el
paso, sacándome de mi inconciencia evitando una caída. Ese viento furioso, ese
granizo de ayer en la tarde, dejó los senderos llenos de hojarascas y ramas
pequeñas y grandes que no pudieron defenderse de la tormenta, pero aun así yo
disfrutaba de que el clima era calmo y permitía retomar mi caminata. Echaba de
menos esas tardes soleadas, donde el brillo de sol entre éstos árboles rayados
formaban dibujos y hacía parecer que tenían alas. Esas tardes soleadas del
final de verano que tan rápido habían pasado.
De vez en
cuando salgo y miro mis matas. Tanta lluvia puede llevarlas a un deterioro
súbito. Hace falta estar al tanto de ellas y moverlas de sitio y revisar que el
agua no haga estragos. Mirarlas me produce un descanso paulatino, un recreo de
mi alma. Tanto hastío me producen esos malentendidos, esos celos enfermizos que
me hacen perder la esperanza en que nuevos soles y nuevos cantares ya por fin
renueven mi mirada. Cansada de nuevo me siento de solo pensar en cómo se
destruye el tiempo, como se tuercen los buenos augurios, como se desvanecen las
tardes luminosas mirando sin mirar aquel
paisaje. Es que la gente no cambia, no quiere sino detenerse entre el lodo y la
hierba destrozada. Porque será que no levantan la mirada y posan sus ojos
taciturnos donde el amor ayer sonreía y volaba? Prefieren el desierto, la duda
y la hiel derramada.
Tanto amor
que ayer me sonreía, tantas novelas con finales rosas tantos recuerdos narrados
y grabados sobre rocas y peñascos. No entiendo vida, no comprendo nada. Que
cansancio sin tregua , que desposeída de velos y coronas mi cabeza pesada se ha
sentido. Camino y no fijo mi mirada, perdida entre recuerdos, entre frases
entrecortadas.
El sol de
nuevo ha salido. Sonrío agradecida, miro mi entorno y veo luces en todos los
rincones, vientos calmos y sonidos de tantos pajaritos. Serena siento mi alma,
la sonrisa de nuevo ha aparecido. Tanto melodrama, tanta ira y desconsuelo de
pronto se han desvanecido. Debe ser porque en esos días había llovido tanto.
Lia Ferreto.
5-2017.
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