lunes, 15 de mayo de 2017

La Fiesta Arruinada





Rolain Borel

En el recóndito margen de una galaxia que llamamos “Vía Láctea” (¿quién sabe como la llamarán otros seres que nos observan a varios años-luz de aquí?) ocurrió en nuestro planeta el prodigio, de probabilidad infinitesimal, del primer pulso de una proto-célula. No se sabe si esta surgió del caldo primigenio o si llegó de la profundidad del cosmos, pero en realidad viene a lo mismo.

Desde entonces la Tierra ha girado más de tres mil millones de veces alrededor de su estrella, gozando de las exclusivas condiciones de “Ricito de Oro” (ni muy caliente, ni muy frío; ni muy cerca, ni muy lejos del sol) y protegiendo en su seno generoso el cargamento más preciado: la vida unicelular. Esta, a su vez, ha creado la burbuja de oxígeno que permitió el surgimiento de las formas de vida más complejas y sorprendentes.

De ahí todo fue camino abajo con una explosión de diversidad, un fuego artificial de inventos surrealistas, una pirotecnia de creaciones extravagantes, un gran baile de máscaras de variaciones infinitas.

Como siempre, luego de la euforia, vino la resaca. La diosa Gaia, madre de la tierra, convidó a la festividad a un nuevo comensal, la supuesta cereza en el queque, la pretendida joya de la corona de todas las especies y la más sublime expresión de la creatividad. Hace escasos tres millones de años, apenas un pestañeo en términos astronómicos, aparecieron nuestros ancestros directos y cien mil años atrás el Homo sapiens salió ufano de África a conquistar el mundo, sí, literalmente, a conquistarlo, con armas y todo.

Descomunal error de Gaia… , pues, en vez de seguir protegiendo este delicadísimo regalo del cosmos, el hombre se creyó el dueño de la vida y se transformó en su destructor, a la vez que, irónicamente, en su propio verdugo.

En los eones del tiempo, ojalá continúe la fiesta, pero me pongo a imaginar que, esta vez, nosotros ya no estaremos convidados.

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