Rolain Borel
En el recóndito margen de una galaxia que llamamos “Vía Láctea”
(¿quién sabe como la llamarán otros seres que nos observan a varios años-luz de
aquí?) ocurrió en nuestro planeta el prodigio, de probabilidad infinitesimal,
del primer pulso de una proto-célula. No se sabe si esta surgió del caldo
primigenio o si llegó de la profundidad del cosmos, pero en realidad viene a lo
mismo.
Desde entonces la Tierra ha girado más de tres mil millones de
veces alrededor de su estrella, gozando de las exclusivas condiciones de
“Ricito de Oro” (ni muy caliente, ni muy frío; ni muy cerca, ni muy lejos del
sol) y protegiendo en su seno generoso el cargamento más preciado: la vida
unicelular. Esta, a su vez, ha creado la burbuja de oxígeno que permitió el
surgimiento de las formas de vida más complejas y sorprendentes.
De ahí todo fue camino abajo con una explosión de diversidad, un fuego
artificial de inventos surrealistas, una pirotecnia de creaciones extravagantes,
un gran baile de máscaras de variaciones infinitas.
Como siempre, luego de la euforia, vino la resaca. La diosa Gaia,
madre de la tierra, convidó a la festividad a un nuevo comensal, la supuesta cereza
en el queque, la pretendida joya de la corona de todas las especies y la más sublime
expresión de la creatividad. Hace escasos tres millones de años, apenas un
pestañeo en términos astronómicos, aparecieron nuestros ancestros directos y cien
mil años atrás el Homo sapiens salió ufano
de África a conquistar el mundo, sí, literalmente, a conquistarlo, con armas y
todo.
Descomunal error de Gaia… , pues, en vez de seguir protegiendo este
delicadísimo regalo del cosmos, el hombre se creyó el dueño de la vida y se
transformó en su destructor, a la vez que, irónicamente, en su propio verdugo.
En los eones del tiempo, ojalá continúe la fiesta, pero me pongo a
imaginar que, esta vez, nosotros ya no estaremos convidados.
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