Rolain Borel
Les hablo de tiempos casi inmemoriales, cuando las lluvias eran auténticos
aguaceros, temporales de semanas, reminiscencias del diluvio de antes de la
guerra, no esas medio-lloviznas de hoy, con un clima trastornado, que ni garúas
engendra. En aquel entonces los palos de agua se confabulaban con nieblas
espesas, verdaderos fantasmas que languidecían agarrados a los flancos de las
montañas.
No
había escampado en días, cuando nos tocó con mi esposa recibir en el aeropuerto
a mis suegros, quienes venían de visita. Recién casados y algo faltos de plata,
nuestro gajo respondía al presuntuoso nombre de Mehari, un pariente lejano de
la inmortal Citroën 2CV (para mayor precisión, el carro del papá de Mafalda).
Además el chunche tenía un problema de identidad, porque la apelación de Mehari
evocaba más bien las inmensidades del Sahara, un lugar, como es notorio, que de
cataratas no sabe nada. Tampoco sabía de tempestades ticas nuestro carruaje.
Salir
de San José no fue un problema. Pero apenas pasado Cartago, con noche cerrada, la
situación se complicó, cuando nos adentramos en el escabroso y angosto camino a
Turrialba y nos recibieron las nieblas y las trombas propias de estos parajes. Tal
era el baldazo, que poco a poco se formó una poza en la lona de nuestra bestia
de carga, tanto así que comenzó a gotear dentro del carro, primero poquito,
luego a chorros. Mis suegros, acurrucados en el asiento de atrás, asustados por
las vueltas abismales del recorrido, empapados hasta la médula, tiritaban de lo
lindo, deseando sin duda no haber nunca emprendido ese viaje.
Al
final de este interminable suplicio, llegamos sin más noticias a la Lluvialba
de entonces. Para el regreso mis suegros prefirieron la relativa comodidad del
ferrocarril (¡Sí, aún funcionaba la Northern!), a los sobresaltos climáticos del
mismo trayecto en nuestro dizque automóvil.
Para
mí, sigue goteando sin cesar este episodio en mi memoria
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