Media
luz. Tal vez una velita. Tal vez incienso perfumado. En realidad no
hace falta ninguna cosa, será la fuerza de la costumbre, o tal vez
sea que me gustan los rituales. Respiro; inspiro Luz, exhalo Luz...y
me quedo ahi repitiendo un par de veces mas, lo mismo. Ya había
pedido protección, a todos mis ángeles y arcángeles, abro también
mi canal de Reiki, mi cuerpo poco a poco se relaja y comienzo a
sentir una sensación de total abandono. Mi mente sigue pensando,
repaso las cosas que haré dentro de poco, las personas que debo de
llamar y puede ser también que repita una conversación o la última
letra de esa obra que estoy aprendiendo. No se detiene ni un segundo,
pero tampoco trato de calmarla, total ya se que es inútil. Estoy
alerta a todos los sonidos que me circundan: ahí va de nuevo el tren
como loco advirtiendo que pasará sobre ese cruce cerca de casa, las
bandadas de pericos que aún dormían se levantan bulliciosos
saludando al nuevo día, los vecinos que colindan con mi patio se
saludan mientras preparan desayuno, mi celular que está casi
apagado, vibra recibiendo el saludo mañanero de ese hombre que me
piensa...sonrío y sigo respirando, recordando que estoy distraída y
que afuera, todo lo que está fuera de mi ahora no interesa. Entonces
de a poquitos "miro" ese espacio dentro mío que se ve tan
luminoso, sereno y no tiene límites ni está contenido en mi propio
cuerpo. Y lo siento, mas que nada, lo siento. Mi corazón vigoroso es
el centro desde el cuál un manantial de cosas suceden. Es el cuarto
chacra, y su color es el rosa, color del amor. Me quedo sumergida en
ese espacio, hay una quietud suave, una nada, un todo, una sensación
de bocanada tibia y mas caliente, comienza a salir entre mis
homoplatos y me envuelve totalmente. De repente algo como un
estremecimiento me mueve, entonces suspiro, ya estoy de vuelta.
Una
mañana me preparaba el desayuno, dispuesta a ir al gimnacio. Ninguna
señal de que algo anormal pasaba, pero de repente ese corazón
comenzó a brincar desatinado, como si se le hubiera olvidado que su
ritmo debe ser calmo, quise respirar profundo y hablarle, decirle que
estuviera quieto, que todo en mi vida funcionaba según lo
acostumbrado, pero él no me escuchaba y sordo y necio,brincaba y
brincaba. El aire no le llegaba y la sensación de muerte nubló mis
ojos y mis pensamientos volaban buscando algo que pudiera poner
remedio a la locura. La ropa me estrujaba, los zapatos me apretaban,
y yo quitaba y ponía, buscando sentirme mejor sin lograrlo. Mi
corazón estaba en pánico, yo desfallecía y solo logré avisar a
una vecina y abrir puertas y portones de mi casa. Recuerdo bien cada
detalle, la sensación mas cercana a la muerte, la falta de aire, el
esfuerzo, la sorpresa, y finalmente el llanto que posiblemente tenía
meses secuestrado, salió liberando todo lo que mi corazón sabía y
no reconocía. Lloró mi corazón como una niña pequeña que ha
perdido su muñeca. Lloró y entre mas lloraba, él se calmaba,
respiraba y volvía a ser aquel dulce y sereno testigo de mis penas
pasadas de esos últimos meses. Yo no sabía cuanto sufría, ni
cuanto dolor guardaba, no sabía de la angustia, de las noches de
insomnio, de los amaneceres negros, de aquella noche de mi alma. Mi
callado corazón, acostumbrado a sonreirle a todo en ésta vida, por
fin había gritado, me había sacudido, me había estrujado a fin de
ser sanado. Los brazos maternales de mi amiga, sirvieron luego de
refugio y de consuelo. Pero la sensación de todo mi cuerpo agotado
por la lucha de obtener aire y de sentir a punto de romperse el
corazón en mil pedazos, me dejó por horas confundida. La muerte, la
amenaza de muerte de alguien a quién amas, te puede llevar a tocar
fondos nunca imaginados. Sentirte al borde de tu propia muerte, te
hacer recordar cuanto amas la vida. Reconocer que puedes dejar de
sentir, de respirar, de escuchar al corazón ahí en medio de tu
pecho, noche y día, reconocer que sólo éste instante tenemos, te
da una nueva visión de la vida. No tomarse tan en serio los
problemas, reirse, bailar, hacer el amor, vivir y agradecer a mi
bello corazón por cada instante que me da de vida, volverse sabia y
saber que nada es tuyo, que nada te acompaña luego, que solo te
llevas todo lo que te has divertido. Si, creo que la sabiduría de
una mujer adulta, la da el tiempo, lo vivido y sobre todo, saberse
tan frágil y pequeña. Gracias corazón, cada vez que te siento,
cada vez que me hablas, cada vez que me dices que si, que estoy viva.
LIA
FERRETO
Octubre-2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario