Amo
los días de verano. Ese calor dulce que se pega al cuerpo. Ese sol
radiante que ilumina los rincones del jardín, del alma, de todo lo
que existe. Me vuelvo creativa y dinámica.
Cuando
comienza el invierno, con sus aguaceros intensos, el que mas sufre es
mi jardín, porque me gusta cultivar flores, las cuales adoran el sol
pleno. Entonces miro cómo se caen las rosas, cómo se derriten los
geranios, y como pululan las plagas, toda clase de hongos, además de
los pulgones. Me preparo para fumigar las plantas las mañanas de
domingos, en una lucha sin mayores victorias. La humedad es total.
Cuando
llueve fuerte, se intensifican mis señales de alarma internas;
camino por la casa, reviso que no haya goteras, que no se meta el
agua debajo de las puertas de vidrio de los patios internos, que el
patio no se inunde o solo corroboro que el agua que pasa por la
calle, no aumente su caudal de forma sospechosa, pues he visto pasar
nadando bolsas de basura, tarros y otras cosas que la gente coloca
delante de sus casas. Si hay una gran rayería, camino buscando
refugio, me alejo de los muchos ventanales, desconecto algunos
aparatos eléctricos. Al sonido de grandes ventoleros, observo a
través de la ventana de mi cuarto, cómo se doblan mis árbolitos de
limón, cómo amenazan las macetas con salir volando. Celebro en
tardes como esas, no tener que salir de casa, no tener ensayo de
coro, en poder arroparme y disfrutar desde mi cama, todos esos
sonidos, esos rugidos, ese aguacero tenaz del mes de octubre.
El
sonido de la lluvia fuerte, desmedida, la que torna oscura cualquier
hora del día, se mete dentro mío y me susurra historias de amores,
de besos, de abrazos, que tal vez solo en mis sueños he tenido,
galopa sobre mi piel y me recuerda que aún estoy viva, que la pasión
por la vida no me ha abandonado, que hay muchas calles y lugares que
esperan ser descubiertas por mi todavía. Me asombra cada aguacero,
no se porqué lo imagino distinto del último, el del otro día. Me
parece digno de un verso, de una historia, al menos de una llamada de
algún amante, que se encuentre por ahí escondido.
Además
están esos días en que amanece pero no te percatas de que ya es de
día, que asomas tu nariz tras las cortinas y sabes que ha empezado
un temporal. LLuvia suave, fina, gris. Entonces me vence la
melancolía. Porqué está tan fría mi cama ? Porqué no logro
encontrar la espalda dulce y tibia de ese hombre que ayer conocí ?
Luego me acuerdo que duermo sola, que la gran extensión de mi cama
es toda mía que no hay nadie que disturbe mi sueño, ni ronque ni
exija, que he peleado a muerte el derecho de dormir así. Es
entonces, que remolona, complacida y feliz, me giro muy cobijada,
sonriendo al pensar que soy tan afortunada.
Y
esas noches de lluvia, esas noches que sobre el zinc de mi techo
suena y suena la lluvia, a veces suave, otras con furia, ah...esas
noches son maravillosas. De los sonidos que la naturaleza nos ha
regalado, la de la lluvia de noche, es música que viaja directo a
los sentidos. Amo el sonido de la lluvia, amo no tener que hacer
mayores cosas, solo quedita, escucharla y bendecir de mil maneras,
ese regalo que nos brinda un clima tropical.
LLuvia…lluvia
de verano, lluvia de octubre...de final de temporada, de ciclos
eternos, siempre la lluvia, bagaje de vida, de recuerdos, de
promesas. Todo renace, todo es posible. El verde follaje con que
cubre los campos, sólo habla de eso. De esperanza.
Lia
Ferreto.
Octubre-2014
No hay comentarios:
Publicar un comentario