sábado, 18 de octubre de 2014

lluvia sobre las flores. - I Parte. -


La lluvia sobre las flores. - I Parte. -
Virginia Murillo Montero.
Epígrafe.
Llovió después de la medianoche.
El coronel concilió el sueño pero despertó un
momento después alarmado por sus intestinos.
Descubrió una gotera en algún lugar de la casa”.
Gabriel García Márquez.


La lluvia… qué me recuerda la lluvia… muchas cosas. Una… las veladas en la escuela primaria: en Mayo, las niñas nos vestíamos de celeste y blanco: cofia blanca con ribete celeste, blusa blanca, enagua celeste con un lindo y bordado delantal de los mismos colores; zapatos blancos -ocasionalmente- porque no daba la tela (no alcanzaba el dinero para comprar zapatos para el efecto) como decía mi papá y teníamos que usar los negros del uniforme de la escuela. Así vestidas nos disponíamos - las estudiantes- a declamar: “Las flores de mayo se van a caer, la Virgen María las va a recoger…” y así otras alabanzas a la Reina del cielo.
Mayo florido, porque empezaba el invierno y las flores abrían sus pétalos, yo acostumbraba acercarme a las matas de rosas y esperaba a que los pétalos fueran abriendo -en mi jardín.- sí en mi jardín y de toda la familia, pero yo lo consideraba mío. Todos los años florecía bellamente: geranios, rosas, claveles, gladiolas, roxinias, begonias, chinas de diferentes formas, colores y tamaños. Solía asomarme al patio por la ventana grande de la cocina cuando llovía y me fascinaba ver caer las gotas de la lluvia que resbalaban sobre las hojas de los árboles y los pétalos de las flores. Algunas de esas gotas quedaban en ellas en forma de bolitas, triangulitos, líneas, y otras seguían su curso hasta el suelo.
¡Qué belleza, desde esa ventana de la cocina de mi vieja casa familiar! Lluvia que caía a borbotones sobre todas esas hermosas plantas que sembraba y cuidaba mi abuelo Pi (llamado así por mi hermana menor porque le costaba hablar). Gotas de lluvia danzarinas sobre el techo golpeteando fuerte, a veces más suave semejando pasitos de bailarinas con zapatillas de balletista: formando círculos que dejaban manchas de diferentes formas y se asomaban al cielo raso tintineando sobre las palanganas que mi mamá y mi abuela ponían para recoger el agua de las goteras.
Por la noche escuchaba la lluvia la que me arrullaba y me dormía. Soñaba que estaba sentada sobre una alfombra blanca en el jardín de mi solar con una sombrilla celeste en donde caían gotitas y gotitas…Me despertaba de vez en cuando y veía las manchas en las paredes que se formaban por la humedad y se me antojaba distinguir bolinchas, bolas de fútbol, rayas inclinadas, verticales y muñequitas vestidas de blanco.
Otro recuerdo de la lluvia. Las Tormentas. ¡Tormenta! -decía- mi abuela Jovina, asustada. Pero yo lo veía normal y no me daba miedo. La puerta que daba al patio se entreabría empujada por el viento, pequeño huracán… así se metía el agua, mojando el piso y salpicando las paredes. A veces yo me quedaba cerca para que la suave lluvia me mojara. SÍ, porque yo la sentía suave, deslizándose por mis brazos y piernas hasta caer a mis pies. Poco a poco cedía su intensidad y seguía cayendo ya más verticalmente, ya aplacada la tormenta.
Posteriormente me iba a la sala, lugar de trabajo de mi papá quien confeccionaba zapatos, ahí había una mesa alta que servía de cortador porque ahí hacía los cortes de las capelladas, taloneras, fajitas para los zapatos tipo bebé y otros escolares para niñas y niños. Luego seguía alistar y coser los cortes en la máquina PAFF, untar, poner un pegamento hecho a base de almidón de yuca, en los bordes de los cortes de cuero y luego doblaba y fijaba con un pequeño martillo.
Entre tanto seguía lloviendo y yo me sentaba en el banquito de zapatería, al frente de una mesita baja en donde montaba los zapatos sobre las hormas; esa ardua labor duraba aproximadamente 4 horas. Bueno, mientras yo me entretenía leyendo una y otra vez los Cuentos de mi Tía Panchita y unos libritos de vaqueros que mi papá leía por la noche después de su trabajo.
En muchas épocas de la vida, en momentos dulces y amargos nos acompaña la lluvia… en el trayecto hacia nuestros lugares de estudio, de trabajo, cuando vamos de paseo, etc. Lo que más me gustaba y aún me gusta de ella es que no salgo de la casa en la medida de lo posible, de esta manera me arropo, hago toda clase de oficios, lo que se me antoje hacer dentro de la casa: leo, escucho música, hago ejercicio, bailo y disfruto de unas buenas películas. Luego cuando baja la intensidad de la lluvia observo fuera de mi casa el suelo mojado y me dispongo a preparar la ropa de casa o la de salir.
ll Parte.
Llueve a cántaros decía mi abuela…Entonces yo me imaginaba a San Pedro vaciando baldes, recipientes de todas clases hacia a bajo, asomado sobre un gran precipicio llamado tierra.
Cuando ya había vaciado suficiente sacudía los baldes y así la lluvia disminuía lloviznando y ya poco a poco dejaba de llover.
Al día siguiente de las fuertes lluvias y el suelo mojado se iba secando recogía las hojas caídas de los árboles, las extendía sobre la mesa de la cocina para que se secaran bien porque las necesitaba para jugar.
A los días cuando ya estaba bien seco el patio, levantábamos la pulpería en la cual nos divertíamos a montones. Disfrutábamos de varios juegos y a veces se nos venían encima unos pequeños aguaceros. Teníamos que recoger las cosas a toda prisa y las colocábamos en un sillón viejo que había en la cocina.
Los temporales, varios días seguidos lloviendo desde la mañana hasta la noche, me recuerdan la ropa húmeda la cual terminábamos de secar a plancha, ésta era calentada sobre una pequeña lámina de zinc que se colocaba sobre el fogón. Posteriormente se hacía sobre un disco de la cocina eléctrica recién comprada.
Los meses más lluviosos del año eran mayo, junio y julio. Pero octubre, lo era mucho más, en octubre no hacía otra cosa más que llover. Como me llamaba la atención este mes tan lluvioso. ¡Qué trabajo más grande tendría San Pedro con sus grandes baldes!
Finalmente la lluvia me acompaña cuando escribo y me da mucho frío, pero me abrigo bien enfundada en una pijama, medias de lana y una cobija con brazos que me regaló mi hija. Así me siento al frente de la computadora y doy rienda suelta a mis recuerdos y mi imaginación.
La lluvia es fuente de inspiración para muchas artes: la pintura, la poesía, el cuento, las canciones: clásicas y populares. También se compara con el sufrimiento, con el llanto cuando estamos tristes por la pérdida de un ser querido, por un desamor, por un dolor físico, etc. Como dice la canción: “lluvia sale de mis ojos, no pueden ser lágrimas, un hombre no debe llorar”.


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