La lluvia sobre las flores. - I
Parte. -
Virginia Murillo
Montero.
Epígrafe.
“Llovió
después de la medianoche.
El
coronel concilió el sueño pero despertó un
momento
después alarmado por sus intestinos.
Descubrió
una gotera en algún lugar de la casa”.
La lluvia… qué me
recuerda la lluvia… muchas cosas. Una… las veladas en la escuela
primaria: en Mayo, las niñas nos vestíamos de celeste y blanco:
cofia blanca con ribete celeste, blusa blanca, enagua celeste con un
lindo y bordado delantal de los mismos colores; zapatos blancos
-ocasionalmente- porque no daba la tela (no alcanzaba el
dinero para comprar zapatos para el efecto) como decía mi papá y
teníamos que usar los negros del uniforme de la escuela. Así
vestidas nos disponíamos - las estudiantes- a declamar: “Las
flores de mayo se van a caer, la Virgen María las va a recoger…”
y así otras alabanzas a la Reina del cielo.
Mayo florido, porque
empezaba el invierno y las flores abrían sus pétalos, yo
acostumbraba acercarme a las matas de rosas y esperaba a que los
pétalos fueran abriendo -en mi jardín.- sí en mi jardín y
de toda la familia, pero yo lo consideraba mío. Todos los años
florecía bellamente: geranios, rosas, claveles, gladiolas, roxinias,
begonias, chinas de diferentes formas, colores y tamaños. Solía
asomarme al patio por la ventana grande de la cocina cuando llovía y
me fascinaba ver caer las gotas de la lluvia que resbalaban sobre las
hojas de los árboles y los pétalos de las flores. Algunas de esas
gotas quedaban en ellas en forma de bolitas, triangulitos, líneas,
y otras seguían su curso hasta el suelo.
¡Qué belleza, desde
esa ventana de la cocina de mi vieja casa familiar! Lluvia que caía
a borbotones sobre todas esas hermosas plantas que sembraba y cuidaba
mi abuelo Pi (llamado así por mi hermana menor porque le costaba
hablar). Gotas de lluvia danzarinas sobre el techo golpeteando
fuerte, a veces más suave semejando pasitos de bailarinas con
zapatillas de balletista: formando círculos que dejaban manchas de
diferentes formas y se asomaban al cielo raso tintineando sobre las
palanganas que mi mamá y mi abuela ponían para recoger el agua de
las goteras.
Por la noche escuchaba
la lluvia la que me arrullaba y me dormía. Soñaba que estaba
sentada sobre una alfombra blanca en el jardín de mi solar con una
sombrilla celeste en donde caían gotitas y gotitas…Me despertaba
de vez en cuando y veía las manchas en las paredes que se formaban
por la humedad y se me antojaba distinguir bolinchas, bolas de
fútbol, rayas inclinadas, verticales y muñequitas vestidas de
blanco.
Otro recuerdo de la
lluvia. Las Tormentas. ¡Tormenta! -decía- mi abuela Jovina,
asustada. Pero yo lo veía normal y no me daba miedo. La puerta que
daba al patio se entreabría empujada por el viento, pequeño
huracán… así se metía el agua, mojando el piso y salpicando las
paredes. A veces yo me quedaba cerca para que la suave lluvia me
mojara. SÍ, porque yo la sentía suave, deslizándose por mis brazos
y piernas hasta caer a mis pies. Poco a poco cedía su intensidad y
seguía cayendo ya más verticalmente, ya aplacada la tormenta.
Posteriormente me iba
a la sala, lugar de trabajo de mi papá quien confeccionaba zapatos,
ahí había una mesa alta que servía de cortador porque ahí hacía
los cortes de las capelladas, taloneras, fajitas para los zapatos
tipo bebé y otros escolares para niñas y niños. Luego seguía
alistar y coser los cortes en la máquina PAFF, untar, poner
un pegamento hecho a base de almidón de yuca, en los bordes de los
cortes de cuero y luego doblaba y fijaba con un pequeño martillo.
Entre tanto seguía
lloviendo y yo me sentaba en el banquito de zapatería, al frente de
una mesita baja en donde montaba los zapatos sobre las hormas; esa
ardua labor duraba aproximadamente 4 horas. Bueno, mientras yo me
entretenía leyendo una y otra vez los Cuentos de mi Tía Panchita y
unos libritos de vaqueros que mi papá leía por la noche después de
su trabajo.
En muchas épocas de
la vida, en momentos dulces y amargos nos acompaña la lluvia… en
el trayecto hacia nuestros lugares de estudio, de trabajo, cuando
vamos de paseo, etc. Lo que más me gustaba y aún me gusta de ella
es que no salgo de la casa en la medida de lo posible, de esta manera
me arropo, hago toda clase de oficios, lo que se me antoje hacer
dentro de la casa: leo, escucho música, hago ejercicio, bailo y
disfruto de unas buenas películas. Luego cuando baja la intensidad
de la lluvia observo fuera de mi casa el suelo mojado y me dispongo a
preparar la ropa de casa o la de salir.
ll Parte.
Llueve a cántaros
decía mi abuela…Entonces yo me imaginaba a San Pedro vaciando
baldes, recipientes de todas clases hacia a bajo, asomado sobre un
gran precipicio llamado tierra.
Cuando ya había
vaciado suficiente sacudía los baldes y así la lluvia disminuía
lloviznando y ya poco a poco dejaba de llover.
Al día siguiente de
las fuertes lluvias y el suelo mojado se iba secando recogía las
hojas caídas de los árboles, las extendía sobre la mesa de la
cocina para que se secaran bien porque las necesitaba para jugar.
A los días cuando ya
estaba bien seco el patio, levantábamos la pulpería en la cual nos
divertíamos a montones. Disfrutábamos de varios juegos y a veces se
nos venían encima unos pequeños aguaceros. Teníamos que recoger
las cosas a toda prisa y las colocábamos en un sillón viejo que
había en la cocina.
Los temporales, varios
días seguidos lloviendo desde la mañana hasta la noche, me
recuerdan la ropa húmeda la cual terminábamos de secar a plancha,
ésta era calentada sobre una pequeña lámina de zinc que se
colocaba sobre el fogón. Posteriormente se hacía sobre un disco de
la cocina eléctrica recién comprada.
Los meses más
lluviosos del año eran mayo, junio y julio. Pero octubre, lo era
mucho más, en octubre no hacía otra cosa más que llover. Como
me llamaba la atención este mes tan lluvioso. ¡Qué trabajo más
grande tendría San Pedro con sus grandes baldes!
Finalmente la lluvia
me acompaña cuando escribo y me da mucho frío, pero me abrigo bien
enfundada en una pijama, medias de lana y una cobija con brazos que
me regaló mi hija. Así me siento al frente de la computadora y doy
rienda suelta a mis recuerdos y mi imaginación.
La lluvia es fuente de
inspiración para muchas artes: la pintura, la poesía, el cuento,
las canciones: clásicas y populares. También se compara con el
sufrimiento, con el llanto cuando estamos tristes por la pérdida de
un ser querido, por un desamor, por un dolor físico, etc. Como dice
la canción: “lluvia sale de mis ojos, no pueden ser lágrimas, un
hombre no debe llorar”.
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