martes, 7 de octubre de 2014

los mil nombre de Lia

 Lia Ferreto
            
De donde proceden los nombres, esos repetidos que nos regalan al nacer que no son genuinos ni nos representarán realmente , sino que vienen a nosotros con una carga ancestral ?
Cuántas mujeres se llamaron Carmen antes de que yo naciera? De dónde procede mi nombre Lía, que otra mujer quiso llamar así a mi abuela ?
Debe haber una sinuosa carretera quizá trazada en el Cosmos , formada de estrellas pequeñas y graciosas que nos lleve a entender desde cuál antepasada viene nuestro nombre. Llamarse Carmen es fácil de entender si recordamos el origen colonizador que traía entre sus legados el amor a la Virgen del Carmen. Gran honor llevaban esas sufridas mujeres que vestían por meses ese austero vestido llamado " hábito " de color café, con un rosario que rodeaba su cintura. Vi muchas mujeres vestidas así en mi niñez y recuerdo la sensación de opresión que me daban sin remedio. Sin embargo, aún hoy disfruto mucho celebrando el 16 de julio la gran fiesta de todas las Cármenes.
Llamarse Lía, me parece una osada intención que alguna tatarabuela tuvo. Debe ser por eso, que aún ahora sigue siendo un nombre poco común. Triste es saber que Lía en la historia bíblica era la fea, la que su padre ante la realidad de que nadie querría tenerla por esposa, la ofrece como condición para desposar a su hermana, que era muy bella. Tremenda Lia. Ésta primera mujer así llamada, era hermana de Raquel y la primera esposa de Jacob, y llegó a tener siete hijos. De éste origen hebreo, descubrí que significa “ la cansada “ la “ fatigada” pues se describe como muy trabajadora.
Así que la madre de mamá se llamaba Lia. Mamá se llamaba Carmen Lía. Y un día, por esas bromas de la vida, llegó a sus brazos ésta hermosa niña, yo. Pues digo ésto porque mi mamá, no contaba con mi nacimiento. Tampoco existían ultrasonidos para identificar el sexo del bebé, por lo que al nacer yo, el médico que la asistía dijo: nació una caroreña come queso. Así supo mamá, que había tenido una niña. Diligentes avisaron al abuelo que vivía en Costa Rica: nació Lia del Carmen. Mamá decidió darme el nombre de su madre, que había fallecido muchos años antes. También añadió el suyo; Carmen. Le pareció linda la combinación de ambos nombres.
Su orgullo fué siempre llamarme con todo mi nombre. Ella insistía, en que nadie se llamaba así. Quienes siguieron esa indicación fueron sus muchas amigas, que eran como mis tías y claro también mi hermana. Sólo ese gran grupo de mujeres usaron mi nombre de esa forma. Por ésta razón de pequeña, yo me bauticé Lia Pamen.
Cuando crecí y me hice un poquitín rebelde, comencé a firmarme solo con un nombre, Lia. Lo cual significó dolor y resentimiento de parte de mamá, quién defendió mi identidad y la belleza que para ella tenía, a capa y espada sin lograr su cometido. Pero el mayor desafío llegó al nacer mis hijas. Ella esperaba con justa razón que mi primera hija se llamara Carmen. Y no sucedió con la primera, pero tampoco con las tres que fueron naciendo luego. No nació ninguna Carmen, ninguna Lía. Por el contrario mis hermanos, bautizaron a una de sus hijas, como Carmen Isabel y el otro, como Carmen Helena. Buenos hijos. Pero yo, sostuve intuitivamente que no era posible que los niños al nacer, cargaran con un nombre que no era suyo realmente y terminaban siendo llamados en Ito- Ita; Manuelito, Isabelita.
Años después, comencé a leer sobre éstas teorías, que señalaban con autoridad, lo que yo adolescente y madre joven, quise evitar en mis hijas.
También leí y me enteré de otras teorías sobre nuestros ancestros y cómo determinan lo que seremos, cuando cargamos no solo el nombre, sino también la historia y drama de nuestras tatarabuelas, abuelas y bisabuelas. Será por eso, que mamá me aseguraba que yo le recordaba a mis dos abuelas. Tremendo bagaje para un ser humano, que parece destinado a sufrir los mismos reveses de sus antepasadas.
Lo cierto es que desde entonces me llamo solo Lía. Y de quienes me llamaban por mi nombre completo solo queda mi hermana.
Cuando comencé a ser abuela, mi primer nieto me decía Tita. Creo que mucho de ésto radica en cómo sus madres quieren que nos digan. Cuando nació mi nieta, le enseñé a llamarme abuelita Lia, sus respectivos hermanitos me llamaban como se usaba en cada casa. Así que una familia me dice Tita y la otra, abuelita Lia. Llegaron los nietos menores; en una casa me dijeron Abu, en la otra Abuelita. Pero parece que a mi me gusta cambiar un tanto las cosas, porque les enseñé a decirme Abuelitis Pitis, lo cual les divierte mucho.
Lo cierto de mi nombre es que me gusta. Ahora me siento identificada con el totalmente, pues recuerdo que de escolar no me gustaba.

Podría decir que soy ahora: Lia de los mil Nombres.

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