Lia Ferreto
De donde proceden los nombres, esos repetidos que nos regalan al nacer
que no son genuinos ni nos representarán realmente , sino que vienen a nosotros
con una carga ancestral ?
Cuántas mujeres se llamaron Carmen antes de que yo naciera? De dónde
procede mi nombre Lía, que otra mujer quiso llamar así a mi abuela ?
Debe haber una sinuosa carretera quizá trazada en el Cosmos , formada de
estrellas pequeñas y graciosas que nos lleve a entender desde cuál antepasada
viene nuestro nombre. Llamarse Carmen es fácil de entender si recordamos el
origen colonizador que traía entre sus legados el amor a la Virgen del Carmen.
Gran honor llevaban esas sufridas mujeres que vestían por meses ese austero
vestido llamado " hábito " de color café, con un rosario que rodeaba
su cintura. Vi muchas mujeres vestidas así en mi niñez y recuerdo la sensación
de opresión que me daban sin remedio. Sin embargo, aún hoy disfruto mucho
celebrando el 16 de julio la gran fiesta de todas las Cármenes.
Llamarse Lía, me parece una osada intención que alguna tatarabuela tuvo.
Debe ser por eso, que aún ahora sigue siendo un nombre poco común. Triste es saber
que Lía en la historia bíblica era la fea, la que su padre ante la realidad de
que nadie querría tenerla por esposa, la ofrece como condición para desposar a
su hermana, que era muy bella. Tremenda Lia. Ésta primera mujer así llamada,
era hermana de Raquel y la primera esposa de Jacob, y llegó a tener siete
hijos. De éste origen hebreo, descubrí que significa “ la cansada “ la “
fatigada” pues se describe como muy trabajadora.
Así que la madre de mamá se llamaba Lia. Mamá se llamaba Carmen Lía. Y
un día, por esas bromas de la vida, llegó a sus brazos ésta hermosa niña, yo.
Pues digo ésto porque mi mamá, no contaba con mi nacimiento. Tampoco existían
ultrasonidos para identificar el sexo del bebé, por lo que al nacer yo, el
médico que la asistía dijo: nació una caroreña come queso. Así supo mamá, que
había tenido una niña. Diligentes avisaron al abuelo que vivía en Costa Rica:
nació Lia del Carmen. Mamá decidió darme el nombre de su madre, que había fallecido
muchos años antes. También añadió el suyo; Carmen. Le pareció linda la
combinación de ambos nombres.
Su orgullo fué siempre llamarme con todo mi nombre. Ella insistía, en
que nadie se llamaba así. Quienes siguieron esa indicación fueron sus muchas
amigas, que eran como mis tías y claro también mi hermana. Sólo ese gran grupo
de mujeres usaron mi nombre de esa forma. Por ésta razón de pequeña, yo me
bauticé Lia Pamen.
Cuando crecí y me hice un poquitín rebelde, comencé a firmarme solo con
un nombre, Lia. Lo cual significó dolor y resentimiento de parte de mamá, quién
defendió mi identidad y la belleza que para ella tenía, a capa y espada sin
lograr su cometido. Pero el mayor desafío llegó al nacer mis hijas. Ella
esperaba con justa razón que mi primera hija se llamara Carmen. Y no sucedió
con la primera, pero tampoco con las tres que fueron naciendo luego. No nació
ninguna Carmen, ninguna Lía. Por el contrario mis hermanos, bautizaron a una de
sus hijas, como Carmen Isabel y el otro, como Carmen Helena. Buenos hijos. Pero
yo, sostuve intuitivamente que no era posible que los niños al nacer, cargaran
con un nombre que no era suyo realmente y terminaban siendo llamados en Ito-
Ita; Manuelito, Isabelita.
Años después, comencé a leer sobre éstas teorías, que señalaban con
autoridad, lo que yo adolescente y madre joven, quise evitar en mis hijas.
También leí y me enteré de otras teorías sobre nuestros ancestros y cómo
determinan lo que seremos, cuando cargamos no solo el nombre, sino también la
historia y drama de nuestras tatarabuelas, abuelas y bisabuelas. Será por eso,
que mamá me aseguraba que yo le recordaba a mis dos abuelas. Tremendo bagaje
para un ser humano, que parece destinado a sufrir los mismos reveses de sus
antepasadas.
Lo cierto es que desde entonces me llamo solo Lía. Y de quienes me
llamaban por mi nombre completo solo queda mi hermana.
Cuando comencé a ser abuela, mi primer nieto me decía Tita. Creo que
mucho de ésto radica en cómo sus madres quieren que nos digan. Cuando nació mi
nieta, le enseñé a llamarme abuelita Lia, sus respectivos hermanitos me
llamaban como se usaba en cada casa. Así que una familia me dice Tita y la
otra, abuelita Lia. Llegaron los nietos menores; en una casa me dijeron Abu, en
la otra Abuelita. Pero parece que a mi me gusta cambiar un tanto las cosas,
porque les enseñé a decirme Abuelitis Pitis, lo cual les divierte mucho.
Lo cierto de mi nombre es que me gusta. Ahora me siento identificada con
el totalmente, pues recuerdo que de escolar no me gustaba.
Podría decir que soy ahora: Lia de los mil Nombres.
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