El
viernes 7 de julio de 2015, entre las 2:00 ó 2:30 de la tarde
caminaba de este a oeste sobre la avenida Juan Rafael Mora Porras y,
tal y como ha sido la tónica de éstos días bajo un sol abrazador y
radiante. A dicha hora me encontraba entre calle 9 y 11 cuando
diviso una silueta; es un hombre de tez negra, desgarbado, andrajoso,
sucio y maloliente.
Él
es fácil de identificar porque sobre su espalda carga un saco de
plástico dentro del cual se encuentran todos sus chunches, se
detiene, mira para un lado, mira para el otro, intuyo que en busca de
un sitio donde “dormir”.
Dentro
de aquél saco carga no solo todas sus pertenencias y haberes,
también sus sueños, ilusiones, y anhelos; frente a una de las
ventanas de la Farmacia Chavarría se acostó boca arriba, para ello
colocó bajo su cuerpo aquellos raídos coletos que traía sobre su
encorvada espalda.
En
ése momento pensé, ¿por qué ése negro que en alguna época de su
vida fue famoso, hoy está en esas condiciones?, ¿qué lo llevó a
deambular por las calles con una serie de objetos colgando de su
cuello?, ¿por qué cambió su vida y la de su familia?, ¿qué
razones lo llevaron a la indigencia, dejando de lado los micrófonos?,
¿él se volvió un hombre tan misterioso y enigmático?, por eso
siempre me atrajo y si me lo permite voy a conversar con él.
Mientras
me aprestaba a llenar todas mis interrogantes, observé a las
personas pasar de un lado hacia otro, casi majándolo, sin siquiera
inmutarse por las condiciones deplorables en que “vive”. La
gente pasa y no le da importancia a un hombre que pasa desapercibido
para una sociedad que se ha vuelto insensible ante la adversidad y el
dolor de muchos congéneres que como él viven en esas condiciones.
Lo
recuerdo cuando fue famoso, hablantín, dicharachero; hoy es una
persona que prácticamente no habla con nadie, vive distraído y
fuera del mundanal ruido, es como un alma que deambula por las calles
de manera solitaria, él se convirtió en un harapo en el camino,
olvidado en la selva de una Costa Rica donde muchos de sus habitantes
ya no son solidarios y les importa un bledo el dolor ajeno.
Hoy
San José es una ciudad de contrastes donde algunos pocos tienen
mucho y muchos tienen poco, por eso es que, un hombre con sus ropas
raídas, brillantes y decoloradas no le importa a nadie, él es
producto de sus propios desaciertos y como si fuera un malandrín
busca protegerse de las inclemencias del tiempo.
Ésa
tarde me dije, hoy es mi oportunidad para hablar con él; por eso sin
más, me agaché y le dije “¡¡hola!!”, amablemente me tendió
su mano derecha con un guante de color negro que le cubre hasta los
nudillos dejando por fuera sus dedos callosos y quemados por el
alcaloide que contiene el crack que durante muchos días, semanas,
meses y años ha consumido.
Le
dije usted es All Brown el que otrora fuera famoso cantante de soul y
del calipso, me respondió –sí, soy ese que se paseaba por toda
Costa Rica, Centroamérica, México y más allá, llenando salones de
baile y hoteles-, soy el mismo, pero todo quedó atrás, mis amigos,
conocidos, familia, todo.
All,
qué sucedió en su vida, a qué obedece el cambio tan radical de
aquél hombre bien vestido y con un gran caché al actual, -“si
usted recuerda en los 70s y 80s, era un cantante renombrado y muy
conocido , mi nombre aparecía en las marquesinas de las discos, en
los afiches, daba entrevistas en televisión, periódicos, en fin,
era una época muy linda-“; hace un paréntesis, respira hondo y
continúa –“sobraban las mujeres, el dinero, las amistades, la
fama, las fiestas,…..”- era un bohemio empedernido.
¿Entonces,
qué pasó contigo? –“me dejé llevar, los cantos de sirena me
envolvieron, no pensé en lo que me estaba involucrando y los vicios
me tomaron, me volví impotente ante las drogas y el licor que como
fantasmas aparecieron en mi vida, me distraje y me arrastraron al
punto que hace 27 años abandoné a mi esposa e hijos, desde entonces
éstas calles son mi mundo, aquí vivo y me divierto”-.
Cómo
que se divierte, -“claro, me río y me pongo a filosofar conmigo
mismo, si tengo que comer lo hago, si no tengo, pues que le voy a
hacer, mientras tenga para la mota y la piedra estoy bien, aquí
estaré hasta que el diablo me lleve, hasta que él se acuerde de
mi”-. ¿Cómo que el diablo? -“claro ése es mi compañero y es
quien me protege, acaso no es así-, -si usted lo dice, yo no lo
creo, pero tengo que respetar su manera de pensar-.
All,
es un hombre en el que las drogas han dejado sus huellas, de ahí los
surcos que se dibujan en su rostro, ya no es ni la sombra de lo que
era, está desdentado y desapareció aquella hermosa sonrisa que le
caracterizó y cautivó a muchas mujeres, lo que si mantiene es
aquella mirada penetrante y su voz aguda.
Así,
transcurrió el tiempo de conversación con aquél hombre de tez
negra que vive en las calles de nuestra capital en espera de que a
sus 77 años la muerte se apiade de él. El conversatorio lo
finalizamos con un roce de manos, no sin antes darle una moneda que
me pidió para seguir consumiendo esa maldita droga que ha traído
mucho dolor y lagrimas a miles de familias en Costa Rica y el resto
del mundo.
Mientras
esa realidad se vive y experimenta en nuestras calles y avenidas, en
la Asamblea Legislativa se discute un Proyecto de Ley que quiere
legalizar la mariguana, droga blanda que termina por convertirlos en
consumidores de otras más fuertes, arrastrándolos hasta perder la
dignidad que como seres humanos tienen, más el consabido dolor y el
abandono que le transmiten a sus familias.
Ricardo Jiménez García
Carné-PIAM 04026
No hay comentarios:
Publicar un comentario