Ese era un día que nos organizamos para hacer un paseo a caballo.
Decidimos cabalgar hacia las montañas de Escazú. Era un día muy especial, con
sol, mariposas y sobre todo muchas flores de colores. Las cercas estaban llenas
con árboles de poró, con sus ramas llenas de cuchillitos color rojo que daban un
aspecto muy lindo. Más allá había otras flores que hacían un paisaje muy
agradable pues era el final del invierno.
Las calles tenían enormes zanjas que las lluvias habían dejado y enormes
piedras que hacían muy irregular el camino. Comenzamos a subir haciendo bromas
y canciones, todo era alegría. Yo montaba un caballo muy manso de color café
rojizo, y de pronto sucedió algo totalmente inesperado.
Para ensillar los caballos siempre les ponen el aparejo pero le dejan
floja la cincha mientras ensillan los otros y cuando todos están listo pasan
ajustándolas, pero yo tuve la mala suerte que olvidaron ajustar la del mío y en
el momento en que el caballo trató de subir una zanja más alta, la montura y yo
salimos por los aires y fuimos a dar al piso por detrás del animal.
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