Eso es lo que había
sucedido, en casa de mis padres cuando yo era pequeña tuvimos muchos
animales, de esos que hay en todas las casas. Bueno, en realidad se
trataba de una gata llamada Misha, lo que sucedía es que ella tenía
gatitos casi que todos los días y eran de una gran belleza, no
sabemos porqué, pero no recuerdo que naciera ni uno feo. Además era
muy buena madre, Misha, logrando que todos los que nacían se criaran
gorditos y hermosos. La alegría que desataban sus juegos y piruetas
en esos primeros meses, causaban risas y sobresaltos de todos los que
ahí vivíamos. Como yo era una niña, amaba pasar las horas jugando
con ellos igual que si fueran muñecas, los vestía paseándolos en
su coche y pretendiendo que se portaran como bebés recién nacidos.
El desastre ocurría cuando por alguna extraña razón mientras yo
había estado ausente ese día, encontraba al regresar que todos
aquellos peluditos y adorados gatos habían desaparecido. Claro,
pertenezco a esa generación de personas que cuando eran niños las
cosas se les ocultaban, se les mentía, no se les hablaba sobre las
verdades de la vida, nunca se les tomaba parecer en ninguna decisión
y ante los hechos consumados, tampoco se les explicaba o aclaraba
nada. Que si yo lloraba ? Pues mucho, cada vez lo mismo. Se que suena
cruel, pero la sicología aún no se había inventado. Además, el
llanto de los niños no significaba nada.
Bueno, también tuvimos
una ardilla, encerrada en una jaula de alambre para evitar que se
comiera sus partes y escapara. El problema es que se colocó en el
centro de la casa, ahí donde se sentaban las visitas y por supuesto
la suciedad que ella provocaba hizo enojar mucho a mamá, hasta
lograr que la soltaran y acabar con aquel fastidio.
Estuvo también mi
pollito, quién fuera bautizado por papá como Pitirria. Llegó a la
casa en una bolsita de papel, una mañana de visita al mercado y ante
mi gran insistencia, mamá muy a disgusto accedió a mi pedido.
Cuando papá lo vió se enamoró también, por lo que decidió
construirle un lugar adecuado para que Pitirria sobreviviera al frío
de Cartago. Una caja de cartón sería su casita, con un bombillo de
luz roja que él colocó de forma que no causara ninguna quemadura.
Como mi hermano estaba estudiando en otro país, decidió poner la
caja en ese cuarto. Pero luego el pollito creció lo suficiente para
salirse de la caja y dejar el cuarto entero cubierto de cuitas cada
noche. Enojo e indignación de parte de mamá sin ningún resultado,
pues en éstas cosas papá tenía mas peso en las decisiones. Así
pasó mi pollito a convertirse en un ser maravilloso, reinando
absolutamente en aquel inmenso patio de la casa de mis padres. Sólo
le faltaba hablar decía papá, quién era amado por Pitirria mas
allá de toda imaginación. Oía a papá llamarlo y corría como loco
hasta el para ser alzado y chineado como un niño. Si por alguna
razón papá lo ignoraba, con firmeza le jalaba los ruedos del
pantalón hasta que papá feliz lo tomaba en brazos.
Pero lo que fue tener
un perro, no. No señor, contestaba ella, un perro si que no. Las
razones que aducía ya no las recuerdo. El hecho irremediable fue que
nunca hubo un perro. Y esas cosas quedaron grabadas en mi mente, en
mi inconciente, la ausencia del perro y el porqué mamá no lo
aceptaba. Nunca logré superar bien esa situación. Cuando estuve
casada, entonces hubo en esa casa muchos perros. De diferentes razas
y tamaños. Pero yo no pude resolver alguna cosa traumática que la
existencia de un perro en mi causaba. Ahora reflejaba la voluntad de
un hombre que se empeñaba en que hubiera uno en la casa, causando en
mi el mismo fastidio que a mi madre cuando yo era pequeña. Llegué a
mal quererlos, evitando su afecto y su compañía.
Y como te decía, por
todos los años de mi vida me fueron presentado perros por diversas
circunstancias. Amigas que los adoraban, se empeñaban en que yo me
mostrara cariñosa, juguetona o al menos risueña con sus mascotas
perrunas. Pero al final yo optaba por no visitarlas ante la
frustración mutua de no poder corresponder a sus demandas. Una vez
estuve cerca de caer ante el encanto de un perrito que mi vecina me
había pedido de cuidar y darle de comer cada día mientras ella
vacacionaba. Era fin de año, cada día iba a su casa, hacía todo lo
pedido, pero no había imaginado que aquel animalito se pusiera tan
feliz cada vez que yo llegaba. Lo peor fue el día ultimo del año,
que al irme para mi casa, empezó a llorar con tanto empeño que
terminé llorando yo con el, compartiendo la soledad de esa fecha.
Ya
ves lo que te digo, todas esas vivencias pero el tiempo tiene sus
trucos escondidos. Ahora en ésta edad adulta, ha llegado Morita. No
es mía como sabés, es de mis nietos los que viven en Belén. Cuando
la vi tan pequeñita, sentí que yo si podía tocarla, alzarla y
tenerla en brazos. Por supuesto la perrita se encargó de hacer el
resto. Es como una bolita de algodón, brinca y corre de emoción
cada vez que aparezco por la casa, la de ellos o la mía, ya que
ahora soy la cuidadora oficial de Morita los fines de semana que se
necesite. No imaginaba verme reir a carcajadas cada mañana al
levantarme con todas las carreras, brincos y demás que me ofrece al
ver que por fin he salido de la cama. Ni te digo si he salido un
rato. Al regresar me brinda además todos los juguetes que tiene para
que yo juegue con ella. Pero lo mas hermoso que hizo te lo cuento.
Había ladrado mucho esa noche en medio de la cocina. Ya cansada en
la madrugada decidí abrir la puerta de mi cuarto apenas un poquito
pensando que al ver que yo dormía finalmente se calmaría. Al
despertarme ese día, encuentro que ella había logrado traer hasta
mi lado, su camita, su cobija y sus juguetes, no te puedo explicar lo
que he sentido. Mirá lo que es la vida, a estas alturas logré
vencer mis resistencias y caer embobada entre los juegos de una
perrita. Salgo con ella y paseo por mi barrio, le compro una bola
para tener mas de que reírse. No me deja tejer ni leer ni ver la
compu, se trepa como puede sobre mi regazo, demandando atención
absoluta ocupando mis manos en acariciarla toda. Indolente de
espaldas, espera que le toque toda la panza, la muy sin pena. Hago
fotos y se las envío a mis hijas. Burlonas todas comentan, mirá vos
a la Mita, no que los perritos no eran para ella
Lia Ferreto M.
Agosto 2015.
¡otro escrito tierno!, de esos que evocan recuerdos que todas llevamos en el corazón aunque la memoria no los tenga "en la punta de la lengua"
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