Yo no sé qué piensan mis coterráneos pero, para quien esto escribe, la Amazonía es
una zona mágica. Este nombre lo recibe una enorme región comprendida entre la parte central y el norte de América del Sur, propiamente la
cuenca del enorme Río Amazonas. Estamos hablando, por mucho, del bosque
tropical más grande del mundo. Su extensión llega a los 6 millones de
kilómetros cuadrados repartidos entre ocho países, de los cuales Brasil
y Perú
poseen la mayor extensión de la Amazonia, seguidos por Bolivia,
Colombia,
Ecuador,
Guyana,
Venezuela
y Surinam.
No debemos
olvidar que hoy por hoy es el Pulmón del Mundo y posee una enorme diversidad biológica.
Como si
fuera poco, fue declarada el 11 de noviembre de 2011 una de las siete
maravillas naturales del mundo. Tal denominación fue consecuencia de una
encuesta mundial organizada por el suizo Bernard Weber, fundador de la empresa NOWC,
de acuerdo a sus siglas en inglés y que significa New Open World Corporation.
De visita en
Ecuador, tuve la oportunidad de visitar esta extraordinaria región del planeta,
es decir fui a la Amazonía ecuatoriana,
la cual no permitía tener dudas de la región en la que uno se encontraba. Las plantas crecían sin pedir permiso en todos
los lugares posibles, los nombres que les daban los chamanes y otros lugareños
no tenían nada que ver con los nombres que conocemos comúnmente. Y de los animales es difícil hablar, presencié una colonia de hormigas gigantes subiendo hacia la copa de un árbol interminable, así como una culebra que escapó a toda velocidad al pisotear unas plantas; escuché la cacofonía de miles de aves que no se pueden ver pero que anuncian con sus trinos su presencia.
Y de los
barreales, no se puede decir nada, a menos que se crea en las famosas arenas movedizas. Para ir a la
zona amazónica, se deben conseguir botas de hule que lleguen como mínimo a la
rodilla, para poder conservar el paso, pero de un pronto a otro uno puede
hundirse y hundirse en un barreal, y para salir con vida no queda más remedio
que varias personas te socorran utilizando cuerdas y palos.
En esa parte
de la Amazonía, las casas de los indígenas son ovaladas, visten con una tela
que se ponen alrededor, saludan haciendo ruidos muy fuertes, como si estuviesen
en pie de guerra. Pueden verse muy amigables, pero no debe olvidarse que estos “jíbaros”,
como les decían despectivamente los españoles, aún conocen la técnica de
encoger cabezas, la temible “Tzantza”, que
es como la llaman en su idioma.
Los Shwar, fieros
nativos de esa zona de la Amazonía, hacen una ceremonia que denominan “Ayawashka”
en la cual, bajo la guía de un Chamán, ingieren
plantas que les produce alucinaciones, las visiones y experiencias, según dicen,
son profundas y reveladoras, llevando a estados alterados de conciencia que, según
dicen, ayudan incluso a prever el futuro.
No sé si
quisiera volver a esa zona, pero esa experiencia no me la quita nadie.
Olga Emilia Brenes
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