Aquí en la playa sin hacer nada, el arrullo del mar me hace evocar
tantas cosas pasadas en mi vida como los paseos de infancia a Puntarenas con
mis padres y mi hermana. Podría recordar cosas bellas de esto, pero no es así,
pues apenas llegábamos me sentía muy mal, con fiebre alta y pocas ganas de
salir. En más de una ocasión tuvimos que quedarnos en el hotel. Esto hizo que
papá decidiera que no volviéramos a la playa y nuestros paseos entonces fueron
a lugares montañosos o a otras ciudades como Barba, Villa Colón y Escazú.
Cuando me iba a casar decidimos que iríamos a Puntarenas, pues era el
sitio de moda en ese tiempo. Claro que la familia se oponía pues sabían mi
problema, pero aun así nos fuimos. Todos creían que regresaríamos al día
siguiente, pero no fue así. El embrujo había pasado y desde entonces el estar
en la playa ha sido uno de los atractivos más grandes de mi vida.
Pasa un perro. Una pareja que se contempla con ojos de amor. Unas
jovencitas que muestran sus esculturales físicos con trajes de baño muy
diferentes a los que usábamos en aquella época y que las obligan a mantener una
imagen muy bien cuidada. Y sigo sin hacer nada.
Allá viene una madre con sus hijos pequeños y esto me trae a la memoria
las muchas veces que fuimos a la playa con nuestros cuatro hijos pequeñitos.
¡Cómo se divertían haciendo castillos de arena o piscinitas que eran huecos que
hacían en la arena y que el mar se encargaba de llenarlos de agua!. Han pasado
los años y seguimos yendo con los hijos, pero ya no tenemos los mismos juegos,
pues han crecido demasiado rápido y ahora la entretención es conversar sobre el
trabajo, la universidad o el próximo viaje de 4x4.
Y sigo sin hacer nada….
Carmen Brenes Protti
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