La fría brisa del mar me invade y me acurruco en mi bufanda de
lana.
Las
olas vienen y van y yo me abandono al juego; corro tras ellas cuando
se alejan, escapo cuando se acercan. Me absorbe el susurro entre las
piedras y el agua. De pronto irrumpen en escena los pelícanos
desplegando sus alas, planeando y luego haciendo sus clavados.
También hay gaviotas con la pechuga blanca que observan. A veces
vuelan y regresan.
Este
paisaje me sobrecoge y pienso que en realidad es el mejor lugar para
instalar el Memorial para los Desaparecidos, aquellos que lanzaron al
mar durante la dictadura. Aquellos para quienes su último viaje fue
un vuelo hacia las profundidades del océano y descansan entre suaves
algas y líquenes dorados.
He
caminado largamente esta playa y se me ha ido el tiempo sin darme
cuenta, estoy aquí hace mucho recorriendo mi vida, escudriñando
escenas pasadas, imaginando. No quiero romper este momento que
también es casi como un homenaje para ti Papá, para ti Claudio y me
siento en una roca.
Me
vienen a la mente esas palabras de homenaje de un familiar a sus
desaparecidos…es
preciso restituir la presencia de los ausentes, rescatarlos del
olvido y de la indiferencia a los muertos…
Cuando
empiezan a envolverme los celajes de la tarde siento que alguien me
habla: - ¿señora quiere pan?
Una
mujer me ofrece sonriendo un canasto cubierto con una diáfana tela
blanca y aunque no tengo hambre ¿cómo no voy a comprarle? si las
familias de esa caleta de pescadores son las que están organizando
la instalación de esa especie de museo bajo el agua, para nuestros
queridos desaparecidos.
Entonces
le digo:- si quiero pan, pero sobre todo necesito un tecito caliente.
-vamos,
me dice, soy muy pobre, pero en mi casa nunca falta el agüita
hirviendo.
EVELYN
SILVA PERALTA
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