martes, 19 de mayo de 2015

El problema de Andrea


Andrea, Ingeniera ambientalista recién graduada de una universidad del Estado, está muy feliz porque ha sido nombrada para guardar la Ley y el Orden en el campo ambiental en la provincia de Aguas Calientes. Debe iniciar su trabajo en un poblado de esa provincia llamado Caño Sucio de Aguas Calientes; ella considera que, con su trabajo, va a cambiar ese nombre tan despectivo del poblado.
Es el primer lunes de marzo y ella, al igual que miles de niños que van a la Escuela de la localidad, se presenta puntualmente en su trabajo. Son las 7:30 am. Comienza por arreglar su oficina, había llevado de su casa un helecho para adornarla, así está segura que otro ser vivo va a respirar y motivarla.
Luego de saludar al personal y compartir el consabido café, oyendo todos los chismes del lugar -que si el señor cura….., que si doña Rafaela……, que si María, la que lava ajeno…..etc., etc.- decide dar una vuelta por el poblado. La verdad que se siente muy orgullosa de su título y su trabajo; atrás quedaron las privaciones y los problemas familiares para que ella se graduara, sobre todo si analizamos que escogió una profesión muy “sui-géneris”; cómo le insistió su madre que por qué no estudiaba para maestra, así tendría casi tres meses de vacaciones. Su padre opinaba que ella, con esa mente clara, podría ser médica o abogada, pero ella insistió en que la dejaran estudiar lo que ella quería y hoy estaba en ese pueblo disfrutando de su título y su trabajo.
Conforme caminaba iba saludando y sabía que a su paso iba quedando campo para los chismes, que a no dudar surgían conforme ella avanzaba.
Ya casi al final del pueblo se encontró con una señora muy mayor que no sólo barría la entrada de su casa sino que también recogía las hojas que se acumulaban en la carretera al frente de su propiedad. Al verla, de inmediato suspendió su labor y la invitó a tomar un fresco con un tostel. Cuando Andrea aceptó, la señora le pidió un tiempito para recoger las hojas que había barrido con una palita de basura. Efectivamente las recogió y ambas penetraron en la vivienda que era un dechado de limpieza.
Mientras disfrutaba el fresco de carambola que le ofreció la señora preguntó Andrea, más que nada para iniciar la conversación, que qué haría con las hojas que había recogido; la señora rápida e inocentemente contestó que como de costumbre las llevaría al río y las echaría ahí, como hace toda la gente con la basura.
A Andrea por poco se le atraviesa el tostel que estaba comiendo y casi se ahoga con el fresco; quería decir que esa señora tan amable, que gentilmente le ofreció un fresco era una infractora de la Ley Ambiental, que esa misma mañana ella había jurado cumplir a cabalidad. ¿Qué hacer? ¿Debía llevarla presa? ¿Leerle sus derechos? ¿Le entendería? ¿Debería hacerse la tonta, tomarse el fresco y seguir por la ruta que llevaba? Pero no, ¡todo el mundo la había visto entrar en esa casa!, ¡perdería su autoridad desde el primer día de trabajo!
Con mucho pesar tomo la decisión, le dijo a la señora que debía acompañarla a su oficina. No estaba segura de que la señora entendiera el tamaño de la falta, pero ella debía explicárselo y sancionarla en consecuencia. 

Olga Emilia Brenes

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