Andrea,
Ingeniera ambientalista recién graduada de una universidad del Estado, está muy
feliz porque ha sido nombrada para guardar la Ley y el Orden en el campo ambiental
en la provincia de Aguas Calientes. Debe iniciar su trabajo en un poblado de
esa provincia llamado Caño Sucio de Aguas Calientes; ella considera que, con su
trabajo, va a cambiar ese nombre tan despectivo del poblado.
Es el primer
lunes de marzo y ella, al igual que miles de niños que van a la Escuela de la
localidad, se presenta puntualmente en su trabajo. Son las 7:30 am. Comienza por
arreglar su oficina, había llevado de su casa un helecho para adornarla, así
está segura que otro ser vivo va a respirar y motivarla.
Luego de
saludar al personal y compartir el consabido café, oyendo todos los chismes del
lugar -que si el señor cura….., que si doña Rafaela……, que si María, la que
lava ajeno…..etc., etc.- decide dar una vuelta por el poblado. La verdad que se
siente muy orgullosa de su título y su trabajo; atrás quedaron las privaciones
y los problemas familiares para que ella se graduara, sobre todo si analizamos
que escogió una profesión muy “sui-géneris”; cómo le insistió su madre que por
qué no estudiaba para maestra, así tendría casi tres meses de vacaciones. Su
padre opinaba que ella, con esa mente clara, podría ser médica o abogada, pero
ella insistió en que la dejaran estudiar lo que ella quería y hoy estaba en ese
pueblo disfrutando de su título y su trabajo.
Conforme
caminaba iba saludando y sabía que a su paso iba quedando campo para los
chismes, que a no dudar surgían conforme ella avanzaba.
Ya casi al
final del pueblo se encontró con una señora muy mayor que no sólo barría la
entrada de su casa sino que también recogía las hojas que se acumulaban en la
carretera al frente de su propiedad. Al verla, de inmediato suspendió su labor
y la invitó a tomar un fresco con un tostel. Cuando Andrea aceptó, la señora le
pidió un tiempito para recoger las hojas que había barrido con una palita de
basura. Efectivamente las recogió y ambas penetraron en la vivienda que era un
dechado de limpieza.
Mientras disfrutaba
el fresco de carambola que le ofreció la señora preguntó Andrea, más que nada
para iniciar la conversación, que qué haría con las hojas que había recogido;
la señora rápida e inocentemente contestó que como de costumbre las llevaría al
río y las echaría ahí, como hace toda la gente con la basura.
A Andrea por
poco se le atraviesa el tostel que estaba comiendo y casi se ahoga con el
fresco; quería decir que esa señora tan amable, que gentilmente le ofreció un
fresco era una infractora de la Ley Ambiental, que esa misma mañana ella había
jurado cumplir a cabalidad. ¿Qué hacer? ¿Debía llevarla presa? ¿Leerle sus derechos?
¿Le entendería? ¿Debería hacerse la tonta, tomarse el fresco y seguir por la
ruta que llevaba? Pero no, ¡todo el mundo la había visto entrar en esa casa!, ¡perdería
su autoridad desde el primer día de trabajo!
Con mucho
pesar tomo la decisión, le dijo a la señora que debía acompañarla a su oficina.
No estaba segura de que la señora entendiera el tamaño de la falta, pero ella
debía explicárselo y sancionarla en consecuencia. Olga Emilia Brenes
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